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Opinión | 15/09/2013 | 1 Comentarios
Por qué Ernesto Villegas
Por estos días se nos aparecer ahora Ernesto Villegas a hacernos de policía bueno. El flamanete candidato de una ciudad "en revolución". Voten por mí: acá no vamos a perseguir a nadie
Ernesto Villegas
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En diciembre de 2008, alentada por los resultados del Referéndum de la Reforma Constitucional, la oposición venezolana articuló de forma inesperada una convincente alianza unitaria de partidos y liderazgos, le colocó algún horizonte a sus ejecutorias, y, consolidando por primera vez en mucho tiempo un mensaje político nítido, obtuvo un alentador resultado electoral.

El más importante obtenido hasta ese momento en muchísimo tiempo: 5 gobernaciones grandes; el 45 por ciento de los votos, 10 puntos más que en las todavía recientes presidenciales de 2006; ya casi arañando la mitad del país. Pero sobre todo, con un logro electoral y estratégico de inconmensurable cuantía: la obtención de la codiciada Alcaldía Metropolitana.

Aún con las 17 gobernaciones obtenidas, en aquella noche de diciembre de 2008, la dirigencia del Psuv, apostada en uno de los salones del Hotel Alba Caracas, estaba de luto. Lucían genuinamente preocupados: habían llegado a creer con sinceridad que ganarían todas las gobernaciones. Súbitamente, ahora tenían al enemigo cerquita.

Entonces, un telúrico y carismático Hugo Chávez le devolvió al ánimo a sus seguidores, dándole la vuelta a la interpretación de la página: estratégicas o no, 17 gobernaciones era más que 5. La revolución era mayoría en Venezuela; no se hable más del asunto.

La conquista de Caracas, si entendemos por tal cosa el conglomerado urbano que va de Catia a Petare, abriría el cauce de una tendencia que ya es estructural.

Aquello que, toda la vida, y a todo trance, Chávez quiso evitar: que el descontento coronara la capital, que el espejo de Caracas se expanda, como tantas otras veces, y le sirviera de modelo al resto del país. Una tras otra vez, desde entonces, la oposición ha seguido triunfando en el Distrito Metropolitano.

Más allá del debate de opinión pública, en el tablero situacional de Miraflores el dato era objetivamente perturbador. La disidencia conquistó la capital: ya Miraflores la podía respirar. Por voluntad del pueblo venezolano, Antonio Ledezma sería el nuevo burgomaestre de la ciudad.

Aquella noche, ya conocidos y aceptados los resultados, un casi cándido Ledezma llamó al recién electo Alcalde del Municipio Libertador, Jorge Rodríguez, para felicitarlo y ofrecerse para trabajar juntos por la ciudad. Es probable que Rodríguez haya pensado entonces que el gesto era una hipócrita impostura burguesa; lo cierto es que, probablemente para salir del brete, le respondió que muchas gracias, que le deseaba lo mismo, y que claro, que estaba a la orden.

Hugo Chávez debe haber colegido que ya era suficiente: se acabaron los melindres constitucionales. La cara, el verbo y el tono de toda la diligencia chavista cambió por completo. Caracas era chavista, lo quiera o no la gente; la revolución no es una circunstancia electoral sino una obligación de la historia. Ni Ledezma, ni nadie en la oposición, podría tener la oportunidad de desarrollar una buena gestión metropolitana destinada a echarle a perder la fiesta al gobierno.

Simulando en principio un conflicto laboral, en entramado superpuesto de colectivos armados y desarmados tomó violentamente la alcaldía mayor para impedir la entrada del Alcalde electo.

La fachada del viejo edificio de la Gobernación fue escamoteada, surcada de grafitos, piedras, botellas y tiros; se organizaron manifestaciones en la Plaza Bolívar, a las cuales asistió, orgulloso, Jorge Rodríguez, y se cantaron consignas para burlarse de Antonio Ledezma. Poco se supo, a partir de entonces, del polémico alcalde saliente, Juan Barreto.

El país se encontraba de nuevo parado frente a otro de las nuevas charadas existenciales de carácter bananero del chavismo: el alcalde electo de la capital del país no podía ir a sentarse en su despacho. Peor todavía: no podría acercarse al centro de Caracas.

El otro costado de la tenaza lo concretaría Miraflores con mortífera rapidez: Carlos Escarrá promovió una iniciativa en la Asamblea Nacional para vaciar por completo de atribuciones y quitarle todos los recursos a la Alcaldía Metropolitana.

Vale decir, la única instancia administrativa que, debidamente fortalecida y dotada de atribuciones, como lo estipula la Constitución Nacional, tendría herramientas para salvar del caos, la violencia y los disparates urbanísticos a esta ciudad.

Chávez cerró la maniobra nombrando por decreto a Jacqueline Farías presidente del nuevo Gobierno del Distrito Capital.

Una oficina que desconoce el mandato popular y rompe con la Constitución. Eminentemente burocrática, sin conexión orgánica con la población y no electa por nadie. Farías, -con todo, una funcionaria probadamente eficiente-, se prestó feliz a ejecutar la marramucia. El dedo de Chávez, dijo, era el dedo del pueblo. Aunque el pueblo haya dicho otra cosa.

La ruptura de la ciudad tendría, a partir de entonces, rango de estado. Será imposible pensar a Caracas desde una perspectiva integral, planificada, metropolitana, inequívocamente urbana. Ganó la burocracia. Se impuso esa visión mezquina, sectaria, canalla que inspira la mayoría de las ejecutorias del chavismo en la vida nacional.

Al doblarle la cerviz a la burocracia, Caracas comenzó a ser, de lejos, la más postrada de todas las ciudades en Sudamérica. Aunque sea verdad que se haya invertido un dinero en la Plaza Venezuela y el centro de la ciudad.

Aquello fue una maniobra detestable. Absolutamente inmoral. Censurable desde todo punto de vista. Terriblemente irrespetuosa de la opinión del país. Una movida de carácter golpista.

Por estos días se nos aparecer ahora Ernesto Villegas a hacernos de policía bueno. El flamanete candidato de una ciudad "en revolución". Voten por mí: acá no vamos a perseguir a nadie. Trabajaré, junto al Potro y Winston Vallenilla, para unir a los caraqueños y acabar con el odio. Tengo muchas ideas para salvar esta ciudad. Esta semana salieron todos a la calle a marchar contra el fascismo.

 
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