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Tecnología | 01/07/2013 | 1 Comentarios
Los días infiltrados
El debate tras el caso Snowden es crucial: ¿pueden espiarnos los gobiernos? ¿Cómo controlamos al poder? Pensemos en Venezuela y su prensa de investigación que denuncia pero no sacude tanto como para que cambien las cosas. Pensemos también en cómo vulneran la privacidad de las conversaciones
LUIS CARLOS DÍAZ
Espionaje
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En las últimas semanas hemos escuchado a lo lejos cómo se desenvuelve una película de espionaje y persecuciones globales. Recapitulemos el episodio: el periodista y columnista de The Guardian, Glenn Greenwald, publicó una serie de artículos que develaban un proyecto de espionaje digital del gobierno de los Estados Unidos a través de empresas privadas que prestan servicio en Internet como Facebook, Google y otras.

Se trataba de la sofisticación de los métodos de escucha telefónica y grabaciones ilegales (como parece gustarle a muchos gobiernos), pero también sacudió Internet porque rompía el pacto de confianza entre usuarios y servicios digitales, ya que era el fin de la privacidad.

Eso se sospechaba, pero confirmarlo con documentos en la mano era otra cosa. Por cierto, los documentos presentados por Greenwald comenzaban con una horrorosa presentación en Power Point que podía significar cualquier cosa, de hecho aumentaba las dudas sobre su veracidad, pero la respuesta del gobierno de Obama parece confirmar el documento. O algo así.

En este caso, Greenwald es el periodista, el que recibe el insumo informativo, lo procesa, lo valida y lo publica. El rol de la prensa como institución es ese, no hacerle las relaciones públicas al poder y dosificar qué cosas son buenas o malas para la sociedad.

La diferencia entre Greenwald y Wikileaks o Assange, es que esta organización trabaja con paquetes de datos filtrados y los pone a disposición pública. Eso los convierte en una especie de intermediarios, pero de información cruda, por eso las dudas sobre si es periodismo o sólo una fuente informativa.

La ecuación de Greenwald tenía otra pata: su informante, que decidió mostrar su identidad. Resultó ser Edward Snowden, de 29 años, ex agente de la National Security Agency (NSA) y la Central Intelligence Agency (CIA).

Se diferencia de Bradley Manning, el militar que está detenido por ser quien supuestamente filtró los cables de 2010 a Wikileaks, por varias cosas: la primera es que Snowden sí reconoció haber sido él, la segunda es que está libre, porque se encontraba en Hong Kong al liberar la información.

Lo que hemos visto después ha sido un episodio de fuga y persecución de Snowden mientras busca asilo en algún país que lo reciba. Durante el fin de semana pasado, mientras los venezolanos se ocupaban de su puente patriota, una agencia de noticias rusa dijo que Snowden viajaría de Hong Kong a Rusia, de allí a La Habana y luego a Venezuela, que lo acogería.

La noticia era risible porque Venezuela no se encuentra en una posición diplomática fuerte ante Estados Unidos, luego porque aún mantiene preso a Julián Conrado, un camarada de las FARC, y después porque no es un país coherente con la defensa de la transparencia gubernamental. Sin embargo, fuentes del chavismo no se privaron de caer en el maniqueísmo de ver a Snowden como alguien bueno por haber filtrado documentos de la CIA.

En realidad, el informante está tratando de llegar a Ecuador. En Rusia engañaron a la prensa, que incluso compró pasajes para un largo y aburrido vuelo hasta La Habana donde no se encontraba Snowden. Estuvo asesorado por gente de Wikileaks, que incluye al juez español Baltazar Garzón.

Sin embargo su ruta hasta Ecuador aún no se ha establecido, mientras el gobierno de Correa debe lidiar con las advertencias de Estados Unidos, con el protagonismo que está tomando Assange desde su embajada en Londres y además con las exigencias dentro de Ecuador de que al menos proteja igual a los periodistas que son críticos con su gobierno.

SOSPECHAR DE LA PRENSA
Hagamos foco en Glenn Greenwald, autor de 4 libros sobre el gobierno de Bush, abogado y columnista de The Guardian. Él develó el caso, y lo que ha recibido son acusaciones de sus colegas.

En la NBC, el ancla David Gregory, de Meet the press , quiso hacerle una encerrona al preguntarle: "En la medida en que usted ha ayudado e instigado las actividades de Snowden, incluso en sus movimientos actuales, ¿por qué, señor Greenwald, no ha sido acusado de crimen?".

La respuesta fue contundente: "Creo que es bastante extraordinario que alguien que se haga llamar a sí mismo un `periodista’ reflexione públicamente sobre si otros periodistas deben ser acusados de delitos graves. La suposición en su pregunta, David, carece completamente de evidencia (la idea de que ayuda o instiga las actividades del filtrador)".

"El escándalo que surgió en Washington antes de que comenzara nuestra historia fue el hecho de que la administración Obama está tratando de criminalizar al periodismo de investigación [...] Si desea abrazar esa teoría, significa que cada periodista de investigación en los Estados Unidos que trabaja con sus fuentes y recibe información clasificada de ellas es un criminal".

"Es precisamente por esas teoría y por ese clima que se ha vuelto tan amenazante en los Estados Unidos. Es por eso que Jean Mayer, de la revista New Yorker, dijo que el periodismo de investigación había llegado a un punto muerto".

Al salir del programa: Greenwald twitteó: "¿Quién necesita que los gobiernos intenten criminalizar a los periodistas cuando tienes a David Gregory para hacerlo?".

Parecen conversaciones ajenas a nuestra realidad, pero es en esos puntos de fuga donde se está acrisolando la nueva estructura del periodismo. Por un lado vemos el debate entre los tradicionales y los nuevos productores de contenido periodístico; por el otro, la adaptación de la cultura de la filtración como algo inevitable y evolutivo en el mundo de los insumos informativos.

Pero la discusión de fondo es si el periodismo puede tener aún capacidad de influencia social, con roles incómodos para el poder, o sencillamente ser una pieza más de la maquinaria de domesticación ciudadana.

El debate tras el caso Snowden es crucial: ¿pueden espiarnos los gobiernos? ¿Cómo controlamos al poder? Pensemos en Venezuela y su prensa de investigación que denuncia pero no sacude tanto como para que cambien las cosas. Pensemos también en cómo vulneran la privacidad de las conversaciones.

 
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