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Editorial | 27/06/2013 | 2 Comentarios
Un hombre de paz
"Nunca, nunca y otra vez nunca, debe ocurrir que esta tierra hermosa experimente la opresión de una persona por otra", Nelson Mandela
FERNANDO RODRÍGUEZ
Nelson Mandela
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Según todos los cables la vida de Mandela se apaga paulatinamente, cuestión de horas quizás. La humanidad entera, de todas las ideas y perspectivas políticas, ha vuelto su vista hacia Sudáfrica, angustiada y entristecida.

Se muere un hombre muy grande, a lo mejor de los mayores de su siglo, éste sí imperecedero en la historia humana. Valdría la pena preguntarse por las razones de esa admiración unánime, ese reconocimiento sin barreras.

Por supuesto que hay el héroe y el mártir que soportó sin doblegarse nunca casi tres décadas de prisión, combatiendo uno de los regímenes más injustos de los tiempos modernos, la minoría racista blanca que sojuzgó y vejó a un pueblo entero, al cual ni siquiera le concedió el más formal derecho a la igualdad civil.

Jauría racista que recibió la más amplia condena planetaria. Y, claro, eso cuenta y mucho. Liberador de su pueblo.

Pero nos atreveríamos a decir que su lección mayor para la especie, no fue paradójicamente la del guerrero sino la del hombre de paz, de la infinita tolerancia; el que supo anteponer a la justa cólera de su pueblo, y la suya propia, ante siglos de crueldad colonial, la luminosa idea de que su país no sería lo que él soñaba que fuese si no lograba unificarlo y pacificarlo.

Lo logró y ese sacrificio, ese acto de caridad suprema, fue su aporte más definitivo a la moralidad política, hoy tan envenenada por el pragmatismo, el sectarismo y los nacionalismos baratos. Fue un acto de amor y tolerancia, no de guerra, el que lo fijará en la memoria de los hombres.

Y de suyo el futuro de sus grandes decisiones, a pesar de la natural secuela de todo clímax heroico, el tono más bajo y a veces hasta torvo de los sucesores, es la Sudáfrica de hoy, el país de más desarrollo continental y uno de los grandes emergentes como figuras protagónicas del inmediato futuro planetario pluripolar.

No podríamos cerrar esta evocación y este homenaje a la contención y a la bondad humana representada por Mandela sin mirar al resto del mundo donde rigen parámetros de comportamiento político cada vez más lejanos de ese "bien común" que debe definirla siempre, valga aquí traer a colación el horror que ha llevado a Siria un déspota desalmado, ebrio de poder.

Tampoco podemos olvidar, mucho menos por la inmediatez, este pobre país partido en dos mitades, lleno de odios, de estúpidas mitologías que nada representan sino la más desaforada voluntad de poder, de líderes rapaces que no piensan sino en sus intereses, de poderes públicos sin recato ni valores, de figuras tutelares que no brillan sino por el narcisismo, el primitivismo intelectual y moral y el desprecio de toda alteridad.

La humanidad puede ser profundamente tanática, cruel. Lo ha demostrado, y lo sigue demostrando, a cada paso. Por fortuna hay vidas ejemplares, marcadas por el espíritu de fineza racional y la vocación altruista que nos invitan a no cesar en esta vieja aventura de la especie. Nelson Mandela es una de esas estrellas en la noche de los tiempos.

 
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