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Opinión | 27/02/2013
Íntima convicción
El libro Los Anormales puede ayudar a discutir sobre los principios de confianza y verificación de la verdad. Si existe un porcentaje determinado de pruebas de culpabilidad, entonces, se aplicarán penas equivalentes
MIGUEL ÁNGEL LATOUCHE
hospital militar
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"El criterio por el cual se reconocerá que se ha establecido una demostración no es el cuadro canónico de las buenas pruebas sino la convicción. La convicción de un sujeto cualquiera, de un sujeto indiferente. En cuanto individuo pensante, es susceptible de conocimiento y verdad. Es decir que, con el principio de la íntima convicción, se pasó del régimen aritmético escolástico y tan ridículo de la prueba clásica al régimen común, al régimen honorable, al régimen anónimo de la verdad para un sujeto al que se suponía universal". Michel Foucault

Leyendo Los Anormales de Foucault, obra que recoge las clases dictadas por el filósofo francés en el College de France durante el año lectivo que va de enero de 1974 a marzo de 1975, me encontré con una serie de conceptos, por demás interesantes, que nos pueden ayudar a plantear una discusión acerca de los principios de la confianza y la verificación de la verdad en la construcción de nuestro discurso político, para lo cual me voy a permitir forzar un poco el argumento foucaultiano a los efectos de proponer una discusión acerca de la situación de Hugo Chávez.

Plantea el filósofo que hasta finales del siglo XVIII las pruebas de verdad exigibles en los procesos penales funcionaban en razón de una lógica aritmética de acuerdo con la cual éstas se catalogaban como pruebas completas e incompletas, pruebas enteras, semipruebas, indicios, adminículos, etc.

Una vez establecidas las pruebas, las mismas se sumaban, se combinaban, en tanto que elementos de demostración, y se determinaba el mínimo de elementos necesarios para establecer la condena según la interpretación que de las mismas realizare el Tribunal correspondiente. El Tribunal actuaba, ya lo hemos indicado, en razón de una lógica matemática, según la cual hallarse incurso en una acusación implicaba un cierto grado de culpabilidad de la cual uno podría verse absuelto en caso de que hubiese pruebas que demostrasen un grado absoluto de inocencia.

Se trata de un proceso penal injusto que no supone la inocencia de los acusados y que, por el contrario es susceptible de imponer penas aun si la culpabilidad no se encuentra absolutamente establecida.

A saber, si existe un porcentaje determinado de pruebas de culpabilidad, entonces, se aplicarán penas equivalentes al porcentaje de culpabilidad que pueda demostrarse. Lo que impone, evidentemente, un resultado injusto y desproporcionado. Uno puede recordar, por ejemplo, a aquel Jean Valjean que nos describe magistralmente Víctor Hugo en sus Miserables. Aquel recibe una pena de trabajos forzados y es sometido a una larga persecución simplemente por robarse unas manzanas, sin que existieran pruebas contundentes del hecho, con elementos de demostración relativamente débiles.

El Sistema de la Aritmética de la Demostración, fue sustituido por el de la Íntima Convicción. Según el cual no se puede llegar a condenar sin que exista una certeza total acerca del grado de culpabilidad y una demostración incuestionable del hecho punible. No es posible establecer elementos de convicción incompletos. No se le puede exigir a la gente que crea en razón de la inspiración divina.

No se puede condenar o absolver a otros simplemente en razón de la palabra que alguien pudiera llegar a empeñar. La construcción de la verdad que se establece en un Tribunal Penal o en el Tribunal de la Opinión Pública debe ser el resultado de una convicción incuestionable que nos lleve a creer que se está diciendo la verdad y que los elementos probatorios son ciertos.

De manera que uno no puede creer las cosas que se dicen simplemente porque alguien las diga, independientemente de quién las diga, la palabra no pesa en razón del cargo que se ejerza sino en razón de los elementos de convicción que llevan implícitos. Así, una prueba incompleta no es una prueba. Una prueba debe ser demostrable para poder ser admisible. Así, por ejemplo, si me dicen que la foto que tomaron junto a las hijas fue del día de ayer, debe poder ser comprobable la fecha de la toma fotográfica.

Si me indican que el hombre firma los decretos en los cuales designa ministros o devalúa, uno entendería que debería haber la posibilidad de determinar que en efecto se trata de una firma estampada de manera directa sobre el papel y no de una firma escaneada.

Es ingenuo intentar hacernos creer mediante un tweet que el hombre está más fuerte que nunca, que saluda a los venezolanos, que nos gobierna. Si alguien me dice que se bajó trotando del avión yo quisiera ver la toma de nuestro querido trotamundos. Si es que está en el Hospital Militar, pues que nos digan en qué condición se encuentra. Mire, yo me conformo aunque sea con que se lo dejen ver a Evo Morales y que aproveche y le firme el chequecito.

No es suficiente con que el ministro de Información salga, regañón ­se nos ha puesto regañón­, a regañarnos y asegurarnos por ese puñado de cruces que de verdad el hombre está más fuerte que nunca.

Pruebas, queridos amigos, pruebas de que dicen la verdad, de que no defienden sus cargos, de que no se exceden en el ejercicio de poderes públicos, de que son sinceros, eso exige la República, es lo que entendemos como honorable. Mientras eso pasa seguiremos viviendo en este absurdo escenario bizarro que algunos intentan construir... con poco éxito.

 
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