En cierta forma, puede decirse que el liderazgo de un partido es el compendio de ambas dimensiones: ideas y organización, y, colectivamente (no individualmente), debe encarnar a ambas
Si tuviésemos que resumir, diríamos que un partido político para ser tal debe conformarse de dos mitades, semejantes en significación, interdependientes, cada una de las cuales se potencia gracias a la otra: por una parte, ideas, ideología, proyecto, programa (de lo que hemos escrito aquí en tres columnas recientes); por la otra, organización, estructura, maquinaria, inserción social.
En cierta forma, puede decirse que el liderazgo de un partido es el compendio de ambas dimensiones: ideas y organización, y, colectivamente (no individualmente), debe encarnar a ambas.
Ideas sin organización terminan siendo, como dijo alguien alguna vez, una ingenuidad. Buenas intenciones, pura retórica, pero más nada. Está claro que la organización, en política, nace y se justifica y se expande gracias a las ideas, al proyecto que un determinado grupo humano haga suyo y proponga, a la simpatía que ideas y proyecto ocasionen entre los ciudadanos.
Que si tuviésemos que decir qué viene primero, diríamos sin duda alguna que la política y que sólo luego y por consecuencia se "produce" la organización. Pero sin organización, un proyecto político termina siendo ineficaz y por tanto inútil, prescindible.
Tal vez en situaciones de crisis intensas, de quiebre de la normalidad, de ruptura entre una situación dada y otra nueva, la política por sí misma puede tener éxito, incluso llegar al poder. Pero luego, si quiere perdurar en el tiempo, debe necesariamente coagular en organización.
Y no se diga en tiempos de normalidad democrática: sólo la organización puede verse las caras con ese desafío colosal que es para la política la cotidianidad de la gente, y dotarla de la capacidad, de la eficacia necesaria como para ganar elecciones.
Una organización política, es decir un partido, tiene dos tipos de relaciones: consigo misma, con su propia estructura, con sus integrantes, y, un poco más allá, con la sociedad, con la compleja trama de organizaciones sociales (gremios, sindicatos, empresas, etc.) e intereses que constituyen a un país.
Si esa organización es o quiere ser democrática, ambas relaciones deben estar tamizadas entonces por principios y prácticas democráticas. Todo lo cual plantea retos cuya consideración rebasa el espacio de esta columna. Así que volveremos sobre el tema la próxima semana.