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Opinión | 14/02/2013
Entre cachuchas y gorras
Una expresión simbólica de un país que no se deja expropiar sus emblemas patrios, como pretenden algunos. Y como intentaron, también fallidamente, monopolizar la bandera nacional
ALBERTO LOVERA
Capriles
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Entre nosotros diferenciamos entre cachuchas y gorras. Las primeras las asociamos a los militares, mientras las segundas son expresión de actividades civiles, como nos recordaba hace meses en este mismo diario Laureano Márquez. Fue con ocasión del intento fallido del oficialismo de prohibir la que se conoció como “la gorra de Capriles”. Una expresión simbólica de un país que no se deja expropiar sus emblemas patrios, como pretenden algunos. Y como intentaron, también fallidamente, monopolizar la bandera nacional. Las fuerzas democráticas han sabido evitar ese despropósito de quienes se han creído con el derecho de establecer quiénes son patriotas o no, según sus conveniencias.

La cachucha militar ha proliferado en estos ya largos años de régimen militarista como expresión de una hegemonía de los hombres de armas en el poder, empezando por su líder y su círculo más cercano. Los civiles del chavismo se han visto sometidos también a ese signo, algunos seguramente a regañadientes. En varias ocasiones la fracción militarista de este conglomerado político se ha impuesto. Proliferan en los entes de la administración pública y crecientemente en las gobernaciones, donde fueron impuestos a dedo desde la cúpula del poder.

Pero hay un país activo que reivindica que en democracia el poder militar debe estar sometido al poder civil. Que la vida democrática no puede regirse por la lógica militar de mando y obediencia sin discusión; cuando su atmósfera natural es la confrontación de las ideas, el debate y el acuerdo, no la imposición.
Ese país democrático es el que usa su gorra civil, que para ponérsela no hay que pedirle permiso a nadie. Es una manera de expresión libre de adhesión a una corriente. Por cierto, no sólo en la arena política sino en la deportiva, cultural, académica y tantas otras.

El régimen imperante, no habiendo logrado que la gorra democrática sea expropiada, ahora intenta reivindicarla para sí, pero con una mácula que la asocia a un golpe militar (el 4F), sin poder desprenderse de esa hegemonía militarista que nunca tendrá la energía libérrima de quien asume los símbolos patrios como una reivindicación del gobierno civil que más temprano que tarde logrará germinar.

Dicen por allí que el vicepresidente y otros dirigentes de la cúpula del chavismo un día se disfrazan de Chávez y otro de Capriles. Creen que pueden anular toda expresión política que no sea de su agrado, inspirados en una vocación totalitaria que niega la diferencia y la existencia de otros. Pero nuestro país es plural, la resistencia a la imposición de un esquema anacrónico de gobierno y gestión pública sigue viva y se acrecienta. Los intentos de reducir su presencia no han logrado hacerla retroceder, a pesar del uso abusivo del poder y la intimidación.

La cachucha militar todavía se nos impone, pero la gorra democrática y todo lo que ella representa seguirá molestando al poder establecido. No importan los intentos para sembrar el desaliento en las fuerzas democráticas. Un gobierno civil y civilista llegará. Una lucha democrática no exenta de obstáculos que con asertividad y persistencia logrará su meta para una Venezuela próspera y equitativa.
alberto.lovera@gmail.com

 
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