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Opinión | 14/02/2013
Atraco a la nación
A este país lo atracan a cada rato. De acuerdo con el economista Asdrúbal Oliveros, quien se ha dedicado a tomarle la medida a la tribu de chacumbelitos que suple al enfermo de La Habana, el 40% de las importaciones que realiza el gobierno (el mayor importador que tiene este país de importadores) son ficticias y, encima, sobrefacturadas
SIMÓN BOCCANEGRA
Asdrúbal Oliveros
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De acuerdo con el economista Asdrúbal Oliveros, quien se ha dedicado a tomarle la medida a la tribu de chacumbelitos que suple al enfermo de La Habana, el 40% de las importaciones que realiza el gobierno (el mayor importador que tiene este país de importadores) son ficticias y, encima, sobrefacturadas.

Esto es lisa y llanamente un atraco. Es más, peor que el atraco a un banco, porque al menos en este caso los atracadores corren un riesgo real, pero los que atracan a la nación lo hacen con la impudicia cínica de quien se paga y se da el vuelto, sabiéndose completamente impunes. Por supuesto, el atraco a la nación es infinitamente más lucrativo que el más jugoso de los asaltos a un banco.

Este dato, proporcionado por Oliveros, expone bien lo que se nos ha vuelto el país. País sin gobierno, donde cada funcionario hace lo que le da la gana, sin rendir cuentas a nadie y donde se fraguan los arrebatones más increíbles a la dorada cornucopia de donde fluyen los inagotables dólares del petróleo. Es un fin de reino, en el cual cada quien raspa la olla para asegurarse su pensión de retiro, ante lo que algunos, en su angustia, estiman como el inevitable colapso del andamiaje que sostiene lo que queda del régimen.

Díaz Rangel, siempre bien dateado, anuncia que Chávez estará aquí dentro de dos meses, ya curado y dispuesto a coger el coroto para mandar. Si los atracadores leyeron al colega de Últimas Noticias deben estar pisándole la chola a sus afanes. No porque cuando Chávez estaba presente no se robara. Claro que se robaba. A su vera se construyeron verdaderos fortunones; pero, se dirán los vivotes, siempre es más cómodo si el hombre no anda por ahí porque ni siquiera hay quien finja, como el jefe, que le preocupa el asunto, aunque en el fondo deje hacer.

 
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