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Editorial | 04/02/2013 | 3 Comentarios
No soy Nicolás Maduro
Cualquier anónimo ocioso puede ponerse su camisa roja y convertirse en Chávez, no puede caber la menor duda de que el heredero del trono, el de entre todos elegido, el tú eres Pedro, Nicolás I, es el Chávez más Chávez que puede haber
FERNANDO RODRÍGUEZ
Nicolás Maduro
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Si cualquier anónimo ocioso puede ponerse su camisa roja y convertirse en Chávez, no puede caber la menor duda de que el heredero del trono, el de entre todos elegido, el tú eres Pedro, Nicolás I, es el Chávez más Chávez que puede haber.

Lo que no debe caerle mal, pero como todo en esta vida tiene un defecto: ha dejado de ser él mismo, lo cual, a pesar de que uno no sea ni se crea una gran vaina, es calamitoso porque algún cariño termina uno teniéndose.

Ya la gente empieza a notar los síntomas de la transustanciación; manifiesta en tonos de voz, gestos, tics oratorios, piratería historiográfica, cubanofilia beata, cursilería sentimentaloide... pero sobre todo asumiendo toda la agresividad y la ferocidad propia de su modelo, al que además alaba y bendice cada vez que espabila.

Un ejemplo casi irrefutable del cambio de identidad pudiese ser el caso Simonovis. Desde hace meses, el diputado Edgard Zambrano proclamaba a grandes voces, nunca contrariadas, que había llegado la hora de una generosa amnistía que acompañaría las navidades, estupendo pórtico a una paulatina reconciliación de nuestra encanallada nación.

Era de no creerlo, hasta Carmona, los meritócratas petroleros y otros del mismo peso fueron convocados al trascendental evento. Y como se recordará la contraparte de Zambrano era... Nicolás Maduro.

De repente el asunto se silenció y quedamos en ascuas. Durante un tiempo se esperaba el "sí" del silente y todopoderoso enfermo de La Habana. Pero ese silencio no cesa. Y el odio de años recupera, en las manos de los segundones, por segundones seguramente, su mayor intensidad.

En estos días se planteó la posibilidad de que se tuviese clemencia en uno de los casos más dramáticos e injustos, el del comisario Simonovis, preso desde hace 9 años en las condiciones más crueles, sentenciado en un juicio sin otra base que una arbitraria orden del Jefe, según declaró el inefable magistrado Aponte Aponte. Solo se pedía que se aplicara, judicialmente, un artículo del COPP, que prescribe la libertad condicional y reversible en casos de enfermedad grave, en la ocasión producto del sadismo carcelario.

Sin necesidad de hacerlo, se trata de otro Poder (pero ya aprendió del Padre que el poder es uno), Maduro, ya muy avanzada su metamorfosis, vociferó que se trataba de un asesino y golpista, implicado en los sucesos de abril del 2002, y que debía pagar la integridad de su pena. De pacificador a inclemente vengador, pues.

¿Habrá recordado el Clon, o mejor la triste caricatura, que tal día como hoy, el 4F del 92, hubo decenas de muertes causadas por delincuentes confesos en un típico golpe de Estado, un madrugonazo cuartelero, más golpe que el del 11 de abril que al menos contó con centenares de miles de ciudadanos a su vera? ¿Y habrá recordado, de paso, la magnanimidad del doctor Caldera?

 
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