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Opinión | 23/01/2013 | 1 Comentarios
Fantasmas
Desde Nicolás Maduro hasta Diosdado Cabello, pasando por Cilia Flores, el histriónico Chaderton o cualquier jefe de policía, no hay día en que Hugo Chávez se aparezca predicando, aconsejando a los niños en el primer día de clase o entregando apartamentos sin ascensor, para lo cual Maduro funge de maestro de ceremonia, apelando a su apurada propiedad discursiva
ELIZABETH ARAUJO
Hugo Chávez
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Desde niña he sentido asombro por los fantasmas. Aun cuando disfruté de la acción del personaje seriado en la prensa dominical, creado por Lee Falk. Una saga que todavía se publica en centenares de diarios, sin el atractivo de aquellos años cuando no había internet y el comic era celebrado como icono de la cultura de fin de siglo XX.

De modo que, cada vez que veo el alboroto que levanta la no presencia de Hugo Chávez al frente de los asuntos del país (tras haberles mentido sobre su salud a quienes lo reeligieron), no hago más que volver a los días de mis primeras lecturas. Entonces aparece “el hombre que camina”, que es como los habitantes de la selva llaman al Fantasma, mezcla de héroe temerario e intelectual, que traspasa sus poderes a un hijo varón, aparecido de pronto cuando el patriarca siente la vejez y va a morir al fondo de una gruta.

En alguna parte del enrevesado episodio de la política nacional parecen cruzarse Hugo Chávez y el Fantasma, ambos justicieros; el uno demasiado hablador y el otro, taciturno. Como el personaje del comic, Chávez empieza a cultivar su propia mitología, cincelada por expresiones de adulancia de ministros, diputados e incluso de animadores de televisión.

Un mito que el gobierno acéfalo empieza a reforzar con cadenas de radio y televisión refritas, a través de las cuales nos venden las “bondades” de la gestión de 14 años perdidos en la nada y que ha elevado a Venezuela a la condición de país donde las expropiaciones y los homicidios constituyen su marca distintiva en el exterior.

Desde Nicolás Maduro hasta Diosdado Cabello, pasando por Cilia Flores, el histriónico Chaderton o cualquier jefe de policía, no hay día en que Hugo Chávez se aparezca predicando, aconsejando a los niños en el primer día de clase o entregando apartamentos sin ascensor, para lo cual Maduro funge de maestro de ceremonia, apelando a su apurada propiedad discursiva.

Entre tanto, y a la manera de la televisión de Corea del Norte, VTV y demás medios oficiales repiten escenas de un Chávez que recorre el país, explica cómo hacer más productiva la tierra y recita cifras de los ingresos petroleros. Nadie lo ve, pero él está presente en los programas de opinión de ViveTV o de Radio Nacional, y quienes lo nombran hablan de alguien con quien acaban de toparse en la esquina o de quien hablaron con los hijos durante el desayuno.

Ya la Asamblea Nacional no legisla ni el TSJ vela por el cumplimiento de la Ley. Chávez ocupa el tiempo de los ministros, gobernadores o de generales que, junto a su nueva casa en La Lagunita, adquirieron también la noción del socialismo.

En la calle, la gente pugna por saber dónde venden harina PAN, azúcar o café; y quienes viven en los barrios redoblan su esfuerzo para no sucumbir a manos del hampa, pero adentro, en el corazón de la revolución, los herederos van tras las sombras del líder, que no aparece pero está presente en cualquier esquina. Como en la canción de Chico Buarque, cantada bellamente por Willie Colón, “son fantasmas, son fantasmas, siento la puerta tocar tres veces, oh qué será...”.

 

 
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