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Opinión | 21/01/2013 | 1 Comentarios
Militarismo
"En un tiempo de redes, flujos de comunicación libres y alianzas organizacionales flexibles, pocas cosas tan diferentes como la estructura piramidal de la cadena de mando del Ejército y sus autoridades y órdenes incontestables"
RAFAEL UZCÁTEGUI
milicias bolivarianas
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A donde se mire, la tendencia del mundo globalizado es hacia la profesionalización de los ejércitos, convirtiéndolos en un aparato altamente especializado y tecnificado para la guerra. Situaciones como la de Venezuela, donde la racionalidad castrense se ha convertido en lógica de Estado y se ha militarizado progresivamente la sociedad, son los coletazos de una época superada por los acontecimientos históricos. Cualquiera puede corroborar cómo la gran mayoría de los movimientos sociales que luchan por el cambio en todo el planeta tienen a las Fuerzas Armadas como uno de sus principales antagónicos. Para ellos, el Ejército constituye un dispositivo que reúne todos los valores ajenos a cualquier concepción que se tenga sobre democracia.

En un tiempo de redes, flujos de comunicación libres y alianzas organizacionales flexibles, pocas cosas tan diferentes como la estructura piramidal de la cadena de mando del Ejército y sus autoridades y órdenes incontestables. Mientras cada vez más se percibe la diversidad y la pluralidad como un valor en sí mismo, enriquecedor del debate y del proceso de toma de decisiones, la uniformización y homogeneización del pensamiento, típico de las Fuerzas Armadas, y su división del mundo en amigos y enemigos, pertenece a una manera de entender el conflicto cada vez más insuficiente e ineficaz. La primacía de la violencia ­simbólica y real­ para la resolución de las diferencias versus el diálogo y la construcción pacífica de consensos; el nacionalismo exacerbado, el machismo y la homofobia contra los valores universalistas, el internacionalismo solidario y la tolerancia. La lista de principios antónimos es larga. Algún día tendremos que describir apropiadamente cómo Venezuela, convertida literalmente en un campo de batalla por la hegemonía ideológica, agregó elementos para la violencia e inseguridad.

Uno de los retos de cualquier transición política en el país es promover la desmilitarización de la sociedad, construyendo referentes diferentes a los que han primado en la historia venezolana, los cuales el bolivarianismo ha reforzado. Un tejido de organizaciones populares debe bregar por la erradicación de la educación premilitar en la enseñanza, refutar la carrera armamentista estatal, exigir la disolución de las milicias, rechazar la simulación de estructuras militares al interior del movimiento popular y, en general, una verdadera y real democratización de la toma de decisiones a todos los niveles. Varios retos y dilemas tiene esta labor por delante, incluyendo algunos de carácter práctico: ¿Estarán los militares dispuestos a abandonar puestos claves dentro de la arquitectura estatal que han permitido todo tipo de enriquecimientos súbitos y trapicheos de todo tipo?

 

 
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