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Opinión | 20/01/2013
Mea culpa
Ese horroroso artículo que ustedes nunca leerán, a menos que lo busquen en el cementerio de ideas cortas que llaman Twiter o en internet, derramaba sangre, en todas sus letras. Era una apologética de la barbarie, en abierta competencia con el imaginario chavista; al punto que perfectamente podía haber sido escrito por cualquier diputado de la bancada oficialista de la Asamblea Nacional
LUIS CHUMACEIRO
Torturas
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Quiero pedir disculpas formales por la chumaceirada que la semana pasada impidió la publicación de mi crónica dominica. Estuve a punto de colocar a mis editores y a ustedes, mis queridos lectores, en una delicada situación que pudo ocasionar inesperadas reacciones y represalias de inconmensurables consecuencias.

La primera sorpresa que me llevé es que en TalCual lean mis artículos. Es un honor que creía no merecer. Un descubrimiento tan importante recrea mi imaginación, halaga mi ego y satisface el requerimiento mínimo que me había impuesto: Con un solo lector me basta, aunque sea por obligación. Gracias, mil gracias.

Otro aspecto interesante fue el ejercicio reflexivo que se originó después de la angustia que sufrí al constatar que el artículo titulado "Pena de Muerte" no salió el fin de semana. Lo primero que se me ocurrió fue que los hermanitos Castro estaban infiltrados en TalCual y procedieron a un saboteo selectivo del cual fui una de las primeras víctimas.

Pero no soy tan bruto, inmediatamente me percaté de una dolorosa realidad; si fuera cierto, a los que tienen que eliminar de las portadas y columnas es a personajes como Laureano Márquez, atroz hostigador de la imbecilidad chavista y no a mí, un pobre pendejo, al que hasta ahora solo se ha constatado que leen sus editores.

Y en ese ejercicio argumentativo me encontré con la grotesca realidad. Si están a punto de cerrar un canal de televisión de la oligarquía, socios del imperialismo y conspiradores natos por haber colocado en pantalla unos micros que explican algunos artículos de la Constitución; ¿qué no me hubieran hecho a mí y al periódico si se hubiera publicado esa alegoría a la vindicta, ese ejercicio de instigación a la violencia, reducido a dos cuartillas de un artículo? Ni Chávez en los tiempos en que estaba operativo derrochó tanto odio.

Ese horroroso artículo que ustedes nunca leerán, a menos que lo busquen en el cementerio de ideas cortas que llaman Twiter o en internet, derramaba sangre, en todas sus letras. Era una apologética de la barbarie, en abierta competencia con el imaginario chavista; al punto que perfectamente podía haber sido escrito por cualquier diputado de la bancada oficialista de la Asamblea Nacional.

Es más, ni la señora Fosforito, con toda su sed de violencia, podría emular lo que escribí sobre los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia.

De manera que insisto en pedir disculpas, postrado por los embates de la consciencia que todavía conservo y forzado por la necesidad de no perder a mi único lector. Ratifico mi compromiso con la verdad, en la medida en que no sea demasiado dolorosa; y me comprometo a no seguir exponiéndonos a represalias.

Además, acepto sin discusión el cumplimiento de la penitencia, la que me impuso mi sumo sacerdote; leeré con detenimiento la ley de contenidos así como todos los instrumentos jurídicos diseñados por el Régimen para subyugar el libre pensamiento. Es el mínimo ejercicio de prudencia que puede hacer alguien que escribe y en alguna parte, hace mucho tiempo, dejó colgado un título de abogado.

Finalmente, para que no quepa duda sobre el cuidado que pondré a futuro, guardaré la pompa y circunstancia de todo carupanero de bien, jugaré con la sutileza, tendré la prudencia que me enseñó mi abuela Otilia y que de alguna forma desplacé de mi vida. Esa que ella transmitió con la sabiduría que solo la majestad de la vejez puede darnos: "Cuando no puedas ser el más fuerte, al menos trata de ser el más fino".

Ya he avisado a la Redacción que, de ahora en adelante, mandaré la crónica avalada por una firma electrónica que dé fe de que soy yo y no cualquier terrorista de la comunicación. Estas constituyen las previsiones mínimas en estos tiempos de ira y, por qué no advertirlo, por algo de respeto a mí mismo.

Qué tan cierta era aquella frase que alguna vez cité como prolegómeno a un libro sobre la violencia: "Hay que tener buen cuidado en escoger a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos". El problema es cuando ellos lo eligen a uno.

 
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