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Opinión | 19/01/2013
Chapucerías
La secuencia de chapucerías constitucionales que hicieron su debut a partir del propio 5 de enero ha continuado su camino. Maduro dirige un gobierno que pertenece a un ejercicio administrativo anterior y se presenta a rendirle cuentas al Parlamento de una administración que no preside
ALONSO MOLEIRO
Maduro-Diosdado
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El Presidente está ausente, pero nadie puede hablar de ausencia temporal. La paradoja de la decisión, que amenaza con extenderse durante varias semanas, cuidado si no meses, coloca al Ejecutivo nacional, conducido en este momento por Nicolás Maduro, en un grave entredicho que no hará sino profundizarse conforme le toque tomar nuevas decisiones administrativas que son potestad privativa del presidente Hugo Chávez.

Además de las contradicciones económicas y los naturales resquemores que produce la salud del presidente Chávez, el 2013 amenaza con ser el año de la mayor cantidad de muecas legales de la historia reciente de este país.

La secuencia de chapucerías que hicieron su debut a partir del propio 5 de enero ha continuado su camino. Maduro dirige un gobierno que pertenece a un ejercicio administrativo anterior y se presenta a rendirle cuentas al Parlamento de una administración que no preside.

La propia ceremonia de la juramentación constituyó, antes que tal cosa, un acto de masas común y corriente, en el cual no escasearon las amenazas y los insultos a la oposición democrática. Los epítetos ofensivos emitidos por esa ruina moral ambulante que llaman Daniel Ortega constituyen una de las afrentas más indignantes en este momento tan opaco de la política nacional.

El nuevo canciller Jaua, designado de manera transitiva fuera de la ciudad de Caracas, ha intentado resolver el problema con un argumento francamente cómico: la voluntad popular, dice, es la única que acá cuenta, y esta, "es más importante que las formalidades burguesas".

Formalidades estas, por cierto, que el gobierno atiende con exquisitez solícita cuando son instrumentos que le sirven a sus objetivos políticos inmediatos, sobre todo si se trata de acorralar adversarios, pero que se salta a la torera con el espíritu abusador que históricamente distingue al chavismo cuando estas le estorban.

Con ese mismo criterio especulativo confiscan propiedades y hablan de la propiedad privada; pontifican sobre la paz pública y amenazan a sus adversarios; insultan a todo el mundo por sus espacios informativos y se quejan de la manipulación mediática.

No es la voluntad popular el tema que está en discusión en estos momentos. El planteamiento de las fuerzas de la oposición en este trance ha sido bastante coherente: es a Diosdado Cabello, presidente en funciones de la Asamblea Nacional, un poder público con su período vigente, a quien le correspondía ejercer el interinato mientras se espera por el regreso de Hugo Chávez.

A estas alturas podemos afirmar que el chavismo ha violentado la Constitución Nacional desde todos los costados posibles. Ha contravenido de manera expresa algunas disposiciones fundamentales, como las que contemplan la existencia de un Estado descentralizado.

Ha violentado su espíritu en temas especialmente delicados, trajinando en contra de las Fuerzas Armadas e involucrándolas inescrupulosamente en el debate público. Ha ido perpetrando, además, una secuencia de mofas colaterales a algunas de sus disposiciones específicas.

No lo olvidemos: el Presidente de la República no ha jurado y no ha instalado su gobierno. No es la primera vez que un episodio de este tenor tiene lugar en estos 14 años.

Mientras esto sucede, la MUD, probablemente acusando los efectos colaterales de las derrotas recientes, vive su hora más baja desde su fundación. Especialmente extraviada y reactiva. Declaraciones aisladas, débiles, procedimientos contradictorios.

En ocasiones, evidencia un celo particular por no hacer enfadar de más al gobierno. Los dirigentes fundamentales de los partidos que la integran ­con la excepción de Julio Borges, de Primero Justicia­, juzgados de forma acertada tan necesarios para afrontar esta clase de coyunturas con acierto, guardan en este momento un espeso silencio, absolutamente inexplicable.

La molestia que se incuba en estos momentos en segmentos apreciables de la ciudadanía no es un artificio: la MUD está integrada por dirigentes que no están dirigiendo a nadie.

2013 no será un año estático ni monocolor. No parece ser este el apacible comienzo de todo gobierno que se inicia en funciones.

Amenaza con ser un escenario fluido, con escenarios superpuestos, bastante trajinado y complejo. Un año con opciones no exentas de grandes riesgos. Las dos fuerzas políticas vigentes en el país, una en el gobierno y otra en la oposición, atraviesan momentos complejos y necesitan remontar algunas circunstancias concretas.

Se avecinan grandes retos en el marco democrático, que demandan criterio y sangre fría. El objetivo político número uno debe ser, pienso, el que ha intentado quedar expuesto: restaurar la vigencia efectiva de la Constitución Nacional, sus valores y disposiciones fundamentales.

 
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