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Opinión | 08/01/2013
Mentiras y viviendas
Este novedosísimo "poder popular" es evidentemente el sector en expansión de la política habitacional chavista habiendo casi duplicado su producción de 2011, cuando sólo representó el 31,6% del total
MARCO NEGRÓN
Viviendas
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El pasado 28 de diciembre el ministro Rafael Ramírez en su condición de presidente del llamado Órgano Superior de Vivienda, anunció que durante el año 2012 se construyeron 200.080 viviendas en toda Venezuela, cumpliendo con las metas de la política establecida y que muchos predijimos que no se alcanzarían.

Pero precisó que la cifra global se discrimina de la siguiente manera: 58.589 (29,3%) levantadas por distintos organismo gubernamentales, 52.438 (26,2%) por el sector privado y el grueso, 89.053 (44,5%) por lo que llamó "el poder popular".

Este novedosísimo "poder popular" es evidentemente el sector en expansión de la política habitacional chavista habiendo casi duplicado su producción de 2011, cuando sólo representó el 31,6% del total. Pero él no existe en la estructura de la administración nacional y no es otra cosa que un eufemismo para encubrir lo que ha sido el tradicional esfuerzo individual de autoconstrucción en los sectores informales, eventualmente apoyados por programas gubernamentales puntuales de claro sesgo populista como la llamada sustitución de rancho por vivienda, conceptualmente idéntica a los tan criticados repartos de bloques o de planchas de zinc del pasado.

Por décadas la autoconstrucción en los sectores informales ha tenido un peso altísimo en la producción de viviendas en nuestro país, pero nunca sus productos se han incluido en la contabilidad de las políticas de vivienda porque, aun cuando en su mayoría se trate de viviendas "aceptables", comportan problemas estructurales al adelantarse en sectores de riesgo y precariamente urbanizados. Incluirlos en esas cuentas, como se hace ahora, sólo confirma la distorsionada visión del régimen chavista para el que la vivienda es un simple refugio y no un elemento inseparable de la construcción de ciudad.

Lo anterior, además, revela la principal falacia del discurso habitacional de la "revolución": el menosprecio y a la vez incomprensión de la cuestión de los barrios de autoconstrucción, resultado de una miríada de admirables esfuerzos individuales que lamentablemente, al no poder responder a las exigencias estructurales del urbanismo, han dado origen a enormes aglomeraciones segregadas de lo que en sentido estricto debe ser la vida en ciudad.

Otras ciudades del continente como Río de Janeiro o Medellín, con sus programas urbanos para la reconversión integral de los barrios, han mostrado el camino a recorrer; el pretendido urbanismo subversivo de los aprendices de brujo del chavismo levanta edificios convencionales sin orden ni concierto, tratando luego de encubrir su evidente fracaso incorporando como logros problemas que no sólo son incapaces de resolver sino siquiera de encarar: ¿será casualidad que el día de las declaraciones que se comentan coincidiera con la festividad de los Santos Inocentes?

 
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