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Opinión | 14/12/2012
Cuento de Navidad
En los últimos tiempos, nos han robado muchas Navidades: la tragedia de Vargas, el paro petrolero, lluvias, crisis, expropiaciones, elecciones y otras calamidades, que, como fantasmas de Scrooge, nos anunciaban un porvenir aciago
MARIANELA LAFUENTE
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Charles Dickens (1812-1870) fue tal vez el más grande escritor inglés del período victoriano. En su obra, criticó a la sociedad industrial de su época y denunció las duras condiciones de vida de los pobres, especialmente de los niños explotados.

Él mismo conoció de cerca estas experiencias, cuando su padre fue encarcelado por deudas y tuvo que abandonar la escuela para trabajar en una fábrica. Su Cuento de Navidad, desde su publicación en 1843, ha sido uno de los más leídos por niños y adultos, y adaptado al cine, teatro, TV, ópera, en múltiples versiones.

En él se narra la transformación que sufre el odioso Ebenezer Scrooge: un viejo frío, duro, avaro y despreciable, a quien nadie logró jamás sacar una chispa de generosidad. Una helada Navidad, es visitado por el fantasma de su antiguo socio, quien le advierte que, si no cambia, será condenado después de su muerte a penar y arrastrar una larga cadena por toda la Eternidad. Le anuncia que será visitado por tres espíritus que le darán una última oportunidad para rectificar.

Mr. Scrooge es visitado, primero, por el "Fantasma de las Navidades Pasadas", con quien revive su niñez y recuerda que alguna vez fue inocente y conoció el amor. Luego recibe la visita del "Espíritu de las Navidades Presentes", que le muestra la miserable vida de su empleado, Cratchit, y del pequeño Tim, su hijo enfermo. Con la escasa paga que reciben de Scrooge, seguramente morirá pronto, sin poder pagar un médico.

También comprueba cómo se burlan de él en la fiesta de su sobrino, donde fue invitado y no quiso asistir. Con la visita del tercer espíritu, el "Fantasma de las Navidades por Venir", Scrooge asiste a la dolorosa muerte de Tim y se enfrenta a la suya propia.

Contempla su cadáver solitario, que nadie llora; escucha a algunos conocidos decir que sólo irán a su funeral si ofrecen el almuerzo, y mira cómo los pobres le roban sus pertenencias. Lo más aterrador es contemplar su propia tumba abandonada y comprender el destino de los avaros. La experiencia sirve para que Scrooge cambie totalmente.

Celebra la Navidad, se convierte en un hombre amable y bueno, y recompensa generosamente a su empleado, salvando la vida de Tim. Dickens siempre abogó por los pobres, por sus derechos a la educación y a una vida mejor. Dentro de una visión idealizada y nostálgica de la Navidad, con su obra buscaba mostrar que en el mundo moderno se pierden valores fundamentales y que es necesario recuperarlos para alcanzar la armonía social. Creía que los cuentos funcionaban mejor que los panfletos políticos para convencer a la gente.

En los últimos tiempos, nos han robado muchas Navidades: la tragedia de Vargas, el paro petrolero, lluvias, crisis, expropiaciones, elecciones y otras calamidades, que, como fantasmas de Scrooge, nos anunciaban un porvenir aciago. A Scrooge, el enfrentamiento con la muerte lo ayudó a cambiar. En Venezuela, ni eso ha sido suficiente. A dos días de las elecciones, tal vez es momento de reflexionar. Vayamos todos a votar el domingo y démosle una oportunidad a la Navidad.

 
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