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Opinión | 11/12/2012 | 1 Comentarios
Aprendices de brujo
Nuestras ciudades han resultado víctimas favoritas de esa improvisación e impericia, con una manifestación especialmente tangible en el creciente empeoramiento del tráfico vehicular, Sidor, las cementeras o el metro de Caracas
MARCO NEGRÓN
Parque Central
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En casi todas las áreas en que ha incursionado el gobierno actual no ha hecho más que causar estropicios: desde obras emprendidas sin evaluación previa, a veces por el mero capricho del jefe supremo, que terminan paralizadas a medio ejecutar, hasta otras que se encontraban en condiciones razonables de funcionamiento pero que tuvieron el infortunio de caer en manos de la "gerencia socialista": véase Sidor, las cementeras o el metro de Caracas.

La causa está, en gran medida, en la aplicación de la máxima maoísta según la cual más vale rojo que experto: no sólo el carné del partido prevalece por sobre el conocimiento, sino que este puede terminar resultando un estorbo.

Nuestras ciudades han resultado víctimas favoritas de esa improvisación e impericia, con una manifestación especialmente tangible en el creciente empeoramiento del tráfico vehicular a cuyas causas estructurales se agregan constantemente otras puntuales: el caos provocado por el intento de establecer un VAO en la autopista Fajardo resulta incomprensible en una ciudad donde desde hace mucho funcionan sin contratiempos varios canales de contraflujo; con pocos días de diferencia dos gandolas, por exceso de altura, se atascan en la misma autopista, al tiempo que un camión cisterna vuelca en otra y derrama el combustible inflamable que transportaba: tres accidentes sucesivos, atribuibles a la falta de controles y a la incompetencia de los choferes que resultan en horas de congestión, estrés y pérdidas millonarias que nadie contabiliza.

Que la "transformación revolucionaria de la Gran Caracas" haya sido puesta en manos de alguien a quien el Presidente considera amigo leal y un revolucionario a carta cabal pero que, siendo notoriamente ignorante en la materia, pregone sin sonrojarse la necesidad de un "urbanismo subversivo", puede explicar la creciente deriva de nuestra infortunada ciudad, en manos de unos aprendices de brujo que, a diferencia del imaginado por Goethe y popularizado por Mickey Mouse con el invalorable apoyo musical de Paul Dukas, no tienen por detrás un brujo de verdad, capaz de poner coto al creciente desenfreno de las escobas.

Muy por el contrario, sus improvisaciones y desatinos son estimulados cuando no directamente concebidos por un jefe delirante a quien sus seguidores, como confesó José Vicente Rangel a Enrique Krauze, consideran "un fenómeno telúrico" y por ello imposible de someter a racionalidad alguna; ante un fenómeno semejante el conocimiento es, evidentemente, un valor despreciable o peor: una rémora burguesa que amerita ser aniquilada.

El aprendiz de brujo de Goethe tenía al final alguien capaz de recomponer el caos que había creado; los nuestros, uno que lo estimula. Se entiende entonces cómo, después de catorce años de ensayo y error, la ciudad no sólo siga encallada sino haciendo agua por todos lados.

 
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