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Mundo | 11/12/2012
Los náufragos de París
La pobreza en el primer mundo adquiere otro matices y, en consecuencia, otros dolores. En la Ciudad Luz las bajas temperaturas imponen las reglas. Pasar una noche en la calle no es cosa de juegos. Este año las respuestas negativas por falta de espacio en los albergues de urgencia alcanzan el 71%
SARAÍ SUÁREZ /Especial París
Mendigos
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El inventario es largo y pesado. El atuendo de hoy incluye medias de lana, pantalón grueso, franelilla, camisa manga larga, suéter y una chaqueta. Encima de esto uso un abrigo grueso e impermeable, una bufanda de lana, guantes de cuero, gorro y finalmente unas botas hasta las rodillas.

Esta armadura permite enfrentar los 2°C que anuncia el termómetro para el día de hoy. En París el frío se hace sentir sin piedad aunque, en teoría, todavía estamos en otoño. Soy una persona con suerte: tengo un techo, comida y ropa caliente.

El sol no saldrá hasta las 8:30 am, salir a trabajar en plena oscuridad es lo usual en esta época del año. La ciudad me agarra desprevenida con una nevada repentina. Es la primera de la temporada.

Una vez en la calle, el frío quema la piel y se cuela hasta los huesos. Los transeúntes apresuran el paso buscando abrigo en el metro o en los buses, envueltos en capas y capas de ropa y abrigos.

La realidad me aterriza sin anestesia. Se trata de un indigente que instala su cama de cartones cada noche en una de las puertas laterales de la alcaldía del distrito 18.

Llevo días viéndole amanecer en el mismo sitio. Al pasar, escucho al personaje maldecir al mundo entero y por su voz descubro que se trata de una mujer mayor.

Su mundo parece lleno de colores: chaqueta verde perico, pantalones rojos, sleeping azul, gorro naranja y un cobertor térmico dorado ­ de los que reparte la cruz roja para prevenir la hipotermia. Lejos están esos códigos cromáticos de reflejar la alegría navideña que decora la alcaldía.

Se trata en realidad de la expresión de su miseria, hambre, y desolación. Francia enfrenta cada año sin remedio la suerte de quienes el sistema denomina Sin Domicilio Fijo (SDF). Este año, las solicitudes en albergues de urgencia han aumentado en un 37% y el sistema de ayudas está al borde del colapso por la falta de refugios.

BAJO TIERRA
En el metro la situación no mejora, la temperatura tampoco. En cada estación se observan grupos de tres o cuatro indigentes refugiándose en las entrañas de la ciudad.

Pronto el alcohol se convierte en fiel compañero y progresivamente se van diluyendo los rasgos de dignidad. Las condiciones de higiene deplorables, las enfermedades y los desafíos de la calle hacen de las suyas a velocidades vertiginosas. Es difícil distinguir si la demencia condujo a la calle o la calle a la demencia.

Algunos SDF sobreviven a los días más fríos durmiendo en los conductos de aire caliente que expulsan los túneles del subterráneo, los buses nocturnos, los vagones de metro o en los trenes extraurbanos. Allí, arrullados por el vaivén del trayecto y al calor de la calefacción, logran conciliar algunas horas de sueño.

A la salida del metro, en la estación Monceau del distrito 17, un hombre espera cada mañana haciendo un gran esfuerzo por dibujar una sonrisa.

Su misión es un fracaso, y se entiende. Nadie puede sonreír después de 5 minutos en semejante frío. Este hombre pasa al menos un par de horas a la salida de la estación junto a un cartel donde se lee: "No tengo trabajo, no tengo domicilio, tengo hambre, hace frío. Ayúdeme por favor".

POR LOS NIÑOS
El frío agota. Luego de una jornada en la ciudad luz el cuerpo se siente aporreado. Ha caído la noche y las luces se han encendido sobre París. Es imposible olvidar la Navidad en esta ciudad vestida de fiesta, prosperidad y esperanza con vitrinas y tiendas repletas de clientes. La ciudad del lujo, en diciembre París es una fiesta.

Al salir del metro, ya de regreso a casa, el termómetro marca ­1°C. La nieve de la mañana ha desaparecido y la lluvia que la reemplaza ha decidido darnos una breve tregua. La mujer de la alcaldía aún no instala su residencia de cartón.

Aprovecho para ir a la lavandería cerca de casa. Gracias a la calefacción y a las secadoras que giran sin parar, el lugar tiene una temperatura agradable y los aromas del jabón se mezclan creando ese característico "olor a limpio".

Apilados en un rincón, un bebe duerme en brazos de su madre, una joven menuda de escasos 18 años, mientras un niño de unos 3 años juega en el suelo junto a ella. Un hombre entra dando inicio a un diálogo en un idioma inteligible para mí, ¿rumano tal vez? Luego de ese intercambio percibo la angustia en el rostro de la mujer y en el sobresalto el bebe arranca en un fuerte llanto.

Ella hace señas al marido para que me hable y el hombre se percata entonces de mi presencia en el lugar. Con timidez, en un inglés precario, me pregunta si les puedo ayudar.

Tienen horas tratando de comunicarse con el servicio de albergues del distrito pero no logran entenderse con la asistente social. Este año las respuestas negativas por falta de espacio en los albergues de urgencia alcanzan el 71% según el Ministerio de Vivienda.

Necesitan pasar la noche en un refugio y me aclaran inmediatamente "is for the children" señalando a los niños. Marca el número y me extiende su celular.

Al otro lado de la línea una mujer responde con amabilidad y me transformo en puente entre la familia y el albergue. Luego de intercambiar algunas informaciones me pide que apunte la dirección donde les estarán esperando. Debo insistirles en que se den prisa o perderán el cupo de dos noches que les han otorgado.

Les entrego un trozo de papel con la dirección y les digo textualmente las palabras de la asistente social. Me agradecen con la tranquilidad de haber resuelto el enigma de un par de noches y con la fatiga de un peso enorme que les cuesta cargar.

Saben que después de esas dos noches la ruleta rusa comenzará de nuevo. El chiquito me mira y sonríe, se dan media vuelta y salen de la lavandería apresurados.

La secadora termina su trabajo y emprendo el camino a mi casa. Paso frente a la alcaldía y allí está nuevamente la mujer, esta vez cubierta hasta la cabeza con una cobija blanca y al escuchar mis pasos grita: "¡hijos de puta!! ¡Malditos sean todos! ¡Los maldigo una y mil veces... malditos sean, una y mil veces".

 
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