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Opinión | 27/11/2012
Pasear por el centro
Por supuesto no hay paseantes, sólo gente que se dirige a sitios precisos a trabajar o hacer alguna diligencia, de modo que también las tiendas han perdido todo encanto porque al fin y al cabo la suya es una clientela cautiva, que al ir en busca de algo específico es indiferente a la atracción de las vitrinas
MARCO NEGRÓN
Caracas
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Tal vez el verbo resulte exagerado: caminando por el maltratado centro de Caracas es difícil, quizá imposible encontrar a alguien que se desplace con el espíritu sosegado y el aspecto plácido que distinguen al paseante, a aquel que recorre las calles de una ciudad por el mero placer de contemplar lo que ocurre en ellas, a la gente y los comercios que las flanquean; que camina sin un destino preciso, pero disfruta entrando, así sea a curiosear, en una tienda que ofrece una vitrina atractiva o a un café de aspecto acogedor.

La avenida Urdaneta, la gran vía construida en los años cincuenta del siglo pasado arrasando sin contemplaciones 14 manzanas del casco histórico del siglo XIX, se convirtió en la calle del poder nacional: sobre ella se localiza el Banco Central, un número importante de ministerios e incluso el Palacio Presidencial, lo cual sugiere amplias aceras, orden y ornato urbano de calidad.

Vana ilusión: las hermosas aceras originales hoy son una auténtica colcha de retazos, donde sólo excepcionalmente es posible encontrar fragmentos del diseño primigenio; en cambio abundan bases de equipamiento urbano retirado, desniveles de reparaciones iniciadas y nunca terminadas, puestos de buhoneros ubicados sin orden ni concierto y contenedores de basura, muchos contenedores de basura las más de las veces rebosados.

Por supuesto no hay paseantes, sólo gente que se dirige a sitios precisos a trabajar o hacer alguna diligencia, de modo que también las tiendas han perdido todo encanto porque al fin y al cabo la suya es una clientela cautiva, que al ir en busca de algo específico es indiferente a la atracción de las vitrinas. Debe suponerse que tampoco los innumerables altos funcionarios gubernamentales que pueblan la avenida ponen el pie en esas aceras, sino que entran directamente a los sótanos en las aparatosas camionetas desde las cuales ven la ciudad y sus gentes como quien va de paso.

Porque si las pisaran el juicio tendría que ser mucho más duro. Caminar por las calles norte-sur buscando la cuadrícula fundacional es una aventura todavía más desoladora que sólo parcialmente compensan espacios físicamente bien mantenidos como la Plaza Bolívar, pero de los cuales se ha excluido la vida urbana: únicamente quien tenga información podrá descubrir algunos extraordinarios sitios ocultos como la Casa de Veroes o el Museo Sacro y su café, mientras que la inseguridad ha hecho inaccesibles ambientes tan hermosos y plácidos como los patios del Palacio de las Academias.

Pero ese centro sobresaturado en el día muere al caer la noche: queda desierto y sin actividad en las horas más gratas de la ciudad, cuando baja el tráfago y el incomparable clima caraqueño alcanza sus mejores momentos. Parecerá absurdo, pero no le falta lógica a la fuga de los paseantes hacia los centros comerciales.

 
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