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Opinión | 19/11/2012
"El mejor pueblo"
Los políticos, sobre todo los serios, tienen que buscar maneras, espacios de conexión con las audiencias a las que se dirigen sin partir de premisas tan erráticas, tan falaces, tan autocomplacientes
JAIME BELLO-LEÓN
Chávez
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Por alguna razón que yo no termino de entender, a los políticos ­inclusive a los más respetables­ les da, sobre todo durante las campañas electorales, por ensalzar y exagerar las virtudes de los pueblos. Uno escucha, entonces, frases tan sobadas como: "Este es el mejor pueblo del mundo". Si sucede que uno está (y aquí el verbo estar contempla, entre otras acepciones, vivir, nacer, ser, pernoctar, sufrir, validar, padecer, gozar, morir) en Venezuela, la frase se convierte de inmediato en "Los venezolanos somos el mejor pueblo del mundo".

Yo me pregunto varias cosas: 1. ¿Por qué es necesario usar esa retórica tan absurda y tan simplona? 2. ¿Cuando "el pueblo" oye esa afirmación se la cree? 3. ¿Cuál es la pertinencia de tal aseveración? 4. ¿Qué oculta? 5. ¿No es como muy infantil creerse que un pueblo puede ser mejor que otro en términos absolutos? 5. ¿Dentro de cuál definición de excelencia entran las miles de muertes violentas que produce este pueblo venezolano? Ensalzar por ensalzar, generar un discurso encubridor, poco reflexivo y hasta mitómano no conduce a ninguna parte.

Los políticos, sobre todo los serios, tienen que buscar maneras, espacios de conexión con las audiencias a las que se dirigen sin partir de premisas tan erráticas, tan falaces, tan autocomplacientes. Me parece que los líderes sociales pueden y deben también decir aquellas cosas que hay que digerir con calma y que pueden desencadenar otra mirada sobre lo que somos y sobre cómo hacemos las cosas.

¿Es esto fácil? Por supuesto que no. Parte de la dificultad radica en que habitamos un mundo al revés, donde mucha gente, demasiada tal vez, tiene valores encontrados, opuestos. Esto hace que la construcción del mensaje político se elabore con gran ambigüedad como para intentar evitar el conflicto entre las diferentes audiencias que defienden planteamientos que en el diagnóstico parecen irreconciliables. Si a una parte de la población (¿cómo saber cuánta?) le parece perfecto cohabitar con códigos delincuenciales, cómo construir una propuesta donde los valores del trabajo y del esfuerzo puedan ser asimilados de manera positiva. Ese es el dilema central y allí yace la dificultad.

Quizá ya sea hora de enfrentarse con mayor frialdad a la realidad sociológica venezolana. Me temo que esto exige que se piensen y se planteen nuevas premisas, las cuales, seguramente, no van a partir de la sobada frase "Este es el mejor pueblo del mundo", que se le escapa como un resorte condicionado a muchos de nuestros políticos, inclusive a los más respetables cuando sienten que se están conectando con las mayorías.

 
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