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Cultura | 18/11/2012
La mediocridad del MBA
Por un lado, se le levanta la moral a los "cultores" del paisaje, exhibiéndolos en recinto reservado hasta ahora a artistas de la burguesía, de Cabré en adelante; y por otro, aparentan que están haciendo algo por el pueblo, cuando lo cierto es que sólo prestan la batea para que otros justifiquen sus sueldos
ROLDÁN ESTEVA-GRILLET
Museo de Bellas Artes
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En la tradición alemana, por Kunsthalle se entiende una galería o sala de arte, de gestión privada ­por lo regular una asociación de artistas, coleccionistas o amantes del arte­ que promueve en sus espacios exposiciones para deleite del público. Muy pocas de ellas llegan a tener colecciones propias.

Así que, lo que más las define es que pueden exponer cualquier tipo de arte, sin obedecer a un perfil museístico dictado por una colección, lo cual es casi reglamentario en la gestión de museos. El modelo de la Kunsthalle ha proliferado en los países del norte de Europa: desde Suiza hasta Holanda.

En 1958, el empresario venezolano Ángel Cervini fundó ProVenezuela, una asociación civil promotora de innumerables actividades culturales, entre ellas, exposiciones de toda índole: industriales, artesanales, bibliográficas y artísticas, así como se dictaban conferencias o se "bautizaban" libros.

Hasta fines de los años 70 estuvo, cerca de Sabana Grande, el gran galpón de ProVenezuela, donde recuerdo haber visto una exposición de César Rengifo (1974) o asistido a la presentación de un libro del economista Héctor Malavé Mata, "sin brindis", como advertía la invitación. Cualquier alemán podría haberla confundido con una Kunsthalle , pero la variedad de sus muestras y la simpleza de su arquitectura le habrían obligado a corregir su percepción.

En nuestros días, gracias a la revolución bolivariana, nuestro museo más antiguo, el de Bellas Artes, está a punto de convertirse en un remedo de Kunsthalle, si por tal tomamos un espacio expositivo no vinculante con una colección propia ­a pesar de existir ésta­, y por la buena disposición de sus autoridades a recibir cualquier oferta que venga de afuera. Ya la Biblioteca Nacional, el Banco Central de Venezuela y el Museo de Historia se han cebado en el dolce far niente del MBA.

El caso más fraudulento se dio con una exposición didáctica sobre el tema de Tutankamon, itinerante por los grandes centros comerciales del continente, con mucha escenografía de cartón piedra y reproducciones de originales.

Por primera vez hubo suficiente público para una iniciativa de este museo en manos chavistas, aunque la idea viniera de Fundarte... y el dinero también, pues en el Centro Comercial Sambil había que pagar. ¿Y la modesta colección de arte egipcio del Museo de Bellas Artes? En el depósito, durmiendo el sueño de los justos.

Cualquiera que visite en nuestros días este antes prestigioso museo, se encontrará con la amplificación del espacio expositivo a 19 salas, distribuidas en dos edificios (el moderno, de tiempos de Herrera Campins, y el "neoclásico", así llamado internamente).

Sin embargo, no hay forma de convencer a las autoridades sobre el necesario rescate de sus colecciones de arte universal, del ostracismo al que las tienen sometidas. Más, ante un público joven que difícilmente tiene la oportunidad de acudir a los museos extranjeros para ver arte europeo de los siglos XIV al XIX (pintura, grabados, dibujos), cerámica oriental (china y japonesa) o arte egipcio auténtico.

Pareciera haber una vergüenza por exhibir tal patrimonio de valor universal, y sólo se brinda acceso a lo contemporáneo y precariamente. Lo peor es que no sólo se mantiene escondido, sino que el espacio museístico se cede, sin mayor escrúpulo, a cuanta institución requiera promover el propio patrimonio aún cuando cuente con sus salas o pueda acudir a otros espacios. El Museo de Bellas Artes no lava pero sí presta la batea.

Excepcionalmente, hace años se exhibió la colección de grabados de Goya, ero al no existir suficiente personal de custodia, la sala se abría y cerraba alternativamente, de manera que había que adivinar cuándo la rotación le tocaría en suerte.

Desde hace tiempo que esta colección debería estar en gaveteros especiales, de acceso al público visitante, como se estila en el Museo del Prado. No se puede pretender que se exhiban permanentemente, por cuanto la luz los afectaría. Así, esta solución intermedia permite al interesado ver los grabados por un momento, y al museo su preservación.

Es decir, un depósito "consultable" por el público, como existe en el Museo de Antropología de Vancouver (Canadá), donde uno tiene acceso, a través de gaveteros protegidos por vidrio, a toda la colección de piezas pequeñas, por países y culturas.

Actualmente, todas las salas del Museo de Bellas Artes están abiertas con exposiciones. ¡Bravo! Pero constatamos que la única correspondiente al patrimonio del museo es "Cubismo y tendencias afines", colección donada por Pedro Vallenilla Echeverría. El resto son proyectos expositivos provenientes de otras instituciones que usufructúan las salas de este museo.

Veamos. En el edificio moderno, dos pisos están copados por una exhibición con el retórico título "Nosotros: Orgullo de ser y visión de futuro", acorde con el populismo del régimen. Formada a base de objetos artesanales y etnográficos (hamacas, instrumentos musicales, fotografías, vestimentas de distintas regiones del país o de comunidades indígenas), pertenece al Centro de la Diversidad Cultural.

¿Desde cuándo se está construyendo el Museo de la Historia en Maracay? ¿Qué pasa con la sala de exposiciones de la Biblioteca Nacional? En el edificio "neoclásico", dos salas están dedicadas a la acuarela china contemporánea, exposición organizada por la Embajada de la República China.

La impresión es de ver una exposición de acuarelas occidentales de manufactura china, como para convencernos de que ese inmenso país ha desechado, finalmente, su gran tradición artística en su afán de mimetizarse con el mundo capitalista.

Otra sala exhibe fotografías en blanco y negro debidas al pintor franco-venezolano Emilio Boggio, con el título "Boggio: fotógrafo impresionista".

Hay 22 imágenes conservadas en el Museo Caracas, integrantes de la colección Boggio, más 17 reproducciones digitales de originales conservados, supone uno (pues las fichas no lo revelan) en la "Villa Rústica", casa-taller del artista en el pueblo de Auverssur-Oise (Francia).

Se incluyen tres obras de arte del pintor, pertenecientes a la Galería de Arte Nacional. La exposición está patrocinada por la Embajada de Francia, con la curaduría Alejandro Oramas, director del Consejo Nacional de la Fotografía, y cuyas 28 fotografías en gran formato y a todo color compiten deslealmente con las del artista homenajeado, más si el día de la inauguración, aparecieron sin advertir la autoría.

De manera que hay dos exposiciones, la de Boggio y, abusivamente, la del curador. Tan es así que sólo dos imágenes de Boggio se relacionan con pinturas, contra 5 de Oramas.

La colección Boggio, consistente en un gran número de pinturas y dibujos, además de objetos, documentos y estas fotografías, ha permanecido por más de diez años cerrada al público, igual que las colecciones de pintura venezolana del siglo XX, la de arqueología y la de maquetas del Museo Caracas (Alcaldía del municipio Libertador) del que sólo es posible ver las pinturas de la antigua Capilla del Seminario de Santa Rosa y la colección de figuritas populares Raúl Santana.

Por último, el Instituto de las Artes de la Imagen y el Espacio (Iartes) dispuso de cinco salas para el Primer Salón del Paisaje que, por la calidad de las obras aceptadas ­ninguna supera la condición de diletante farruquiano­ debió haberse llamado "Salón Popular del Paisaje: Homenaje a Francisco Sesto".

Nada que ver con los meritorios y sorprendentes Salones del Paisaje convocados por el Museo de Arte de Barquisimeto de los años 80. En esta ocasión, parece que se hubiera comprado por lotes la producción desechada de alguna fábrica de postales con los recurrentes motivos del Ávila, el Autana, el Salto Ángel, el Pico Bolívar, araguaneyes, palmas reales, escenas del llano y demás estereotipos turísticos del país, de un adocenado pintoresquismo.

Para una mejor difusión, bien habrían lucido en los espacios del Metro de Caracas, dado que no termina de arrancar el Museo de Arte Popular, pero aquí sólo sirven para matar dos pájaros de un solo tiro (sin alusión al otro "Pájaro" y su orgasmo místico al saber de esta convocatoria).

Por un lado, se le levanta la moral a los "cultores" del paisaje, exhibiéndolos en un recinto reservado hasta ahora a los artistas de la burguesía, de Cabré en adelante; y por otro lado, las autoridades aparentan que están haciendo algo por el pueblo, cuando lo cierto es que sólo prestan la batea para que otros justifiquen sus sueldos. La revolución bolivariana ha trasformado a un avezado periodista cultural en un mediocre director de museo.


 

 
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