Todo escritor es un vengador en potencia, una suerte de asesino que utiliza la ficción para saldar cuentas con la realidad que lo rodea. Así define Luis Barrera Linares su rol en su más reciente libro, titulado Sin partida de yacimiento, presentado la semana pasada por el sello Bid&co editor.
La obra es descrita por su propio autor como "un conjunto de relatos hilvanados por la presencia recurrente y común de un narrador". Ese narrador se llama Sobrino y es el vengador adolescente que toma la pluma para poner en su sitio a su tía, a sus hermanas, a sus compañeros de colegio y a sus vecinos del pueblo Los Puertos de Altagracia.
"Utilizo la literatura con ese fin, por eso digo que es un instrumento para la venganza. Me valgo de la parodia, la ridiculización e incluso la exaltación, porque uno no sólo se venga en sentido negativo sino a través del elogio", dice Barrera Linares mientras se toma un café, en la víspera de la presentación de su libro.
El autor se vale del petróleo como leitmotiv de sus relatos. A diferencia de Oficina Nº1 o Mancha de aceite las dos novelas del petróleo de Miguel Otero Silva y César Uribe Piedrahita, respectivamente el tema de Sin partida de yacimien- to no es la explotación petrolera sino las brechas que este fenómeno creó en la sociedad venezolana.
La pluma de Barrera Linares recrea a una clase social alimentada por las empresas petroleras, cuya contraparte son el resto de los venezolanos, quienes no perciben los beneficios directos del negocio del oro negro. "En mi niñez noté que había un grupo que no tenía `partida de yacimiento’, como dice el narrador, lo que sí tenían los empleados de las empresas petroleras que parecían haber nacido con la palabra `petróleo’ marcada en la frente".
Barrera Linares escribe sobre la separación de esos dos grupos sociales enfrentados en un pequeño pueblo del occidente del país.
"Unos eran excesivamente privilegiados y otros no disfrutaban de ningún beneficio, pero no teníamos más remedio que convivir en el mismo liceo, utilizar las mismas calles e ir a los mismos comercios".
La materia prima de los relatos son las vivencias del propio autor, pasadas por el tamiz de la ficción.
"Sin partida de yacimiento no es una autobiografía. Los relatos no tienen que ver con mi vida sino con hechos que en algún momento presencié y se quedaron fijados en mi memoria. Cada uno de esos hechos es un subcapítulo de este libro".
Las 173 páginas de Sin partida de yacimiento están repletas de venezolanismos y regionalismos que dan una idea de cómo se habla en el país. "Quise hacer una especie de homenaje al español de Venezuela, algo que siempre me había planteado. Parece que, en general, el escritor venezolano teme utilizar sus propias palabras.
Abres un texto de literatura mexicana de cualquier género y vez los mexicanismos por doquier. Los mexicanos no tienen ningún problema en utilizar sus propias expresiones para exportarlas. Esa es la idea. El libro es un homenaje a la variante venezolana del idioma y por eso no tuve ningún empacho en utilizarla".
La primera versión de la obra incluía notas al pie de página, en las cuales se aclaraba el significado de cada una de las expresiones. Sin embargo, el autor prefirió eliminarlas e implicar los significados dentro del contexto. "No creo que el desconocimiento de esas expresiones detenga al lector, porque los contextos siempre aclaran los significados. De otro modo nadie leería porque tampoco hay una especie de español universal absolutamente neutro para los 400 millones de hablantes de esa lengua".