Especial
Un trabajo de marras
L a globalización y el denostado mundo de los negocios han creado un nuevo "guerrero del camino" que viaja por los aeropuertos, armado de laptop e implementos para no morir de tedio y stress. El viajero que de ello resulta es un habitante de un "no espacio" impersonal, gélido, que combina la frivolidad del centro comercial con la funcionalidad de una línea de montaje. Un territorio peligroso y asfixiante del cual sólo cabe defenderse con un arma: el ritual. Y un propósito, tan fútil como la actividad que lo genera: acumular el mayor número de millas posible, sólo porque sí. A este envoltorio se agrega la naturaleza sórdida del trabajo de George Clooney. Es un profesional de la racionalización corporativa, el tipo que se contrata para botar gente por cuenta de los jefes. Un trabajo de marras, por emplear una palabra con eme. Este entramado de vacío y perversión oculta una trama tenue, casi inexistente, cuyo mayor interés es despistar al espectador lanzándolo en direcciones contradictorias. El cliché dicta que Clooney (todo indica que estamos en una comedia amorosa para vehículo de George Clooney, ¡por Dios!) encuentre su vida vacía, conozca una buena muchacha y rehaga su camino. Pero esa senda tan manida que empieza a dibujarse encuentra algunos escombros: una insoportable colega de trabajo, ambiciosa, despiadada y joven, que se cruza en el camino pero que no tiene el guáramo para llegar al final, una ejecutiva de erotismo alegre que tampoco resulta caber en el cliché que el espectador le reserva. Porque la trama, o su inexistencia, clama por vueltas de tuerca que el libreto, despiadado como es, deja caer como perlas. Pero a diferencia de la fórmula esperada, las vueltas de tuerca carecen de énfasis.
Más que una sorpresa requisito imprescindible de toda vuelta de tuerca son un regreso a casa, una decepción que confirma el rumbo perdido. Por eso Amor sin escalas es un ejer- cicio de antihumor muy inteligente. Apunta en un sentido, no llega a la carcajada y la sonrisa queda en mueca. Las diversiones de los personajes son, por decir lo menos, tontas, pero reveladoras de un vacío existencial. Recolectar fotomontajes de sí mismos en lugares que la crisis financiera no les deja conocer, por ejemplo, o perseguir parientes lejanos para una boda de pronóstico incierto. Todos ellos, pero ante todo los personajes secundarios, forman un fresco de frivolidad triste, que no termina de confesar su "tedium vitae". Frente a ellos Clooney, con su cara de Clooney, surge como alguien más estructurado, aunque sus propósitos y sus actividades sean tan cuestionables como las conferencias de autoayuda con las que llena su tiempo libre. Esencialmente porque no hay tiempo libre ni ocupado. Todo se asemeja a una sala de espera, tiroteada por un marketing descarado de las marcas turísticas que han financiado la película. La vida está en otra parte, sin duda, pero nadie sabe adivinar dónde.
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