Especial
Jueves 25 de Febrero de 2010
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TalCual


Especial

La lógica de la adrenalina



DÍA DE CINE


Héctor Concari






E l título original podría traducirse literalmente como "el casillero del dolor" y remite al protagonista último de una película importante en el cine americano (Una nota al margen es que un film de una crudeza extrema como éste compita en el Oscar con una fantasía comeflor como Avatar, siendo dirigidos por un ex matrimonio y apuntando ambos al corazón de la pesadilla neoconservadora, pero ese es otro tema). Porque Zona de miedo se ubi- ca en la frontera última entre los enemigos y convive con equipo encargado de desactivar las bombas caseras que los iraquíes colocan en el camino. Ironía mayor, la película imita imaginariamente una de las estrategias usadas por la administración Bush para lidiar con los medios: el llamado "embedment" o inserción de los periodistas entre los soldados, como forma de controlar el origen, si no todo, el mensaje.

La película busca hacer lo mismo con el espectador y vaya si lo logra porque no se permite un solo minuto de respiro. Las imágenes, en especial las de la zona de guerra, se toman cámara en mano transmitiendo la inseguridad de un terreno desconocido y peligroso. Pero la crueldad extrema de la película, su falta absoluta de miramientos o de piedad para con el espectador está en el tratamiento de sus personajes: son tres seres anónimos, de los que sabemos muy poco, exceptuando mínimos datos familiares. Funcionan como un triángulo dramático cuyo vértice es el nuevo sargento, que hace de su audacia un escudo contra el miedo.

La película no describe, ni razona, instala a sus protagonistas en la zona de guerra y los hace operar en condiciones extremas, acercándose a los vértices más peligrosos de la operación en choques de adrenalina que se agotan en sí mismos. No hay lógica, sólo un desafío ­estúpido, antiheroico, irracional­ por demostrar que el hombre puede más que la bomba, como si esta fuera un videojuego. La reflexión final no está en la película, que se cuida muy bien de arriesgar juicio alguno sobre la guerra y sus protagonistas. Porque en el fondo, la guerra de Irak es una guerra que se libra desde mundos distintos y cuya piedra de toque, el terreno, es abordado por las fuerzas de ocupación, con armas y utensilios que usan como juguetes.

Hay una secuencia notable, en la cual el protagonista, por su cuenta y desarmado, penetra el mundo del enemigo para ser expulsado a gritos por una mujer. Acaso porque la guerra imaginaria que libran es, en el fondo, una guerra virtual mediatizada por sus instrumentos. Y estos instrumentos sólo están hechos para lidiar con otros instrumentos. La humanidad, el mero relacionarse, está excluida de la película no sólo en la relación ocupante-ocupado, sino también en el vínculo entre soldados de un mismo bando.

Son unos pobres seres abandonados a su suerte, sin capacidad alguna de comunicarse entre ellos sino con torneos de golpes y alcohol, en los que, sorpresivamente, se revelan. Hay una escena ­segunda ironía demoledora de la película­ que condensa esta situación. El protagonista vuelve a su pueblo, una vez completado su tour de guerra.

La imagen lo muestra solo, en el pasillo de un supermercado, rodeado de una sobrecogedora abundancia de productos. La imagen, en su arrasadora angustia, resume una de las películas más pesimistas y talentosas en años. Un film de una crueldad radical, que resume la insania de la desgraciada aventura bélica en Irak. Vale una advertencia: verla es sufrir.


 
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