Especial
Estrategia y relato
S i toda estrategia es, a fin de cuentas, un relato, depende, para su éxito, de premisas bien formuladas y claridad en su desarrollo. En la primera secuencia, se nos revela el alma de un país fracturado. Un grupo de afrikaaners juega el deporte de los blancos, el rugby. La cámara se mueve a la izquierda para revelar cómo del otro lado, unos jóvenes negros hacen lo propio con su juego: el fútbol (El fútbol, se nos dirá, "es un juego de caballeros jugado por malandros y el rugby es un juego de malandros jugado por caballeros"). Por la calle que los divide pasa la comitiva de Nelson Mandela (recién salido de 27 años en prisión y candidato de las primeras elecciones libres en Sudáfrica). Los primeros lo desprecian, los segundos le dan vivas.
Este antagonismo se repetirá sucesivamente describiendo la geografía social y política de Sudáfrica, emergiendo en puntos clave, que permiten condensar (por no decir simplificar) el drama. Igualmente opuestos están los hinchas del rugby, los guardaespaldas blancos y negros, la familia y el equipo de gobierno de Mandela.
Pero ya en el poder, a contrapelo de las expectativas de lado y lado, el Presidente se revela como un líder que combina en dosis iguales la grandeza (el perdón libera) y el pragmatismo (los blancos tienen los reales y el "know how"). A diferencia del simplismo maniqueo que lo rodea, Mandela no opera en una lógica polarizada. Este dragón mayor un impecable Morgan Freeman logra recortarse del contexto, uniendo a todo el país, tras un equipo de rugby casi exclusivamente blanco, en un campeonato mundial, al tiempo que busca relanzar una economía postrada por años de bloqueo. El film levanta vuelo porque Eastwood, zorro viejo, imita narrativamente el movimiento estratégico de Mandela, aislándolo del contexto que lo rodea y esquivando el riesgo de la hagiografía. Cuando su personaje bordea peligrosamente la santidad, dos escenas claves lo bajan a la tierra. Su irrupción en una asamblea de seguidores de su partido, para imponer el peso de su figura y ordenar una nueva votación, es a la vez el riesgo de un líder que se juega su prestigio y que impone su voluntad (por un voto) en contra del sentir de la mayoría. Su encuentro con el capitán del equipo de rugby es una seducción de político barato. A partir de ese momento, las antítesis comienzan a desarticularse, con base en la relación entre Mandela y el capitán del equipo, una dinámica que logra un punto alto cuando visitan la celda del ex prisionero y adoptan el poema Invictus como un mantra que vuelve, fragmentado, en varios momentos del filme.
La secuencia es clave, porque un drama esencialmente público se retrotrae a su germen privado y en la voluntad del prisionero encuentra la fuerza para seguir adelante (Hay gente que aprovecha el tiempo en prisión para leer y formarse, hay otra que no). Porque tanto en política como en el deporte, no hay sustituto para el triunfo, y política y rugby tienen bastante en común.
El film, claro, es una abstracción, porque el libreto respeta profundamente la claridad de la estrategia y se cuida mucho de desbordarla fuera de la reacción inmediata a los resultados deportivos. Pero funciona a la perfección, porque la anécdota no sólo es buena sino que fue cierta y merecía este homenaje.
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