TAL CUAL JUEVES 12 DE DICIEMBRE DE 2002

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Ni Cuba
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Balseros cubanos continúan huyendo de su tierra hacia las costas de lorida
Ataque al Palacio de La Moneda en Chile/Septiembre de 1973

¿Por qué abogamos con tanto empeño por una solución negociada a esta crisis? Porque es la única que permitiría que todos los sectores sociales y políticos involucrados en esta confrontación, tanto gubernamentales como opositores, pudieran tener garantías de que hay vida en el futuro. Uno de los más gruesos y perniciosos errores cometidos por Chávez fue el de generar en ciertos sectores sociales y políticos el temor a su exclusión del cuadro de la sociedad, el temor al exilio interior o exterior, la idea de que con Chávez no hay vida. Ese temor se transformó en un espíritu de combate que la gente del gobierno no esperaba. Varias veces advertimos que en este país el coraje está muy democráticamente distribuido y que la política de acorralamiento no asustaba sino enardecía. Pero ahora, ese robusto, combativo y tenaz movimiento opositor ha hecho nacer en el otro lado el temor de que su victoria implicaría también, por rebote, el exilio interior, la exclusión, la idea de que no hay vida después de Chávez. La confrontación ha adquirido, pues, un carácter existencial. Para unos el futuro tiene la cara de los balseros cubanos. Para otros tiene el rostro de Santiago de Chile 73 o de Yakarta 65. Todos los implicados sienten que les va la vida en este dilema. En muchos casos la vida a secas; la vida en estricto sentido biológico.

Estos miedos mutuos son los que deben ser desmontados y el camino para ello es el de la negociación, que traslade la confrontación a un terreno en el cual sin duda habría también tensiones pero donde la decisión depende de un árbitro inapelable: el propio pueblo expresándose por la vía electoral, en un proceso internacionalmente supervisado. Un proceso electoral da a cada participante un puesto en la estructura institucional de toma de decisiones. La voluntad popular asigna cuotas parlamentarias (y con ellas la influencia en la designación de los poderes derivados del Parlamento), gobernaciones, alcaldías y, finalmente, decide sobre el presidente. Si el proceso es confiable (y habría que hacerlo confiable, sobre todo con participación de la comunidad internacional), su veredicto compromete a toda la nación.

Ahora bien, una negociación, aunque arranca de las posiciones maximalistas de cada lado, es, en definitiva, un dando y dando. Si queremos una sociedad sin exclusiones por razones políticas, la negociación comporta la asimilación de una noción clave: ninguna de las partes puede imponer su voluntad por la fuerza, sobre todo porque no la tiene para ello, pero, en caso de lograrlo, sería precariamente y a un costo brutal, incluso en términos de vidas humanas. Negociar, entonces, implica la disposición a bajarse de las nubes de las aspiraciones máximas y aterrizar en la realidad de lo posible. La cual incluye, por cierto, renunciar también a la tentación de los pases de facturas, de las retaliaciones.

Este es el momento de abandonar el lenguaje del Armagedón y abrir la brecha hacia una salida electoral, que restaure la confianza en que aquí cabemos todos, a pesar de las diferencias que tengamos. Que al voltear la esquina no hay ni balsas ni un baño de sangre.

 
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