TAL CUAL JUEVES 17 DE OCTUBRE DE 2002

POLITICA

Palabra Pública
Crisis del presidencialismo

Mucha gente común se preocupa porque no logra ver un líder para sustituir a Chávez. Pero no sólo es el pueblo llano a quien consume esta angustia. El liderazgo político así también lo considera. La propuesta de la doble vuelta, razonable o no desde el punto de vista de la legitimidad democrática, es sugerida por la oposición como un camino para resolver esta materia que estima vital para asegurar la derrota del primer mandatario. Mientras, el gobierno y sus seguidores, aun en su desgracia por la pérdida de respaldo popular, se ríen de ella por verla como una muestra de debilidad.

La convicción de que la falta de un líder contrario es casi como un seguro que le garantizará su permanencia en el poder, condujo al mismísimo Hugo Chávez, al evaluar la marcha del jueves 10 de octubre, a decir: "uno de los problemas con los que yo me enfrento es que no tengo un líder de oposición, como lo tienen otros presidentes en otros países". Situación que confesó haberla "comentado al ex presidente Jimmy Carter".

Sabiendo la condición de "vivo criollo" que identifica al hijo de Sabaneta, no se dude de que detrás de este comentario se encuentra el objetivo de estimular las disputas existentes en la oposición para ver quién lo reemplaza. Pero más allá de ese viejo truco maquiavélico en él está, al igual que en la mayoría de los venezolanos, la convicción de que los asuntos de gobierno de una nación pasan por la existencia de un determinado líder que "guíe a su pueblo".

Este modo de entender las cosas es producto del viejo esquema mesiánico con el que ha funcionado la política en nuestros países. Una forma de ver y atender los problemas de Estado y de gobierno resumida en el modelo de régimen político presidencialista que se impuso en América Latina desde el nacimiento de nuestras repúblicas.

La evaluación histórica que se haga del régimen presidencialista arrojará que este modelo se encuentra completamente agotado. Una triste historia de caudillismos personalistas, derivada en autoritarismo, concentración de poder, usurpación de funciones y falta de controles, donde se confunden Estado y gobierno, será el resultado. Se podría decir en contra que la nación se formó bajo el régimen presidencialista, tanto en democracia como en dictadura. No obstante, el costo de todos los males fue mayor.

Los ejemplos históricos sobran y no es este el espacio para enumerarlos. Baste mencionar el último de los casos que hemos padecido, el del mentado Chávez Frías. Nunca antes en la vida democrática, por no ir más atrás, un presidente de la República acaso haya tenido más legitimidad y poder en sus manos que el pendenciero que nos gobierna y sin embargo ya sabemos todo la desgracia que nos ha traído.

Es conveniente llamar la atención sobre la urgencia de abrir un debate para buscarle solución al problema, que no se reduce a salir de Chávez ni de quién lo suceda en el gobierno. El caso no es sólo quién nos gobierna sino cómo la sociedad controla al que lo hace y los mecanismos para echarlo sin pasar por los traumas que estamos viviendo.

Haber desaprovechado el momento de la Constituyente para construir un camino, no significa que aún no estemos a tiempo. La crisis política e institucional, que es en gran medida la crisis del presidencialismo, permite todavía grandes posibilidades de solución.

Asumir el reto supone levantar una propuesta contraria, la del parlamentarismo, que permita suplantar el liderazgo individual por el liderazgo colectivo.

 
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