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Opinión | 08/03/2014 | 14 Comentarios
Sobre las guarimbas
La tesis del suicidio colectivo nunca ha sido muy popular. Al gobierno no le importa demasiado que el este queme sus urbanizaciones. Sobre todo si están aisladas del oeste. Si tenemos a la mano los argumentos, el paso siguiente consiste en hacérselos saber al país. En los sectores populares hay mucha molestia, también mucho chantaje y mucho miedo
ALONSO MOLEIRO
Barricadas
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Cada vez que a alguna persona se le ocurre quejarse en voz alta en torno a los múltiples inconvenientes que genera la construcción de barricadas y guarimbas, la respuesta es la misma: "¿y tú qué propones?". Un mantra que se ha convertido en la réplica contemporánea del cuento del gallo pelón.

Quienes se sienten ofendidos ante el cuestionamiento parece que creyeran que la propuesta alternativa a la quema de cauchos consiste exclusivamente en realizar cadenas de oración. No se han sentado a reflexionar en torno al punto medular de lo que se discute: que por muy útil que sean para desahogar la furia, estamos en presencia de un mecanismo que, finalmente, sólo perjudica a personas inocentes, vecinos niños y ancianos, que aísla a las urbanizaciones y le envía agua al molino del gobierno cuando toca levantar matrices para mentirle a los demás.

Pero, sobre todo, que la repetición cotidiana y mecánica de un mecanismo de protesta que no deja de tener unos límites muy específicos está haciendo posible que se nos escape de las manos lo fundamental: es necesario fomentar un diagnóstico muy concreto de la crisis económica que vivimos, y terminar de concretar la atadura entre las causas de la escasez y la ruina nación y el juicio de las mayorías nacionales. Aquí hay cosas muy graves que no se han dicho.

Se me estará preguntando algún lector, por enésima vez, qué es entonces lo que se propone. Hay muchísimas opciones disponibles para dotar a esta protesta de contenido, acelerar la dinámica civil y obtener la simpatía de los indiferentes que le faltan a la causa de la restauración de la Constitución. Sin dejar de reconocer la importancia de la salida a la calle como botón de arranque del nuevo momento político vigente en Venezuela desde el 12 de febrero para acá.

Lo primero es comprender a la perfección qué es lo que está sucediendo. Para ello es necesario que la cotidiana secuencia de protestas sectoriales que vive el país estén atadas al cordón de una comprensión global. Venezuela ha quebrado en tiempos de vacas gordas, con el petróleo a 100 dólares el barril, por primera vez en su historia, y ese argumento hay que hacerlo de conocimiento público.

Atrapar los argumentos en un papel, volantearlos en espacios públicos, conversar con la ciudadanía en el metro, forjar un diagnóstico compartido sobre lo que nos sucede. Caminar al oeste. Salir del ghetto. Establecer alianzas interparroquiales: Caricuao con El Cafetal. Compartir experiencias. Abrir puertas. No cerrarlas. Sin abandonar jamás la calle.

Hay muchos venezolanos que están inconformes y llevan una vida precaria, pero no quieren arrastrar a sus familias en una vorágine violenta de carácter banal.

La tesis del suicidio colectivo nunca ha sido muy popular. Al gobierno no le importa demasiado que el este queme sus urbanizaciones. Sobre todo si están aisladas del oeste.

No estoy negando que tenemos todas las razones del mundo para estar molestos. Parte de la tarea pendiente consiste en desenmascarar al equipo de gobierno actual: un puñado de sujetos que tiene sometida a la sociedad a un chantaje de carácter demente mientras llevan adelante una vida holgada y llena de privilegios.

Si tenemos a la mano todos los argumentos del mundo, el paso siguiente consiste en hacérselos saber al país. En los sectores populares hay mucha molestia, también mucho chantaje y mucho miedo. Esto no es 2002.

No venga, por favor, ningún radical perfumado a andarnos vendiendo la experiencia ucraniana con carácter de remedio casero. Las conmociones sociales y sus crisis no son ungüento para cadillos.

Los ucranianos jamás en sus vidas conocieron la democracia antes de obtener su independencia en 1991; se trata de dos realidades con algunos paralelísmos y muchísimas diferencias. Una de ellas es casi determinante: el entorno geopolítico de las dos naciones.

En estos días se ha hablado mucho de la necesidad de que el liderazgo de la oposición tome las riendas de este proceso y lo conduzca con la necesaria sindéresis.

Pienso que las protestas en las calles no tienen el mandato de ser hermosas, porque nadie les ha pedido compromiso alguno con la estética. Me indigna la represión, me ofende la impostura y la deshonestidad estructural que anima el proceder del chavismo, pero pienso que no hay que asustarse tan rápido: cuando hay crisis como éstas, en todos lados se protesta así. Hemos navegado canales más complejos y siempre se ha impuesto la cultura de la paz.

Coincido: el liderazgo político de la oposición tiene que hacerse presente para encontrarse con la ciudadanía. Estamos enteramente a tiempo. Estoy seguro de que lo harán, y muy pronto. Los venezolanos disponen de recursos constitucionales pensados para estos casos y tienen perfecto derecho a hacer uso de ellos. Dentro de poco en Venezuela puede terminar de configurarse una nueva voluntad y es necesario dotar a este movimiento de contenido.

Ni las Fuerzas Armadas son chavistas; ni la propiedad privada es un préstamo con condiciones; ni estamos obligados a hacer dos horas de cola para comprar leche. Por que por muy molestos que estemos, casi todos tenemos familiares en la otra acera. Y porque, finalmente, el problema de Venezuela no es militar: es un problema político.

 
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