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Opinión | 14/09/2013 | 1 Comentarios
Allende en 10 claves
Allende fue siempre institucionalista. Pero la Unidad Popular que lo llevó a la Presidencia llegó a tener un signo "maximalista" "ultrista", agravado por las medidas económicas que, en medio de frenéticas fantasías, comenzó a tomar el gobierno. Fue el recetario que no ha funcionado en parte alguna: las comunas, la auto y cogestión en empresas privadas bien administradas, los consejos obreros, las expropiaciones "ideológicas", las invasiones de fincas en producción
AMÉRICO MARTÍN
Allende
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1. Un notable socialista y un no menos notable comunista eran, en el fidelismo, dos extraños disidentes. Nadie más castrista que ellos. Y no obstante, tampoco hubo mejores defensores de la vía electoral aunque con la salvedad de que la postulaban solo para sus respectivos países.

Alegaban ciertas características culturales y sólida institucionalidad democrática, inexistentes en la mayoría de los países latinoamericanos. Hablo de Salvador Allende, emblema y hábil conductor del socialismo chileno, y Rodney Arismendi, líder principal del partido comunista uruguayo.

Arismendi se las ingeniaba para ser el más solidario con la revolución cubana y el más fiel al partido comunista soviético. Allende defendía la excepcionalidad de su país con una firmeza admirable. Nadie le creía, pero al final todos lo aplaudieron.

2. Fidel había introducido una tajante división en la izquierda latinoamericana, alrededor de un tema cardinal: ¿era posible el triunfo del socialismo en el traspatio de EEUU?

Conforme al reparto de influencias aprobado por los cuatro grandes en Yalta y Potsdam, las potencias occidentales podrían condenar retóricamente (sin reaccionar en los hechos) las intervenciones soviéticas en Europa del este, y la URSS se lavaría las manos cuando se estremeciera el campo occidental y específicamente el latinoamericano.

Contra ese duro engranaje, Fidel exhibió su propio ejemplo. Decidió impulsarlo con toda su fuerza por el vasto territorio tercermundista. En la Segunda Declaración de La Habana, celebrada en febrero de 1962, teniendo al frente centenares de miles de almas, el caudillo trazó la línea de bronce: la vía pacífico-electoral quedaba descartada ad infinitum.

Trabajar en los espacios parlamentarios sería una vergüenza. No había camino distinto al de la lucha armada. El discurso de Fidel fue impresionante, pero Allende, si bien aplaudió, siguió en sus trece. En Chile, a votar.

3. Allende fue siempre institucionalista. Desde su cartera ministerial en 1938, bajo el gobierno del radical Pedro Aguirre Cerda, su actividad pública transcurrió por canales constitucionales. Fue candidato presidencial en cuatro ocasiones y casi perpetuo senador hasta su victoria presidencial.

Militaba en la socialdemocracia. Su partido chocó muchas veces con el comunista. Mantenía buenas relaciones con los líderes de la democracia cristiana. No era conflictivo ni amigo de la guerra.

Era pues un hombre confiable. No se descartaba que algún día accediera a la presidencia. Pocos dudaban que lo haría conforme a la Constitución y en el marco del pluralismo.

4. Pero el hombre propone y, no Dios, el diablo dispone. Su victoria sobre el conservador Jorge Alessandri fue muy estrecha. Le sacó apenas 1,03%. La Democracia Cristiana, tercero en discordia con una fuerza muy respetable, le dio la victoria en lugar de respaldar a Alessandri.

A Frei y Radomiro Tomic debió su acceso al Palacio de La Moneda. De preservar esa obvia relación probablemente su mandato hubiera transcurrido en forma estable. Porque dado el equilibrio electoral emanado de las urnas no era dable desplegar un plan maximalista, de división y exclusión.

Pudo desarrollar el programa adecuado, el allendista: de izquierda progresista y democrática. Pero el diablo dispuso otra cosa. Allende no era Fidel. No era Chávez.

No era Perón. No lo sostenía el culto a la persona. Su base de apoyo, libre y desatada, presionó un curso fundamentalista, ilusorio, excluyente. La Unidad Popular era un frente de izquierda cada vez más volcado hacia ensoñaciones fidelistas.

El eje de la coalición, el Partido Socialista dirigido por Altamirano fue determinante de tan equívoco viraje. Un socialista pensante, Aniceto Rodríguez, fue desalojado de la secretaria general, cargo que cayó en manos de Altamirano, para desgracia de Allende, de Chile, del mundo.

5. Aguirre Cerda había conquistado la presidencia mediante un Frente, como luego Allende. Pero era un frente amplio, con participación de socialdemócratas y conservadores. Fue el único Frente Popular en Latinoamérica, conforme al modelo antinazi-fascista de la Internacional dirigida por el comunista búlgaro Jorge Dimitrov.

Por eso no colapsó. Pero la Unidad Popular de Allende llegó a tener un signo "maximalista" "ultrista", agravado por las medidas económicas que, en medio de frenéticas fantasías, comenzó a tomar el gobierno.

Fue el recetario que no ha funcionado en parte alguna: las comunas, la auto y cogestión en empresas privadas bien administradas, los consejos obreros, las expropiaciones "ideológicas", las invasiones de fincas en producción. Preocupado, Allende trató de poner límites: "llevaré a Chile al umbral socialista, pero no al socialismo". Utopía jamás encarnada en la historia. Aun así, sus palabras se perdieron en el aire.

6. El resultado fue el esperado: inflación, desabastecimiento, recesión, crisis de los servicios, protestas masivas. El fundamentalismo interpretó estos "desajustes" como propios de la construcción revolucionaria. Y con la misma acentuó el proceso. Convencido de que los problemas no adolecían de exceso sino de falta de socialismo, siguió adelante.

7. Descontento militar, exacerbación social, orden público desbordado. Se militarizó el orden, satánico designio. Allende fue atenazado por los extremistas de ambas aceras.

8. A última hora, con el apoyo del Partido Comunista –­el más moderado de la coalición oficial- quiso desmontar consejos obreros, devolver empresas estatizadas y rehacer relaciones con el centro, pero ya era tarde.

9. Fidel fue el más ciego de los ciegos. Creyendo en la supuesta irreversibilidad del socialismo se "mudó" a Chile.  ¡Un mes desplegando una intensa actividad que enfureció a los chilenos! La locura culminó con el zarpazo de Pinochet, una montaña de muertos y un brutal régimen totalitario.

10. Bajo el fuego incesante, Allende cumplió una solemne promesa: solo saldría del Palacio con los pies por delante. Así fue. Murió como un valiente.

 
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