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Otra mirada | 03/07/2013
Conversamos o erramos
Allí donde la sociedad se divide entre los buenos y los malos hay pocas posibilidades para la convivencia democrática. Parte de nuestra realización individual tiene que ver con el reconocimiento de nuestra individualidad. La intolerancia, el miedo y el resentimiento forman parte del rompecabezas totalitario
MIGUEL ÁNGEL LATOUCHE
UCV
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Señala Hannah Arendt que el acto de visitar a un recién nacido implica mucho más que una simple convención social.

Se trata de un ejercicio colectivo por medio del cual se produce el reconocimiento del otro. De ese que ha venido a incorporarse al mundo de los vivos y que empieza, desde ese momento, un proceso de asociación que lo lleva a formar parte activa del ámbito colectivo dentro del cual le tocó en suerte nacer.

Entendemos que este sujeto tiene unas capacidades potenciales que empieza a desarrollar en el seno de su familia, y que luego a través de un proceso de socialización que se produce en la escuela y en la interacción pública con los demás, desarrolla unas capacidades que le validan en tanto que miembro pleno de esa sociedad.

En el transcurso del tiempo que lo lleva de la niñez a la vida adulta, este sujeto adquiere el lenguaje común que le permite comunicarse, reconoce símbolos abstractos que le permiten conversar e intercambiar información, adquiere la capacidad para generar derechos a los demás y para suscribir acuerdos, contratos, que son exigibles y que le comprometen con otros miembros del ámbito político.

El sujeto pasa de la absoluta dependencia, de una condición que hace que su vida sea posible bajo el abrigo y protección de los adultos a un proceso de crecimiento personal que lo lleva a independizarse hasta que es capaz de hacerse cargo de sí mismo, que le permite asumir la responsabilidad por sus acciones, que le lleva a definir sus convicciones y valores, que le permite reconocerse dentro y como miembro de un ámbito colectivo determinado.

Una parte importante de nuestra realización individual tiene que ver con la adquisición de bienes materiales que permiten que nuestra vida pueda desarrollarse sin privaciones, que podamos adquirir alimentos y vestidos, que podamos desarrollar nuestras aspiraciones. Otra parte tiene que ver con nuestro reconocimiento en tanto que sujetos capaces de expresar por medio del discurso nuestras necesidades y nuestras aspiraciones.

Se trata de la posibilidad de ser escuchados por los demás y de ser valorados en tanto que un miembro útil de la comunidad política. Se trata de que nuestras necesidades sean reconocidas y de que nuestra voz sea escuchada por los demás sin que esto produzca resentimiento.

La filosofa, que vivió el tiempo aciago que la correspondió vivir, aspiraba que en nuestras modernas sociedades de masa la convivencia estuviese fundamentada en una lógica de respeto mutuo, en la cual las diferencias puedan resolverse a través de la conversación pública y no mediante la confrontación física o la destrucción del contrario.

Es interesante en este contexto recordar aquella escena de La Lista de Schindler en la cual un joven capitán de la SS se enamora de una mucama judía. El capitán sufre un drama moral, se ha enamorado de la mucama, se pregunta cómo aquella aberración fue posible, cree que la mujer lo ha embrujado, que se trata de una relación monstruosa, cree que la única solución es asesinar a la muchacha.

Más allá del desenlace, vea usted la película, vale la pena destacar el drama que lleva al Capitán a considerar a otro ser humano como un sujeto inferior, diferente. Los enemigos desarrollan la capacidad de asesinarse sin dilemas morales cuando consideran que el otro es distinto, que es inferior.

Allí donde la sociedad se divide entre unos y otros, entre los buenos y los malos, entre los elegidos y los excluidos hay pocas posibilidades para la convivencia democrática. Más allá de los discursos, allí donde no se reconoce el derecho de los demás a pensar diferente, a creer en sus razones y defenderlas, a ver las cosas desde diferentes perspectivas, a cuestionar, a discutir. Allí donde no se acepta la diferencia hay pocas oportunidades para la paz.

Se trata de un dilema que se juega en el contexto de la destrucción del otro, o en la institución del silencio y del miedo como una forma de control social. Se trata de acallar las críticas, de imponer una valoración limitada sobre los asuntos públicos, se trata de establecer unos contenidos aceptables en el contexto de la verdad develada por un líder máximo, por un Comandante Supremo, por Ayatolas radicales.

La intolerancia, el miedo, el resentimiento, la exclusión del otro, su descalificación, la agresión física en contra de quienes piensan diferente forman parte del rompecabezas totalitario.

Nada hay de excepcional en conversar, negociar y llegar a acuerdos con quienes piensan igual que nosotros. La dificultad está en sentarse con quienes piensan diferente y hacerlo desde el respeto mutuo, desde la posibilidad de construir desde la diferencia.

Vivimos tiempos complicados, con una sociedad escindida, en la cual es difícil encontrarnos y sentarnos a conversar con el otro. Nuestra responsabilidad es la de evitar la tentación de vernos en la diferencia y encontrarnos en la coincidencia y de hacerlo antes de que nos lleve caprán.

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