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Desde el principio | 30/06/2013
El centauro
Hablamos con amplitud sobre el proceso castrista. Convinimos en tomar con seriedad la Reforma hecha aprobar por Raúl Castro en el VI Congreso del partido comunista de Cuba y a reflexionar sobre los colosales obstáculos interpuestos en su camino
AMÉRICO MARTÍN
Los Castro
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1 Mi último libro, Huracán sobre el Caribe.

De Fidel a Raúl, fue editado por la Universidad Católica Andrés Bello en este mes de junio. Recibió tres regalos esplendorosos, no los puedo calificar de otro modo.

El primero fue su presentación el 21 de junio en el diario El Nacional por el historiador académico Elías Pino Iturrieta después de una afectuosa introducción de Miguel Henrique Otero. El segundo ocurrió cinco días después.

En el Auditorio de la Biblioteca de la UCAB el gran Luis Ugalde lo presentó de nuevo con la asistencia de las más altas autoridades de la Institución, encabezadas por el rector, el padre José Virtuoso.

Pino en El Nacional y Ugalde en la UCAB leyeron y estudiaron con probidad mi escrito para hacer estupendas disertaciones que espero rescatar y preservar.

Y el tercero -¡ah el tercero!- el profesor Antonio Cova escribió el prólogo muy poco antes de su lamentable deceso. Nos dejó a todos, a su familia, a sus amigos y admiradores, a la UCAB, a sus alumnos y a mí, con la sensación de un hondo e irremediable vacío.

Ese doble bautizo estaba previsto, por cierto, con la segura participación de Antonio. Pero su ausencia indujo al Consejo Universitario presidido por el rector Virtuoso a aprovechar el acto para convertirlo en un homenaje a la memoria del excelente intelectual que había perdido nuestro abrumado país.

El programa comenzó con una misa sobria y de misterioso misticismo adornada por bello cantos litúrgicos a cargo de un coro estudiantil.

2 Digo, de paso, con absoluta sinceridad, que si me hubiera correspondido a mí mismo hacer el prólogo, probablemente no lo hubiese hecho mejor.

Antonio puso en él toda su fuerza, su vocación pedagógica. Procedió de esa manera porque, como me dio a saber, la obra lo había atraído mucho e inducido a comentarla ­según élcomo se merecía La relación entre nosotros por causa de este Huracán fue sorprendente, inesperada.

Hablamos con amplitud sobre el proceso castrista. Convinimos en tomar con seriedad la Reforma hecha aprobar por Raúl Castro en el VI Congreso del partido comunista de Cuba y a reflexionar sobre los colosales obstáculos interpuestos en su camino. Antonio era un intelectual activo, capaz de entusiasmarse como un joven colocado frente a un Himalaya por escalar.

Esa gozosa alegría, ese ­digamos- vigor en la acción eran piezas nodales de su temperamento. Responsabilidades como la de corregir exámenes las acometía ­para fortuna de sus alumnos- con una hermosa devoción.

Su relación familiar era plena, sus discípulos, sus colegas lo oían con profunda atención. Sin proponérselo, sin buscar honores ni posiciones de poder era un líder natural.

Antes de salir editado, Antonio habló largamente del libro en el programa radial de Diego Bautista Urbaneja. Me conmovió su entusiasmo. Me resultó inapreciable ver a dos personajes tan aptos, tan buenos amigos, hablando de algo que yo había escrito.

3 Don Américo Castro, en su obra España en la Historia, se propuso hablar de la peculiar forma de ser de sus compatriotas, con el fin de resaltar un rasgo que consideró típico de la cultura, del modo de ser hispánico. En ninguna parte como en la Península Ibérica los habitantes se dan tan integralmente a su obra, a lo que producen.

Comprometen cuerpo y alma. Y eso va ­extendamos el concepto de Américo Castro- desde la pasión del blasfemo conviviendo con la devoción religiosa del creyente; desde las dos Españas enfrentadas secularmente a muerte, hasta las jaranas y el fanatismo por el Real Madrid o el Barcelona.

Pero se percibe algo interesante: ese temperamento analizado por el gran y muy polémico escritor, se extiende -en cuanto sea válido- a Hispanoamérica con sus pasiones revueltas tan parecidas a las peninsulares.

En las muchas polémicas que debió afrontar en defensa de sus teorías y en cierto modo para confirmarlas, otros escritores, entre los cuales vale destacar a Claudio Sánchez Albornoz enfrentaron enérgicamente a Castro, curiosamente a la manera pasional ya advertida por él.

Poco después, don Américo prefirió decir "centáurico" en lugar de "integral", por razones que ahora mismo explico a mis lectores quienes seguramente las captarán sin mucho esfuerzo.

Darse de lleno a la obra significa no dejar nada por fuera. El corazón y la cabeza, el alma y el cuerpo, la fría razón y la caliente emoción. Centauro es animal y simultáneamente hombre.

¿Se sabe de un ser capaz de combinar en sí mismo esas dos excluyentes naturalezas? Lo hay, cuando menos en la Fábula. La mitología helénica nos dice del centauro, una unidad de contrarios.

Mitad uno, mitad el otro, pero obviamente ninguna de esas dos partes puede ser dejada en casa mientras la otra procede. Están juntas. Separarlas es matarlas.

Hay centauros en la política, en la cultura, en el deporte, en el amor. Conviven amablemente con quienes afrontan sus compromisos con excesiva y humana racionalidad, pero son distintos.

En algunos personajes he entrevisto al centauro. En las aventuras recorridas me he rodeado con no pocos de ellos. La fuerza de su presencia, la mística que trasuntan.

No digo que un centauro sea necesariamente el más creativo. Leonardo da Vinci no lo era, Miguel Angel sí. Picasso sí, Jorge Luis Borges no; y unos y otros fueron monstruos de la cultura y el arte.

Antonio Cova, centauro por excelencia, removía aguas estancadas, proyectaba optimismo bien fundado. En la agobiada Venezuela de nuestros días Antonio, con su linterna encendida, era un hombre imprescindible.

Desgraciadamente ya no está con nosotros.

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