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Opinión | 29/06/2013 | 13 Comentarios
El día de la justicia
Este cronista solo puede concluir que darle el Premio Nacional de Periodismo a Hugo Chávez es equivalente a otorgar a Stalin o a Hitler un premio por la preservación de los derechos humanos Q
LUIS CHUMACEIRO
Premio Periodismo
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La misma semana del Señor, la que comienza y termina los sábados, coincidieron las celebraciones de abogados, periodistas, la de aquellos para los que el teatro es la vida y los miembros del ejército. Cada gremio, en las tablas y las mafias, celebraron a su manera.

En esta crónica dominica me siento obligado a realizar un reconocimiento muy especial a los más destacados en cada una de estas nobles tareas y que encuentran desafíos singulares en el mundo perverso del hoy. Por un mínimo de gentileza dejaré a mi gremio de último.

Como para que no se diga que el guión dejó de ser perverso, el Estado premió a un muerto con el Premio Nacional de Periodismo. Que no se diga que este hecho no tiene valor simbólico ni que refleja la realidad de los medios en Venezuela.

Y no pudo ser mejor el animador del show, Maduro, el usurpador, atajando cualquier disidencia proclamó: "Decir que no se lo merece (el muerto; o sea, Hugo Rafael), es una de las cosas más viles, más bajas, más mezquinas que nosotros hayamos visto".

Comentario muy justificado en un tartufo de vista corta. Pero aunque él lo mantenga así, este cronista de ustedes solo puede concluir que darle el Premio Nacional de Periodismo a Chávez es equivalente a otorgar a Stalin o a Hitler un premio por la preservación de los derechos humanos.

Quizás por razones de tiempo y espacio, Maduranda no pudo profundizar en su elogio, tampoco describir los grandes méritos del difunto. Por tal razón no es abundante señalar que entre los méritos del galardonado está el cierre de RCTV, numerosas emisoras de radio, periódicos y medios alternativos de manera que los profesionales de la comunicación se encuentran en el callejón que los lleva directamente a trabajar en los medios del régimen. Y quizás uno de sus créditos es haber comprobado la fortaleza moral de tanto periodista que no se ha dejado comprar.

Lo extraño de todo esto es la reacción de algunos que no fueron homenajeados y que, por sus hechos y la circunstancias, también serían merecedores de ciertos dones. Por ejemplo, ¿quién entiende el comentario de Vanessa Davies, directora del diario estatal Correo del Orinoco?: "El premio de periodismo está en manos de profesionales humildes, de alta moral".

Salvo que se esté refiriendo al ministro de Información, su jefe, lo dicho no tiene sentido ya que los mejores periodistas del mundo serán cualquier cosa menos humildes; y cuídense ustedes de aquellos que, como esta noble dama, utilizan la moral en sus argumentaciones políticas.

Más claro y contundente fue Ernesto Villegas: "Cuando entré al Ministerio de Información me pasé un suiche de función de reportero"; e inmediatamente, justificando las escuchas ilegales añadió: "El modo de la grabación de María Corina Machado es la forma, pero lo sustancial es lo que se dice".

Reflejo fiel del estado actual de las cosas, perfeccionado por las recientes ventas de Globovisión y la Cadena Capriles; y las que vienen, como la de El Nacional, un medio que por obra de no se sabe cuál sortilegio fue puesto en bandeja de plata a los mejores postores, gracias a un inexplicable pleito judicial.

Pero pasemos al mundo del teatro. Aquí también la marea roja ha hecho de las suyas promoviendo indirectamente la creatividad y la promoción de obras de gran relevancia al cerrar a los actores la posibilidad de trabajar en los medios audiovisuales.

Lo que me parece inaceptable es que el usurpador y sus secuaces, gente de una calidad histriónica como Jorge Rodríguez, Jauita y el mismo Maduranda, quien desgobierna en vivo y directo desde la televisión, pretendan también desalojar a los mejores actores con sus performance. Yo siempre preferiré a gente como Javier Vidal a pesar de competencia tan desleal desde el alto poder.

De los militares mejor hablar poco porque merecen conmiseración. Oír a los ministros de Defensa de Venezuela, en sus cruentos intentos por demostrar cuál es el más apegado al pensamiento cuaternario, no tiene precio.

Me limito a proponer la instauración del día del traidor a la patria, cada 24 de junio, como manifestación de la profunda convicción de los venezolanos sobre el rol de un estamento que ha permitido la invasión de una potencia extranjera, la desintegración de un país, el saqueo de sus riquezas y la violación del principio de soberanía popular.

Y como no tengo más espacio, mejor hablo de los abogados el día que exista Justicia en Venezuela.

 
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