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Con la mano en el pecho | 17/06/2013 | 1 Comentarios
Revolución cultural
La llamada revolución bolivariana causó el desquiciamiento general del país, y en particular de su institucionalidad y el aparato productivo; un extravagante culto a la personalidad del Caudillo, y lo que quizás ha sido su peor legado: la división y polarización de la sociedad venezolana
ARNOLDO JOSÉ GABALDÓN
Docente
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Nada pudo perturbar tanto a la República Popular China, como la llamada Revolución Cultural. Mao Zedong concibió la Revolución Cultural en 1966, como subterfugio para desencadenar una purga feroz de sus enemigos políticos internos. Este proceso causó profundos traumas sociales y tuvo consecuencias nefastas desde diferentes perspectivas.

Además de la carga de sufrimiento humano que acarreó la muerte de centenas de miles de personas, significó una agresión terrible para todo lo que formase parte del país pensante: las capas intelectuales y los dirigentes políticos.

La Revolución Cultural se caracterizó por el marcado empeño en desconocer la historia, para falsificarla y negar el milenario y rico legado cultural de esa nación. Se dio rienda suelta al culto a la personalidad de Mao, una de cuyas manifestaciones fue el famoso Libro Rojo, catecismo del cambio cultural que se buscaba.

Causó el descalabro del sistema educativo, pero especialmente de la educación universitaria, dentro de la cual el proceso se cebó contra las autoridades académicas y los profesores. Pretendiendo la liberalización de estos estudios, se abolieron los exámenes de admisión y los programas fueron redefinidos para que prevaleciera la enseñanza de valores ideológicos sobre aquellos contenidos puramente culturales y científicos, considerados burgueses.

Todo esto tuvo como repercusión directa la paralización o rezagamiento de las actividades científicas y tecnológicas vitales para el desarrollo del país. En síntesis, ocasionó un formidable atraso en la evolución de la sociedad china.

A la muerte de Mao en 1976 y después del corto interinato de su heredero político Hua Goufeng, terminó en la práctica la Revolución Cultural, pues oficialmente había concluido en 1969. Al asumir Deng Xiaoping, corrigió radicalmente el curso de los acontecimientos.

Empezó por encarcelar a la Banda de los Cuatro, que motorizaba el proceso, liderada por Jiang Qing, la propia viuda del Caudillo y protagonistas colectivos de todos los crímenes y arbitrariedades que marcaron el periodo.

Cuando miramos retrospectivamente los últimos 15 años de la historia de Venezuela, guardando las debidas proporciones, se identifican algunas similitudes con la Revolución Cultural China.

La llamada revolución bolivariana causó el desquiciamiento general del país, y en particular de su institucionalidad y el aparato productivo; un extravagante culto a la personalidad del Caudillo, y lo que quizás ha sido su peor legado: la división y polarización de la sociedad venezolana.

Otra característica ha sido el persistente intento de falsear la historia y de lavar el cerebro de los venezolanos, negando todo logro anterior, para fabricar una épica imaginaria, con prevalencia del militarismo.

La destrucción institucional ha sido atroz. Se han eliminado decenas de instituciones o se le han cambiado sus nombres, sin que se haya creado una sola organización marcada verdaderamente por el éxito de su gestión. El embrollamiento de la Administración Pública la ha convertido en un ente mayormente ineficiente e incapaz de prestar los servicios más elementales que demanda la población. Esa es una de las causas del extendido malestar que aqueja a la ciudadanía en la actualidad.

La revolución bolivariana ha sido especialmente perversa con las universidades públicas autónomas, a las cuales se les ha sometido a un racionamiento presupuestario para aniquilarlas. La pérdida de su capital humano ha sido cuantiosa e irreparable. El daño a futuro que se le ha hecho al país de esta manera no puede todavía cuantificarse. Sin embargo, ya existen datos estadísticos que permiten valuar en general el atraso del aparato de ciencia y tecnología.

Al concluir la Revolución Cultural China, Deng Xiaoping inicio un período de profundos cambios económicos y de reformas modernizadoras. El modelo de socialismo de mercado planificado, que puso en práctica, catapultó el progreso de esa nación hasta convertirla en la potencia de primer orden que es en la actualidad.

Tenemos que ver el futuro con optimismo. Estamos cerca de la finalización de una experiencia que ha sido traumatizante para Venezuela. Lo importante ahora es prepararnos para aprovechar la oportunidad y fijar como objetivo nacional el inicio de un verdadero renacimiento cultural, económico y político. Retomar la senda de la democracia plena, para acometer un salto hacia el progreso en su sentido más amplio. Para eso estamos construyendo un camino que tendrá que considerar obligatoriamente profundas reformas en muchos sentidos.

 
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