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Cronicario | 29/05/2013
HÉROE POR UN DÍA
Los héroes no se caracterizan por sus virtudes sino por la inperfección de sus vidas y de las acciones que acometen. A esto, una cosa es que surja un héroe y otra, bastante lastimosa, tener necesidad de él y esforzarse en inventar épicas sin méritos
LEONARDO AZPARREN GIMÉNEZ
Bolívar
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Los griegos, inventores de todo lo importante de nuestra cultura y, de paso, del resto del mundo, también inventaron a los héroes, personajes que, incluso en Homero, no se caracterizan por sus virtudes impolutas, sino por la imperfección de sus vidas y de las acciones que acometen.

Aquiles, el máximo héroe frente a Troya, tuvo su talón, fragilidad nimia impropia de un héroe, y se peleó con Agamenón por una mujer, habiendo tantas.

Y los héroes trágicos, incluyendo los shakesperianos y románticos decimonónicos, están llenos de debilidades y fragilidades que los reducen miserablemente. La grandiosidad de Edipo tenía pies de barro: no se conocía; y Otelo sucumbió ante un celo tonto por un pañuelo, mientras las pasiones desbocadas hicieron de las suyas a más de un romántico.

La grandeza de este tipo de héroe depende de la habilidad de su creador, si involucra a la naturaleza para darle cierta totalidad cósmica a asuntos privados menores. Un héroe es igual a carencia de sensatez.

Los griegos, sin embargo, en medio del delirio imaginativo con el que han copado por milenios nuestra imaginación, tuvieron una sabia dosis de prudencia, o sabiduría práctica. La principal, tener héroes de verdad y ciudades heroicas sin palacios. En la Atenas clásica no hubo palacios, a pesar de tener un siglo apellidado por uno de sus hijos, Pericles, constructor de lo que aún hoy llamamos democracia.

Héroe de verdad, como casi ningún otro.

Antes de él, Temístocles, artífice del triunfo griego contra los persas, fue otro héroe de verdad y sin palacio. Y si ambos tuvieron algún indicio de vanagloria y arrogancia, los griegos supieron ponerlos en su lugar, héroes reales como eran.

Una cosa es que surja un héroe y otra, bastante lastimosa, tener necesidad de él y esforzarse en inventar épicas sin méritos. Después de todo, Temístocles y Pericles son representantes del titánico esfuerzo colectivo del pueblo griego en defensa de su democracia. Entonces, el calificativo de héroe es adjudicable, en primer lugar, a todos los griegos por vencer al totalitarismo y verticalismo de Jerjes y sus militares persas.

Cosa peor y frecuente es inventar héroes para maquillar la acción rudimentaria de alguien que, así, busca exhibir una pátina que no se ha ganado. Héroes ajenos por carecer de propios, como es llenarse de imágenes de héroes recordados por sus sucesivas derrotas, en África o en las selvas suramericanas, o liderando el terrorismo y el comercio de las drogas.

 Hablamos de quienes se empeñan en inventar heroísmos solo con base en una bonanza monetaria transitoria, como la nuestra, aposentados en un disfrute del poder y la riqueza sin gloria ni valentía, empeñados en adornar y deificar la historia propia basada en la distorsión de la nacional.

Bertolt Brecht, sabio en muchas cosas, escribió una obra sobre uno de los más delicados heroísmos, decir y mantener la verdad contra todo riesgo. En Galileo Galilei, después que Galileo revoca su teoría del movimiento de la tierra, su alumno se queja amargamente por la claudicación y cobardía de su héroe: "¡Desgraciada la tierra que no tiene héroes!", dice, para provocar la famosa respuesta del héroe brechtiano: "Desgraciada la tierra que necesita héroes".

Cuando no hay una acción colectiva con la cual construir un proyecto nacional, cuando esa acción colectiva ha sido frustrada, cuando parece no haber un norte, cuando solo las ambiciones personales son el motor del acontecer nacional, cuando la impotencia hace frente al autoritarismo, el héroe es un bálsamo y una satisfacción egoísta, casi psicoterapéutica.

Desgraciada esa nación que tiene necesidad de héroes individuales.

Estamos en una situación similar. El régimen carece de épica e hipoteca su gestión a la épica fracasada de aventureros, mientras manipula vergonzosamente los más primitivos sentimientos de solidaridad de sus fieles. Hasta ahora, la acción colectiva del país es una frustración tras otra, razón por la cual cualquier flor de un día es exaltada sin consideración ni prudencia.

Merece un estudio la pasión por los héroes deportivos, una de las actividades menos creativas para construir un proyecto de país, cultural y científicamente hablando; héroes cuyas proezas no forman parte del trajín colectivo.

En situaciones como la nuestra, los héroes son necesarios para disimular la medianía. Un país mediano que no discierne necesita héroes para creerse grande, sin percatarse de que la medianía no es una carencia moral de la que haya que avergonzarse.
 
Grecia fue mediana ante Roma, pero ésta tuvo que amamantarse de las creaciones griegas. El héroe por un día es un espasmo que desaparece y es olvidado rápidamente. El país apostó todo a Cañonero, pero no llegó en la carrera definitiva. Siempre faltará el jonrón definitivo y sobrevivirá la nostalgia.

Es necesario un gran esfuerzo nacional para dejar a un lado la idolatría de los héroes individuales, mixtificación de más de una incompetencia colectiva. Saber emprender una empresa de todos y sostenerla en el tiempo sin pausa es el acto heroico que le da sustancia a la historia. Parece que estamos próximos a hacerlo, aunque son muchas las dudas sobre si lo sostendremos en el tiempo. Medianamente, modestamente, prudentemente.

Un héroe por un día, como tantos hemos celebrado, es un paso hacia la frustración nacional. Propongo desechar los actos heroicos individuales, mirarnos en el espejo y preguntar qué pedazo del país estamos construyendo sin que una ráfaga de viento se lo lleve.

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