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Con la mano en el pecho | 21/03/2013
Ausencia de estadistas
Reunificación posterior a la transición actual luego de la muerte del presidente requerirá de las mejores cabezas. En el gobierno no hemos visto algún abnegado por el bien común, por encima de intereses partidistas o personales. Bismark dijo que eran aquellos que piensan en próximas generaciones y no solamente en las venideras elecciones
ARNOLDO JOSÉ GABALDÓN
Rómulo Betancourt
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A partir de 1985, un grupo de personalidades de muy distintas vertientes profesionales e ideológicas, quizás seleccionadas porque tenían en común haber demostrado anteriormente alguna preocupación por el futuro institucional de la República, recibimos del Presidente el encargo de pensar y proponer las reformas que debían acometerse para hacer más eficiente y democrático el Estado venezolano.

Se inició así el trabajo de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (Copre), la cual más adelante, entre 1986 y 1989, tuve el privilegio de presidir, sucediendo al Dr. Ramón J. Velásquez, quien fue su primer presidente. La gestión adelantada por la Copre resultó una aventura intelectual extraordinaria y sumamente aleccionadora.

Nos encomendaron soñar cosas posibles. Proponer reformas al Estado y a su relación con la sociedad, en aquellos aspectos que hubiésemos diagnosticado como disfuncionales. No requirió mucho esfuerzo la identificación de las fallas mayores.

Y aun cuando hubiese sido previsible esperar complejos debates antes de llegar a formular y priorizar los cambios que hacían falta, a través de una discusión ordenada, animada del mejor espíritu democrático, pudimos por consenso bosquejar las primeras propuestas que sometimos a la consideración de la opinión pública.

Estas propuestas comprendían reformas políticas para democratizar el Estado: cambio del sistema electoral, nueva ley de partidos políticos y creación de otras autoridades electivas; y aquellas para catalizar la descentralización: elección de gobernadores y alcaldes y transferencia de atribuciones a los niveles regionales y locales de gobierno.

Menuda sorpresa nos llevamos después. Mientras la gente en la calle recibía con simpatía los cambios que se proponían, en la cúpula del gobierno y de los principales partidos, salvo raras excepciones personales, las reformas propuestas eran recibidas con suspicacia o en franca oposición.

¿Qué estaba en la mente de los dirigentes que se mostraron contrarios a las reformas? En primer lugar, cálculos de cómo podían verse afectados sus intereses inmediatos o ver disminuido su poder. Miedo a los cambios por pusilanimidad o por el temor de no poder controlar sus consecuencias. Falta de intuición política para calibrar la profundidad de algunas demandas sociales.

Pero sobre todo, una ausencia del sentido de estadista para empinarse sobre lo inmediato y la rutina y ver horizontes de mediano y largo plazo más convenientes para el país.

Un estadista es un ser abnegado por el bien común, que se ubica por encima de los intereses partidistas o personales y que hace cálculos dentro de horizontes de tiempo dilatados, más allá de los periodos presidenciales.

Por eso Bismark dijo que los estadistas eran aquellos que se caracterizan por pensar en las próximas generaciones y no solamente en las venideras elecciones, como la generalidad de los políticos.

¿No fue acaso ese el comportamiento de un estadista como Rómulo Betancourt, cuando se dispuso a echar bases firmes para la democracia en Venezuela? Estoy convencido que de haberse conducido el país hacia un proceso ordenado de reformas como las que fueron propuestas en el Proyecto de Reforma Integral del Estado (PRIE), se habría modernizado y fortalecido la democracia venezolana y se hubiesen evitado males mayores, como los que hemos padecido durante los últimos años.

La transición de gobierno que ahora se inicia, parte de un país que ha quedado en profunda crisis. Responsabilidad en su mayor parte de la ausencia de estadistas en el equipo gubernamental, en el cual ha prevalecido en general una gran mediocridad.

Después que pase la resaca colectiva dejada por las exequias presidenciales, manipuladas al máximo con propósito electorero, aflorarán crudamente las lamentables realidades en que nos encontramos.

Una economía descontrolada por un gasto público insostenible; aparato productivo, privado y público, destruido o ineficiente; infraestructura insuficiente y en muy mal estado; servicios públicos deficientes y deficitarios; inseguridad pública y violencia extrema; hábitos de trabajo esquivos al aumento de productividad y por si todo esto fuese poco: un país dividido que consume energías preciosas en diatribas fútiles.

Reconstruir a Venezuela exige ahora, su reunificación y abundancia de estadistas que orienten el difícil proceso de poner a marchar nuevamente la creatividad y talento colectivo para salir a flote. A cada ciudadano le corresponde decidir el futuro.

 
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