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Escribo y comento | 23/02/2013 | 9 Comentarios
Saber retirarse a tiempo
¿Ningún familiar suyo protesta en contra de quienes pretenden convertir la próxima campaña electoral en un funeral y al funeral en una campaña electoral? Pero él tiene la culpa: nunca supo renunciar a tiempo. Entregar su vida al poder más precario, al más efímero de todos: el poder político, es una barbaridad muy grande
FERNANDO MIRES
Foto de Chávez
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Al mirar el calendario me di cuenta de que en pocos días voy a cumplir los 70. No es broma. Recuerdo que hasta los 50 celebraba un día más; ahora sólo "celebro" un día menos.

Es que hay una edad en la cual advertimos que aumentan las renuncias; y si no son realizadas a tiempo ellas pueden crearnos más de algún problema.

Renunciar a tiempo es un acto de dignidad. No significa en ningún caso renunciar a la vida; sólo abandonar algunos hábitos y adquirir otros. Agradecer el primer rayo de sol que se coló por la ventana después de un trágico invierno; contemplar el vuelo metafísico de las aves; escribir un poco menos, pensar un poco más.

Y no por último, agradecer la vida que te ha sido concedida con la entereza de ese condenado a muerte del que nos cuenta Freud, iba a ser ejecutado a mediodía, y al mirar el amanecer desde las rejas y ver al sol, exclamó: ¡Hoy ha comenzado bien el día!"

70 años estaba también a punto de cumplir Javier Miranda, uno de los personajes del escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka en su novela La Enfermedad, el libro más intenso sobre el tema de la muerte que he leído en mi vida.

Hombre de vida ejemplar, saludable como el que más, Javier fue atacado por uno de esos cánceres terminales que no dejan tiempo para renunciar a nada. Y, sin embargo, cuando la única posibilidad de renuncia es renunciar a la vida, su hijo, el médico Andrés Miranda, llora la muerte del padre con un dolor sin nombre.

Un dolor que viene del amor frente a lo que se está a punto de perder. Ese dolor frente a la maldad de la muerte, cuando la muy cabrona se lleva a quien más amas, es indescriptible. Nunca estaremos preparados para aceptar la frase recurrente de la gran novela de Alberto: "La vida es una simple casualidad".

Hay quienes empero no renuncian sólo porque no saben renunciar. Son los que han unido su vida a "intereses superiores" –el dinero, la fama, y sobre todo, el poder– como si hubiera un interés superior a la vida.

¿Cómo no asustarse frente a esos desdichados ciclistas que destruyen su cuerpo con drogas para obtener un triunfo que muy pronto a nadie importará? ¿O esos terroristas que explotan junto a sus víctimas?

¿Quién iba a pensar por ejemplo que en el propio país de Barrera, un presidente iba a entregar su cuerpo a cambio de un miserable poder político? ¿Nadie le dijo a ese presidente que no debía arriesgar su vida en elecciones sólo para que un grupo de fanáticos conservara el poder unos pocos años más?

¿Nadie entre los suyos protesta frente al espectáculo de un cuerpo que lo mueven para acá, o para allá, que lo interpretan y lo firman, que lo utilizan para emboscar al "enemigo", que le hacen decir palabras que no puede pronunciar, fingir sonrisas que no puede ni debe sentir?

¿Ningún familiar suyo protesta en contra de quienes pretenden convertir la próxima campaña electoral en un funeral y al funeral en una campaña electoral? Pero él tiene la culpa: nunca supo renunciar a tiempo. Entregar su vida al poder más precario, al más efímero de todos: el poder político, es una barbaridad muy grande. Pobre hombre.

Benedicto XVl sí supo renunciar a tiempo. Quizás un poco tarde, pero a tiempo. Al Papa le faltaron fuerzas para conducir la barca de Pedro. Esa fue su respuesta.

¿Puede haber respuesta más lógica? Sin embargo, nadie quedó conforme con esa respuesta. Tenía que haber una conspiración al estilo Dan Brown; quizás los pederastas se habían declarado en rebelión; o se avecinan tiempos de reformas para la Iglesia frente a las cuales el Papa era un obstáculo.

Cualquier cosa. La renuncia de Benedicto fue un blanco de proyecciones y deseos inconfesos, incluso en los más prestigiosos periódicos.

No obstante, la respuesta de Benedicto cabe dentro de su teología. En su Escatología por ejemplo, aprendemos que el cuerpo mortal es portador del alma eterna.

O en las palabras de Ratzinger: La elevación hacia el cielo de Cristo, es decir, su entrada en el Dios trinitario a través de la resurrección, no significa un irse de este mundo sino un nuevo modo de estar presente en él (Eschatologie, Regensburg 1978 , p.192) Cuando el cuerpo fallece, según Benedicto, el alma se reintegra en Dios.

Morir es, por lo mismo, un momento de reencuentro del ser con la eternidad. El acto de la muerte necesita entonces de mucha intimidad. Es el momento de la transfiguración. En fin, no sólo la mística, no tanto el sacrificio, sino el pensamiento, es el camino que lleva a la Verdad de Dios.

Morir pensando en Dios es un acto sagrado y requiere de cierta soledad; o por lo menos de un retiro. Un retiro espiritual que facilita el retiro corporal. Para ese retiro hay que saber retirarse a tiempo.

Hay un cierto paralelo entre el pensamiento de Ratzinger frente a la muerte y el de Nieztsche sobre el mismo tema. Nietzsche en sus escritos concibe a la vida como una agonía (lucha entre la vida y la muerte).

La ironía que aflora en su texto Nietzsche contra Wagner relativa a que su vida sólo había sido para él una serie de breves momentos saludables entre muchas largas enfermedades, es la expresión de quien amaba tanto a la vida que necesitaba a la enfermedad -presencia avisada de la muerte- para combatir a la muerte.

No en sus momentos de salud, sino desde el fondo de su enfermedad, sentía Nietzsche el deseo de regresar a la vida.

Para Ratzinger, el regreso definitivo es el regreso a la eternidad. Para Nietzsche en cambio, es el regreso al tiempo que siempre retorna. Pero ¿no es también el tiempo que retorna un tiempo eterno?

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