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Disquisiciones | 22/02/2013
Graves padecimientos
El síndrome de la llamada "enfermedad holandesa" en América Latina. En Venezuela la exportación de crudo genera muchas divisas que no fluyen hacia el aparato productivo. Colombia incentiva la inversión fuera del país y evita que sus estatales se sigan endeudando en el exterior
SERGIO ARANCIBIA
Exportaciones
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En el campo de la economía se ha hecho ya popular la llamada enfermedad holandesa, que se hace presente cuando un país recibe un gran flujo de divisas como consecuencia de una actividad exportadora particularmente dinámica. Esa sobre abundancia de dólares genera una revaluación o sobrevaluación de la moneda local, que termina por desestimular las exportaciones de los otros rubros productivos y estimular al mismo tiempo sus importaciones.

Se genera así una economía muy robusta en uno o pocos rubros exportables, y una economía muy débil en lo que se refiere a la producción de todo el resto de los rubros transables internacionalmente.

Hay algunos países en América Latina que están sufriendo o temen sufrir los síntomas de dicha enfermedad holandesa. Perú y Colombia son algunos de ellos. Frente a ello, cada uno busca, dentro de sus posibilidades, las medidas de política económica más apropiadas para enfrentar dicha situación.

Perú, por ejemplo, ha optado por acopiar reservas en manos de su Banco Central, para efectos de recoger los dólares sobrantes, mientras que Colombia trata de incentivar la inversión en el exterior y desincentivar que sus empresas, sobre todo las estatales, se sigan endeudando en el exterior.

Pero en cualquier caso, se pone de manifiesto que el mero funcionamiento de los mercados no conduce por si solo a una situación de máximo beneficio para los países, como podría todavía postular algún neoliberal empedernido. Se hace necesario que los gobiernos intervengan frente a esta enfermedad y prescriban las medicinas que correspondan.

COÁGULOS
En el otro extremo la realidad económica latinoamericana nos encontramos con la enfermedad venezolana, injustamente no bien reconocida todavía en toda su especificidad por la ciencia económica. La enfermedad venezolana tiene algunos aspectos o síntomas parecidos a la enfermedad holandesa, pero difiere también de ella en algunos aspectos relevantes.

Hay aquí una actividad exportadora potente que genera cantidades altísimas de divisas, pero que no fluyen en forma clara y sistemática hacia la corriente sanguínea y monetaria de la economía, sino que se generan coágulos de gran tamaño en manos del gobierno - que es su dueño- y hacia el banco central y la empresa petrolera correspondiente.

Gracias a esos ingresos - que se suponen grandes en su magnitud e ilimitados en su sostenibilidad temporal ­ el Gobierno lleva adelante un festival de gasto público, de escasa o nula rentabilidad económica, que genera, por un lado, inflación, y por otro, presión sobre la demanda de divisas. El precio artificialmente bajo de estas últimas estimulan la importación de todo tipo de mercancías y fomenta la constitución de depósitos en el exterior.

El ciclo gasto público, importaciones y fuga de divisas se complementa con el crecimiento de la deuda externa e interna, cuyo pago, al poco rato, se convierte en una nuevo destino obligado de las divisas, las cuales terminan finalmente haciéndose escasas y caras y tendiendo, por lo tanto, a elevar su precio. Lo que comienza como una abundancia de divisas, se convierte, como consecuencia de la dinámica de la enfermedad venezolana, en su contrario, es decir, en una aguda escasez de las mismas.

Como resultado global de todo este esquema, la industria nacional pierde competitividad internacional - igual que en la enfermedad holandesa - la población pierde ingresos reales como consecuencia de la inflación, y el gobierno se ve en dificultades para seguir con su ritmo alocado de gasto público.

PERVERSIÓN
La política económica cuenta con instrumentos para contrarrestar la enfermedad holandesa, que como toda medicina, no son gratos ni simpáticos. Para la enfermedad venezolana, que es una perversión agravada de la enfermedad holandesa, las medicinas posibles son más desagradables aun.

Pero mantener los síntomas de una o de otra enfermedad, sin tomar las medidas correctivas correspondientes, es una suprema irresponsabilidad que termina con el paciente entubado y en la sala de terapias intensivas.

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