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Cronicario | 21/02/2013
La maldición
La historia tiene memoria y, a veces, incluso parece repetirse. Bajando la perenemente rectilínea Panamericana costera peruana, a la altura de un pueblecito llamado Ciudad de Dios, un desvío permite abandonar el desértico paisaje litoral para adentrase en la vertiente oriental de la cordillera de los Andes y en la situación de los mineros
JALED ABDELRAHIM / El País
Hombre minero
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-    “Le debería cobrar más, porque ustedes nos quitaron el oro”, dice un tendero peruano.
-    “Pues poco me llegó a mí, señor, así que va a tener que hacer la vista gorda”, esquivo la broma.

La historia tiene memoria y, a veces, incluso parece repetirse. Bajando la perenemente rectilínea Panamericana costera peruana, a la altura de un pueblecito llamado Ciudad de Dios, un desvío permite abandonar el desértico paisaje litoral para adentrase en la vertiente oriental de la cordillera de los Andes.

Camino al interior del país, la cantidad de verde asciende a la par que los metros de altura. Es al alcanzar los 2.700 sobre el nivel del mar cuando aparece entre las montañas una pequeña ciudad de calles cuadriculadas, altos sombreros blancos, alborotados mercados callejeros y un nítido esqueleto colonial llamada Cajamarca, capital del departamento con el mismo nombre.

En esta urbe, aún se conservan las paredes originales de una casa de interior diáfano conocida como el Cuarto de Rescate. En esa humilde estancia, prisionero del ejército español, pasó sus postreros meses de vida Atahualpa, el último rey del gran imperio Incaico.

Cuenta una de las corrientes de historiadores latinoamericanos que en 1532 el gobernador inca acudió acompañado de 30.000 hombres desarmados hasta esta ciudad para encontrase con el conquistador Francisco Pizarro. Dicen que el fraile Vicente de Valverde, junto a su intérprete Felipillo, fue el único en salir desde su posición hasta el medio de la plaza para recibir  al inca y demandarle su sometimiento al cristianismo, al Papa Clemente VII y al rey Carlos I, requerimientos que acompañó de un misario y un anillo que Atahualpa tiró al suelo. El gesto fue suficiente para que la artillería española abriese fuego.

Dicen que el ejército autóctono sucumbió y su líder fue hecho prisionero. También que Atahualpa ofreció a cambio de su liberación llenar dos habitaciones de plata y una de oro del tamaño de la habitación en la que él permanecía encerrado. Un indulto que valía 86 metros cuadrados de superficie y tres de alto en brillante metal por tres veces liquidado.

Cuentan que después de cumplir su parte, un 26 de julio de 1533, bajo la acusación de idolatría, fratricidio, poligamia, incesto y ocultamiento de tesoros, los españoles de igual forma le sentenciaron. Asegura la leyenda que al mismo Pizarro le corrieron las lágrimas cuando vio el cuerpo del gran líder inca ejecutado.

Otros historiadores, como el ecuatoriano-alemán Luis Andrade Reimers (1917-2002), niegan esta versión de los hechos y apuestan por la teoría de que Atahualpa, lejos de ser prisionero, lo que hizo antes de su muerte fue tratar de establecer relaciones de mutuo beneficio para su imperio y el ultramarino, al cual entregó esa cantidad de metales a cambio de beneficios técnicos y administrativos para su tierra.

La realidad es que, sean cuales fueren los motivos por los que el inca dio los minerales a los europeos, desde el año 1503 hasta el 1660, época de esplendor minero en el actual Perú, los documentos oficiales datan que a España llegaron desde las colonias americanas 16.900 toneladas de plata y 181 toneladas de oro.

Paseo por las calles de esta ciudad evocadora de vencedores y vencidos. Atahualpa y los colonizadores ya son cosa del pasado. Ahora, los problemas de los habitantes de este lugar son otros. O no tanto. Al parecer, el oro y la tierra siguen siendo el epicentro de las complicaciones en este enclave andino.

Cruzar Cajamarca sin toparse cada pocos metros con una pintada que diga “Conga no va” se antoja difícil. La negativa hace referencia al último de los proyectos mineros que actualmente se planifican en este departamento. Conga, una laguna junto a un suculento enclave para las extractoras, situada entre las provincias de Cajamarca y Celendín (Cajamarca), se ha convertido para los contrarios a las industrias mineras en el icónico enemigo a batir de entre las decenas de planes por la busca de oro que desde hace dos décadas se desarrollan en la región.

Cinco grandes empresas de capital extranjero – a excepción de una nacional- explotan en la actualidad este departamento en busca del metal que aún queda en las tierras de este antiguo dominio inca.

Los minerales de alto valor siguen siendo, como hace 500 años, la piedra filosofal que persiguen aquí los forasteros. La conservación de la tierra y el agua propias también es aún el recelo de la mayoría de oriundos. El desacuerdo de intereses ha estallado en una lucha de los empresarios contra gran parte del campesinado que ya ha dejado tras de sí un sin fin de movilizaciones, acusaciones judiciales y el saldo de cinco muertos en protestas el pasado año.

En esta comarca montañosa donde el paisaje combina hectáreas de cultivos, lagos y ganados con maquinaria extractiva y terrenos yermos dinamitados, los lugareños han sentido caer la gota que colma el vaso sobre las aguas del Conga, que Yanacocha, la mayor de las cinco empresas -de capital estadounidense en su mayoría-, quiere utilizar como contenedor para almacenar los desechos de una de sus explotaciones.

“No estamos dispuestos a ceder ni un metro más de nuestra tierra, ni una gota más de agua, a beneficio del mineral que quieren explotar los extranjeros”, dice Jenny Rojas, presidenta en Celendín de uno de los grupos de guardia autogestionada campesina que representa el pico de lanza de la lucha contra las mineras, las llamadas Rondas. “No vamos a parar en nuestra lucha”, avisa esta líder curtida en protestas. “Estamos quemando todas las vías legales para frenarles. Y así seguiremos. Y si no frenan, llegaremos hasta donde haga falta”.

Dante Vera, gerente del Grupo Norte, la asociación que componen las cinco empresas mineras que explotan la región, argumenta que la queja de los contrarios a su trabajo es infundada porque en la actualidad las mineras contemplan todos los métodos de conservación y reparación del territorio y el agua.

Fredy Regalado, coordinador regional del Grupo, me invita a hacer una visita a algunas de las minas de oro en superficie que hay en Cajamarca para mostrarme los avances con los que cuentan estas explotaciones en comparación a los vestigios de minas centenarias que se ven por el terreno y la reparación que se lleva a cabo de los pasivos mineros.

Regalado me ofrece una serie de datos, a primera vista vertiginosos, sobre los avances sociales, educacionales, de recursos y de infraestructuras que ha logrado la región gracias a la actividad económica que generan las cinco empresas. Su tesis, apoyada en los informes de estudios realizados por las propias compañías, concluye que es la actividad agrícola la que de veras “es depredadora” y que la actividad minera actual “afecta a menos del 1% del territorio”.

La visión de todos esos beneficios pega un vuelco de 180 grados al charlar con Sergio Sánchez y Mirta Vásquez, representantes de la ONG Grupo de Formación e Intervención para el Desarrollo Sostenible (GRUFIDES), con sede en Cajamarca. Aseguran que su grupo no es “antiminero”.

Ese hecho no quita que mantengan una larga confrontación oral, institucional y a menudo judicial contra las empresas del Grupo Norte. Denuncian su “preocupación” por el gran impacto ambiental en la tierra y la degradación paulatina de la calidad del agua”-sobre lo cual también han realizado estudios con resultados diametralmente opuestos a los de las extractoras-; contradicen los datos sobre aportaciones económicas de los que se beneficia la región según éstas; y comprenden el temor del pueblo por el recuerdo de la tragedia de Choropampa (Cajamarca), un suceso acaecido en junio del año 2000 en el que un camión accidentado derramó sobre el asfalto de esa localidad 151 kilogramos de mercurio que “dejaron cientos de intoxicados de por vida y generó al menos siete muertes”. Una cifra que no supera los 15 afectados según la empresa Yanacocha, precisamente la responsable de aquella desgracia y la misma que se encarga de llevar a cabo el proyecto Conga.

Los representantes del Grupo Norte insisten en que, como dato positivo, solo hace falta comparar los salarios que obtiene la población a la que han podido proveer de trabajo dentro del sector minero.

Según sus estimaciones, estos trabajadores llegan a cobrar entre 700 y 800 soles al mes (200 euros aproximadamente), una cantidad que supera hasta un 800% los 100 soles, a los sumo, que puede llegar a ganar mensualmente un campesino. Aunque lo cierto es que el dato de la cantidad de población del departamento a  la que las mineras pueden ofrecer un puesto laboral –temporal- desilusiona. “Entre un 2,5 y un 3,5% de los habitantes”, dice Regalado. Los dedicados a las actividades agropecuarias en Cajamarca superan el 60% del resto de individuos.

-    ¿Por qué los datos de las mineras y los vuestros son siempre tan ampliamente diferentes?, le pregunto a Mirta Vásquez.
-    No dicen la verdad.
-    ¿Por qué  no hacer un estudio de impacto ambiental conjunto para determinar los datos reales?
-    Se lo hemos pedido. Se niegan.
-    ¿Piensa que también es mentira que el departamento de Cajamarca se haya desarrollado gracias a su actividad?
-    Verás, ellos pagan legalmente sus cuotas al Estado. Y poco a poco es cierto que este departamento, como el resto de departamentos de Perú, y aunque sigue siendo de los más pobres, se ha ido desarrollando. Pero que digan que es gracias a ellos es escandaloso. Ellos pagan desde los 90 la misma cuota por su actividad, que fue una cantidad mínima que Fujimori  [ex presidente de Perú] estableció y pactó congelar con ellos para promocionar la actividad. Desde entonces se benefician de ese privilegio, y Humala [actual mandatario] tampoco ha subido ese precio. Es decir, por un lado pueden tributar lo que quieran porque nadie tasa lo que realmente sacan, nada más que ellos, y además, su cuota jamás se eleva. Es un negocio redondo.
-    Con datos tan contradictorios, a veces se hace difícil saber quién lleva razón.
-    ¿Quiere ir al corazón del problema?
-    Claro.
-    Visita a la familia Chaupe, la única que queda en el terreno donde Yanacocha quiere llevar a cabo el proyecto Conga.

Llegar hasta los Chaupe cuesta seis horas de coche por una pista de tierra hasta la provincia de Celendín, tres horas y media en furgoneta pública por un impracticable camino de montaña hasta una comarca llamada Santa Rosa y otra hora de paquete en una moto hasta llegar a lo alto de un cerro situado a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar. La sorpresa asalta cuando aparece una barrera provista de un guardia armado al final del camino. Se trata de la seguridad  privada que Yanacocha ha colocado en el gigantesco perímetro donde se encuentra el núcleo de la contienda, desde el cual nacen los ríos que abastecen de agua a muchas de las comunidades que quedan montaña abajo.

- Vengo a visitar a un amigo, intento convencer al vigilante.
- Lo siento, está prohibido el acceso.
Suerte que Carlos (nombre ficticio), el conductor de la moto, es un firme detractor del proyecto que suele acudir a las protestas que realizan los campesinos alrededor del Conga y sabe cómo burlar la seguridad minera. Lejos de los ojos del vigilante, me lleva por un camino de 30 minutos a pie a través de las colinas. Su hermano se encargará de esconder las motos y burlar al ejército, que ronda la zona para proteger a la empresa de los que protestan contra ella.
Es difícil seguir el ritmo de Carlos para subir las embarradas cuestas montañosas mientras intento captar el oxígeno que queda a 4.000 metros. A punto de abandonar por cansancio, de pronto una humilde construcción aparece en medio de un campo desprovisto de cualquier otro vestigio humano. Desde una colina, baja un hombre a paso decidido para preguntar quién es el que se acerca a su casa.
-Yo soy Jaime Chaupe - dice éste héroe involuntario del movimiento antiminero.

Chaupe y su familia habitan en pleno epicentro del terreno que Yanacocha ha adquirido para ejecutar el proyecto Conga. Tras dos décadas viviendo en esa vereda aislada del mundo, donde convive con su esposa y el menor de sus cuatro hijos cultivando y dando de pastar a su propio alimento, recuerda el día en que unos responsables de la mina se presentaron allí para decirle que su casa ya no le pertenecía. Que la comunidad que habitaba en ese terreno, -35 casas diseminadas ya derruidas-, habían vendido las tierras a la mina, la suya incluida.

Los Chaupe nunca supieron de ese negocio. Al igual que los cientos de afectados que habitan fuera del perímetro de acción de la minera -aunque dentro de la zona afectada por sus contaminantes-, jamás recibió un dólar por el agravio, solo que su casa sí se encontraba en el terreno que necesita dinamitar la compañía.

De la noche a la mañana se enteraron de que, a cambio de nada, una minera estadounidense era dueña de las tierras donde tienen su casa. “Nos negamos a irnos”, dice Chaupe. Después llegaron las denuncias, los inspectores de policía y una excavadora que tiró la casa. Pero la familia nunca claudicó.

En aquella ocasión, un ocho de agosto de 2011, su aguante contra los agentes armados que acompañaban a la máquina acabó, según su versión, con pedradas, palizas y una de sus hijas inconsciente al ser golpeada mientras ofrecía resistencia. Al final de la jornada no abandonaron la vereda. Chaupe levantó una choza provisional y con la ayuda de algunos vecinos de Santa Rosa en pocos días pudo levantar la casa de nuevo. Allí sigue viviendo hoy día.

Mientras tanto el proyecto Conga, a causa de protestas multitudinarias y unos Chaupe sobre el terreno, sigue paralizado mientras el caso de la familia se intenta resolver a base de indemnizaciones económicas y un proceso judicial que por el momento, a falta de los últimos recursos, la justicia da por perdido para los campesinos. La contienda de la tierra contra el oro, 500 años después de Pizarro y Atahualpa, aquí sigue viva.

-    ¿Sabe usted que se ha convertido en un héroe para todo el movimiento antiminero?
-    Yo solo sé que me quieren quitar mi tierra, donde he criado a mis hijos, donde cultivo mi comida y donde tengo mis pocos animales- dice.
-    ¿Y no teme las consecuencias de su negativa?
-    Mire, la última vez que vino un representante de la minera a hacerme una oferta por mi vereda y yo no acepté, me dijo: “Esto ya va a juicio y va a perder Jaime, está perdiendo su oportunidad”. Yo le respondí: “¿quién es el que pierde la oportunidad, señor?, ¿yo?, ¿o usted?”

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