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Coordenadas | 19/02/2013
El Chávez que no volverá
Con esta “vuelta a la patria” de Hugo Chávez –intempestiva para el común de los mortales– comenzará seguramente otro ciclo de dudas y reflexiones sobre el estado real de su salud que tenga, entre otros efectos, el de impedirnos el acceso a las verdaderas razones de cuanto ha sucedido en el país desde hace quince años, incluyendo las originales y complicadas peripecias de esta larga ausencia
Oswaldo Barreto
Hugo Chavez
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Con  esta “vuelta a la patria” de Hugo Chávez –intempestiva para  el común de los mortales– comenzará seguramente  otro ciclo de dudas y reflexiones sobre el estado real de su salud que tenga, entre otros efectos, el de impedirnos el acceso a las verdaderas razones de cuanto ha sucedido en el país desde hace quince años, incluyendo  las originales y complicadas peripecias de esta larga ausencia.

Quizás persistamos en indagar sobre las posibilidades de que retorne efectivamente al poder o que haya vuelto tan sólo para abrir el proceso de su reemplazo, real o aparente, en la Presidencia de la República.

Mientras  tanto, podemos fácilmente verificar  que los mismos signos o señales susceptibles de orientar nuestra reflexión por aquellos senderos, nos permiten también  llegar a  la certeza de que hay un Chávez que no volverá, justamente el Chávez que ha podido  gobernarnos a su antojo, el que sus seguidores, absolutamente identificados con él, no han dejado de esperar.

CAUDILLO Y PUEBLO IDENTIFICADOS
Hablo del Chávez que en julio de 1995 le confiara a Agustín Blanco Muñoz, para entonces su interlocutor y pretendido preceptor, su fe en “esos hombres que la situación coloca en posición de líderes, que surgen en un momento determinado y que los pueblos aceptan y elevan a la condición de salvadores” y exaltaba el papel del  caudillo en ciertas épocas históricas, “el de movilizador de masas, representante de una masa con la cual se identifica y a la cual esa masa reconoce sin que haya un procedimiento formal, legal, de legitimación”  (Habla El Comandante, pp 171 y ss). Hablo del Chávez que en agosto del 2012, con ocasión de la visita que hiciera al jefe de Estado iraquí,  para entonces execrado por EEUU,  Saddam Hussein, declarara: Yo voy hasta el infierno, si me da la gana”.

Ese Chávez, que año antes de que tuviera esa visión de lo que era posible en política, tuvo la sin duda brillante intuición  de que en este campo, la vida política, y en esta tierra de gracia y, sobre todo de abundancia,  a diferencia de lo que sucede en otras actividades, como el beisbol o la investigación científicas, todo puede  lograrse.

Intuición brillante, dijimos, de infinito mayor alcance en  materia política, que la idea de acceder al poder por un golpe de Estado o de considerarse portador de determinada ideología o creencia religiosa, pues lo identificaba con un pueblo en cuyo carácter está presente, así  sea de manera latente, como el más conspicuo de sus rasgos el creer que aquí, en esta tierra de gracia y de abundancia, a muchos bienes  se puede acceder por otro camino que los que en cualquier otra sociedad se presentan como ineludibles.

Identidad hoy sellada con la consigna “todos somos Chávez” que está presente, bajo formas no siempre transparentes, en todo lo que h sido la existencia y evolución de lo que llamamos chavismo.  Si, los seguidores de Chávez que siempre se han contado como la mayoría de los venezolanos y como  una aplastante mayoría en las clases más necesitadas, que hoy piensan que pueden esperar a la vivienda, a la salud, a la educación, a salarios decentes y, en general a una calidad de vida que se puede considerar humana, sin ocuparse de trabajar, de ahorrar, penar y  luchar para lograr cualquiera de esos beneficios, se identifican con el hombre que llegó a ser presidente, sin preparación especial, sin los largos y penosos aprendizajes por los que han pasado cuantos han llegado al poder y que una vez este en sus manos decide hacer con él cuanto cree conveniente.

Identificación plena, entonces, de un pueblo que aspira a que todo le sea dado con el líder que ha mostrado que hasta ahora ha mostrado que todo puede hacerlo, aquí y en todos los lugares donde ha creído conveniente intervenir: darse los aliados que ha creído convenientes y también designar sus adversarios y enemigos, construir esta o aquella misión y hacer de este país una potencia dentro de una Hispanoamérica que él también convertirá en potencia.

CONTRA ENSOÑACIONES Y UTOPÍAS: PRINCIPIO DE REALIDAD
Así habían marchado las cosas hasta el último viaje de Chávez a La Habana, cuando se comenzó a pensar en todos los ámbitos locales y foráneos si esta identificación de pueblo y caudillo perdura más allá de la suerte de la salud de Chávez.   Y reflexionamos, entonces, sobre lo que no conocíamos y apenas vislumbrábamos (la influenza y poder real de los cubanos, la lucha interna en las filas del chavismo), y quizás tardamos en sacar las conclusiones de un hecho que definía claramente la situación: la devaluación, esa terrible decisión que la realidad de las cosas, la marcha real de la economía, imponía al régimen, esta devaluación que nos ha impuesto Chávez se presentó como dictada por él y no porque nos la dieron a conocer en una de esas cadenas oficiales.

Y la devaluación, en el contexto de la vida de la política que no ha impuesto Chávez no es otra cosa que la prueba fehaciente, ferozmente fehaciente, que ya nadie puede hacer en Venezuela lo que quiera, lo que se le antoje.

Chávez ha regresado. Pero no es aquel Chávez que todo lo podía, que todo lo ha podido. El que haya asumido la devaluación como un acto suyo testimonia de dos propósitos: tácito reconocimiento de que “en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”, como confesaba el Quijote en sus últimos días e impedir que semejante medida sea vista como obra de Maduro o de cualquier otro aspirante a sustituir al presidente electo.

Los costos políticos de esta medida son muy altos, incluso para quien, aceptando las condiciones actuales, aspire a conducir otro tipo de política.

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