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Cronicario | 19/02/2013
En casa del Dalai
La nostalgia del Tíbet perdido está en todas partes. Incluso en el Lingkor, un camino circular que da la vuelta a la residencia del Dalái Lama y cuyo nombre se inspira en la circunvalación que rodea Lhasa. El trayecto, que se sigue en el sentido de las agujas del reloj, está salpicado de pequeños
THIERRY MALINIAK / El País
El Tibet
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Un viaje a Dharamsala empieza con un desconcierto. Y es que uno espera encontrarse con el centro mundial de la espiritualidad lamaísta.

¿No es famosa esta ciudad del Himalaya indio por ser el lugar de residencia del Dalái Lama? Pero uno tiene más bien la sensación inicial de desembarcar en un emporio comercial.

En esta pequeña ciudad de unos 20.000 habitantes está presente el Tíbet, sí, pero de una forma mercantil: las pocas calles son una sucesión de tiendas y de tenderetes donde se venden molinos y banderas de oración, thangkas y libros del Dalái Lama, o ropa tibetana tradicional.

Las tiendas se disputan el espacio con las agencias de viaje, y es que Dharamsala se ha transformado en un gran centro turístico.

Del mundo entero llegan los visitantes como en una romería, atraídos por la mística del lamaísmo: jóvenes (y menos jóvenes) con pelo largo, viejos barbudos, parejas al estilo neohippy.

Y en un abarrotado restaurante donde se ven más extranjeros que locales y donde suena la voz de Bob Dylan, uno se acuerda de la atmósfera de la Katmandú de los pasados años setenta. Este cosmopolitismo se refleja en los paneles callejeros de anuncios, llenos de publicidad para cursos de yoga o de meditación, clases de inglés o de hindi, cocina tibetana, masaje tailandés y restaurantes recomendados por la guía Lonely Planet.

Coexisten en los muros con fotos más trágicas: las de los jóvenes tibetanos que se inmolaron por el fuego en distintos lugares, incluso en Delhi, para protestar contra la ocupación de su patria por China: Dharamsala sigue siendo el gran centro de activismo del nacionalismo tibetano. Aunque los pósteres de Su Santidad comparten ahora el espacio con los de Bob Marley o del Che Guevara.

Uno imaginaría que la capital en el exilio del montañoso Techo del Mundo está en el mismo corazón del Himalaya. Pero está en sus estribaciones.

Tras un viaje de más de 400 kilómetros desde Delhi por la llanura, es casi al llegar cuando se divisa de repente la gigantesca pared rocosa de la cordillera, coronada por unos impresionantes picos nevados.

¡Pero vaya subida! Hay que cruzar primero el Dharamsala de Abajo, un pueblo sin gran interés, antes de trepar, por una carretera sinuosa, hasta los 1.800 metros de Dharamsala de Arriba, también llamada McLeod Ganj, del nombre de un antiguo gobernador inglés del Punjab. De lejos, sus edificios agarrados los unos a los otros en medio de la pendiente escarpada parecen un gran juego de Lego.

Al deambular por sus calles, aparecen las primeras manchas color azafrán o granate de los monjes y las primeras mujeres vestidas con el delantal de rayas de las tibetanas.

En el barrio de Gangchen Kyishong está instalada la sede del Gobierno tibetano en el exilio. A primera vista decepciona este amasijo de edificios administrativos, con sus techos verdes algo destartalados. Lo más interesante es la biblioteca y la sala de los manuscritos: un 40% del total de los que se escribieron en el Tíbet están concentrados en los centenares de miles de páginas aquí almacenadas, envueltas en telas amarillas y rojas. “Los refugiados que huían preferían traer estos textos antes que sus propios enseres”, asegura una guía tibetana.

LOS MONASTERIOS
Para empaparse de la atmósfera tibetana están también los monasterios: como el de Tsuglagkhang, al lado de la residencia del Dalái Lama, con sus grandes estatuas de personajes religiosos; o el de Gangchen Kyishong.

Pero es en otro menos frecuentado por los visitantes, el de Tsechokling, donde uno mejor se retrotrae a sus viejos recuerdos del Techo del Mundo: entre las paredes decoradas de thangkas, dibujos religiosos y sofisticadas tormas (pequeñas esculturas realizadas con mantequilla de yak), un grupo de monjes y novicios recita incansablemente unos mantras con voz grave, inclinándose al ritmo de la letanía, mientras el gong subraya la melopeya.

Durante unos minutos, el visitante tiene la sensación de haber cruzado el Himalaya y estar en su vertiente norte, la de la patria soñada. La nostalgia del Tíbet perdido está en todas partes. Incluso en el Lingkor, un camino circular que da la vuelta a la residencia del Dalái Lama y cuyo nombre se inspira en la circunvalación que rodea Lhasa. El trayecto, que se sigue en el sentido de las agujas del reloj, está salpicado de pequeños monumentos religiosos, de inscripciones multicolores pintadas en la roca, de molinos de oración que los peregrinos tibetanos mueven al pasar.

Para culminar una visita a Dharamsala, nada mejor que presenciar un teaching, una sesión de enseñanza de su huésped más ilustre: cuando no está de viaje por el mundo, el Dalái Lama, aunque ha renunciado a las audiencias colectivas, sigue dirigiéndose a sus fieles desde los monasterios de la región.

Desde muchas horas antes del evento, una muchedumbre apresurada, donde destacan las manchas coloradas de los monjes, converge hacia el lugar del evento. Cerca del monasterio (en este caso, el de Sidhbari) se ha instalado una pequeña feria con puestos callejeros donde hacen pacientemente cola los monjes, que reciben la comida gratis. El patio del templo está a rebosar: todos, tibetanos, indios (pocos) y extranjeros (bastantes), esperan sentados en el suelo la llegada de Su Santidad. Hasta que un estremecimiento colectivo hace vibrar a los presentes: el Dalái Lama aparece. Es un momento de fervor intenso.

Durante horas, habla con su voz grave y su ritmo pausado. La técnica más moderna ayuda: aunque se expresa en tibetano, un servicio de traducción al inglés y al hindi a través de una emisora de frecuencia modulada permite que sus palabras lleguen a todos, mientras dos grandes pantallas retransmiten las imágenes del altar desde el cual habla. Diserta sobre la armonía en el progreso, las emociones y pulsiones negativas, el sufrimiento y la felicidad. Más de medio siglo después de haber abandonado el Techo del Mundo, su aura, no hay duda, sigue intacta entre su gente.

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