Ubicaron la fecha del inicio del prodigio hacia el 10 de febrero. Allí se pelaron por dos días porque antes hablaron los gurúes de la economía. Cuando uno les pregunta por qué el 10 de febrero, la respuesta les parece sorprendente: porque ese día comenzaba el Año Solar Chino, que esta vez viene regido por la Culebra de Agua, anunciadora de tiempos de dicha y prosperidad
Confío en que los anuncios gubernamentales del 8 de febrero hayan venido a dejar zanjadas las discusiones, por cierto muy encendidas, en las que vi trenzarse a finales de año a muchos amigos y allegados sobre lo que será el decurso de la economía venezolana en el 2013.
Como supondrán, en el fondo de estas controversias había básicamente dos visiones: en un ala estaban quienes veían enormes nubarrones amenazando el accionar de los actores económicos, con eventuales consecuencias muy de lamentar para el bolsillo de la tribu.
Son quienes vislumbraban el cielo encapotado anunciando tempestad no sólo para los oligarcas: todos estaríamos sometidos, "en el período", a los embates de un chaparrón que, este también, dejará un montón de damnificados en número mayor que los desastres de la naturaleza.
En la otra ala de este mismo avión en el que vamos todos embarcados (no voy a agregar "y en barrena" para que no se diga que se nos pasa la dosis de ácido, le tenemos mala voluntad al "proceso" o estamos perdiendo la objetividad) terciaban los amigos que, basados unas veces en las cifras y otras en la propaganda oficial (¿o es lo mismo?), creen que este año será de crecimiento sostenido, baja inflación, reactivación de la producción, pleno empleo y de nuestro despegue definitivo como una gran potencia, tal como nos lo han prometido hasta el aturdimiento.
No verteremos acá los enjundiosos análisis que oímos de lado y lado, primero porque algunos se sumergían en profundidades que, legos en la materia, no nos atrevemos a bucear de memoria.
Segundo porque nos parece que los anuncios del llamado #ViernesRojo, como lo etiquetaron los inefables tuiteros, hace ociosa cualquier explicación. Y tercero porque prefiero referirme a un ángulo más ligero pero también ilustrativo de las arduas polémicas presenciadas.
Destacaremos, entonces, el argumento esgrimido in extremis por los amigos anotados con la visión de valencia positiva (ahora creo que puedo decir hasta panglossiana) del asunto cuando vieron contra las cuerdas sus tesis y posiciones.
Fundamentalmente tenían puestas sus expectativas en febrero, mes en el que vendrían las primeras señales. Allí acertaron. Las esperaban concretamente hacia la segunda semana del mes. Allí también acertaron. Y por último ubicaban la fecha del inicio del prodigio hacia el 10 de febrero. Allí se pelaron por dos días (y en algo más) porque antes hablaron los gurúes de la economía.
Cuando uno les preguntaba por qué el 10 de febrero, la respuesta les parecerá sorprendente: porque ese día comenzaba el Año Solar Chino, que esta vez viene regido por la Culebra de Agua, anunciadora de tiempos de dicha y prosperidad.
Incurriría en una cobardía si no admitiera que esa tesis me atraía y simpatizaba. Y es que de tanto ver equivocarse a analistas, encuestadores y científicos sociales de toda laya, uno termina por buscar las claves de lo que nos ha tocado vivir (¡qué carrizo!) en los caprichos de las estrellas, la borra del café (okey, cuando no escasea) o en los designios del Tarot con sus impresionantes naipes, derroches de filigrana y colorido, como el de El Loco, El Mago, El Colgado, etc.
Los chinos, con dominio tan ancestral de los arcanos, tan serios, formales y puntuales (para prestar y sobre todo para cobrar), ¿iban a pelar esa carambola de bola a bola dando un pronóstico fallido sobre nuestro destino en el dos mil doce más uno? Esto amerita una explicación.
Veamos. En efecto, el domingo 10 fue el inicio del año solar chino. Tengo, por cierto, un montón de amigos mesoneros de restaurantes chinos y dependientes de quincallas que han brotado como frijolitos de soya por toda la ciudad. Me tomé la libertad de acercarme el lunes a darles cortésmente el feliz año.
¿Cómo recibiste el cañonazo? --le pregunté ese día a un panita chino de un restaurant de la Baralt. ¿Cuál cañonazo? ¿El de Madulo? ¿El de Gioldani? ¿El de Melentes? Está, sin duda, muy bien informado este mozalbete asiático, tanto que esas preguntas me las formuló con el entrecejo tan fruncido como Bruce Lee en pleno combate con las mafias del puerto. Sí, Bruce sí lo hacía.
Pero vamos a lo que es. ¿Por qué no han acertado quienes pusieron todas sus bazas en la Culebra de Agua? Creo haber dado con la respuesta mientras reflexionaba enredando en el cubierto los tallarines de un Lo Mein de camarones, ya con el precio remarcado: no puede hacerse una traslación automática de los augurios venidos del Lejano Oriente.
La equivocación surge porque no se ha hecho la debida conversión, no se ha aquilatado la interpretación, no se han ajustado las coordenadas hemisféricas. Una cosa es para acá y otra para allá.
Un espécimen como el mencionado bien puede ser en aquellas boyantes latitudes un candoroso reptilillo retozando entre nenúfares, jacintos y lirios acuáticos. Pero aquí, en estas regiones equinocciales, en esta zona tórrida del planeta donde la naturaleza es todo exceso y sobrevenidas exuberancias, una culebra de agua no es otra cosa que una anaconda. Repito: ¡una anaconda!, que puede engullirnos y digerirnos en una sola siesta. Aparte de que por aquí también abundan las mapanares, las tigras mariposas y la cuatronarices.
Recuerden nada más aquel film, titulado precisamente Anaconda, que sembró el terror en las salas de cine, aunque ello se debió más que todo a lo espantosamente pirata del guión y la realización.
Guión pirata también se llamaría esa cantinela de que el bolívar fue traído a menos "para defender nuestra moneda y fortalecer la economía". Consigna que se enreda como una víbora de mar y dudo que por aquí pueda pasar. Primero veremos deslizarse, digo yo, una anaconda por el ojo de una aguja. Y, créanme, hasta sobrará hueco.