Muy pocos venezolanos, una minoría ínfima con toda certeza, han tenido el privilegio de ver en acción a Félix Hernández, el valenciano de cuna humilde que con un contrato de 175 millones de dólares se acaba de convertir en el lanzador mejor pagado de las Grandes Ligas
Qué desperdicio. Muy pocos venezolanos, una minoría ínfima con toda certeza, han tenido el privilegio de ver en acción a Félix Hernández, el valenciano de cuna humilde que con un contrato de 175 millones de dólares se acaba de convertir en el lanzador mejor pagado de las Grandes Ligas, gracias a sus rectas, curvas, cambios y sliders imbateables. Es una lástima, porque un portento de pitcher como éste no nace todos los días.
Al "Rey", así apodado en Estados Unidos antes de llegar a la adultez, le bastaba con su porte y tamaño para imponer respeto, lo que complementaba a la perfección con sus letales lanzamientos desde la lomita.
Con tal combinación de facultades, sin desestimar el "ojo clínico" de los scouts (Luis Fuenmayor, Pedro Ávila y Emilio Carrasquel), no era de extrañar que llamara fácilmente la atención de los buscadores de talento desde bien muchacho.
La fama del maiceado jovencito derecho se extendió rápidamente de afuera hacia adentro. Desde Seattle, sede de los Marineros, el equipo que tuvo la fortuna y la sapiencia de firmarlo a los 16 años con un bono de casi 800 mil dólares, hasta Barquisimeto y de allí al resto de Venezuela.
Allá en el norte, ni cortos ni perezosos, comenzaron a tratarlo temprano como a una joya sin pulir, a cuidarlo como un purasangre recién nacido. Y empezaron las órdenes dirigidas a los Cardenales de Lara, su divisa criolla, para que lo llevaran poco a poco. A limitarle los pitcheos y esas cosas.
A los 17 años, imberbe adolescente, debutó con los pájaros rojos y las escasas veces que subió al box deslumbró con envíos por sobre las 100 millas y con su físico de 1,90 y unos bien distribuidos 90 kilos.
En esa temporada 2003-2004, la única en la que hasta ahora ha participado aquí, Hernández lanzó seis juegos y 27.2 innings, ganó uno y perdió otro, permitió 29 hits y 13 carreras limpias, dio cinco boletos, ponchó a 21 bateadores y dejó su efectividad en 4.23. Eso fue todo, prácticamente nada.
Los fanáticos que lo vieron alguna vez, bien por ellos. Quienes no tuvieron la suerte, dada su condición de as y millonario, difícilmente puedan hacerlo de nuevo, al menos que tomen un avión.
El 18 de noviembre de 2003, a dos días de haberse anotado contra el Magallanes su primero y único triunfo en la LVBP, el fenómeno estuvo en el Universitario para un juego entre Lara y La Guaira. No lanzó esa noche, pero pudimos entrevistarlo para este periódico. Impresionaron su corpulencia, madurez y facilidad de palabra, no muy comunes en un chamo de 17.
Para aquel entonces todavía no era el Rey, pero varios elementos en torno a su figura lo hacían noticioso. Era el pelotero de menor edad que actuaba en el torneo.
Un "niño" que se tuteaba en la Liga con jugadores consagrados, equiparándose a lo que habían hecho sólo superestrellas como Alfonso Carrasquel y Miguel Cabrera, entre otros. Y luego estaba todo el "celo" y la fe ciega que los Marineros tenían depositada en su persona. Por algo sería, así que por donde se viera Hernández era más que entrevistable.
El joven ya enseñaba madera de futuro monarca. Mostraba las armas que lo convertirían en estelar serpentinero y dejaba rastros de su parecer sobre el valor del dinero.
Claro, después de tantos innings transcurridos, ocho contiendas en las Grandes Ligas y a los 26 años cumplidos, las cifras monetarias son abismalmente diferentes, al igual que son distintas las necesidades e intereses del deportista.
"Era magallanero, pero nunca me contactaron. Mi ídolo era, y todavía es Freddy García, pero cuando jugué por primera vez contra ellos sólo me enfoque en ganar.
Me sentí muy bien profesionalmente. Me gusta el beisbol desde que era un niño y como a los 15 años todos me decían que tenía condiciones para ser pelotero profesional". Más claro no podía estar el novato en lo que a la parte competitiva se refería.
Y en el aspecto financiero también lucía enfocado. Destacó su contratación inicial con Seattle. "Esa firma nos cayó muy bien a toda la familia. Mi padre era gandolero, pero ahora dejó de serlo gracias a mi trabajo. Además, otro hermano mío (Moisés, igualmente pitcher) también ya es profesional y somos una gran ayuda en la parte económica".
Desde aquella zafra hasta el pasado miércoles, cuando el gerente general de Seattle, Jack Zduriencik, y el Rey firmaron el contrato más caro de la historia para un pitcher, ha pasado una década.
Hasta el presente, y aparentemente lo será hasta el 2019 cuando vence el convenio, ha sido un "matrimonio" feliz. Una luna de miel entre el equipo-empresa que ambiciona ganar un título de la mano de su pelotero insignia y el "empleado" que económicamente hablando ha resuelto su futuro y el de su familia.
"A la gente de Seattle, a toda la gente de Seattle que confía en mí, que cree en mí, no voy a decepcionar a nadie; no firmé por el dinero, estoy aquí porque amo a Seattle", afirmó Hernández. Zduriencik no se quedó atrás. "Cuando inviertes, te preguntas en qué estás invirtiendo. Este es nuestro muchacho, lo conocemos mejor que a nadie. Cuando tienes eso frente a ti, esos son los tipos de compromiso que quieres tener". Está más que entendido, cuando hay 175 millones de dólares de por medio ninguna palabra sobra.