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Mutatis Mutandi | 16/02/2013 | 2 Comentarios
Manual para deshonestos
Antes de la devaluación, economistas vinculados al gobierno denunciaron la existencia de un complot para esparcir artificiosamente la idea de la debilidad de la moneda nacional. El bolívar, decían Giordani y otros funcionarios, era una moneda estable
ALONSO MOLEIRO
Giordani-Merentes
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Antes de que la devaluación del bolívar se consumara, algunos economistas vinculados al gobierno, empeñados tenazmente en negar el rumor, denunciaron la existencia de un complot para esparcir artificiosamente, con fines inconfesables, la idea de la debilidad de la moneda nacional, sometida hace unos años a una comentada liposucción de ceros para hacerla aparecer como "fuerte".

El bolívar, decían Giordani y otros funcionarios, era una moneda estable: su reciedumbre descansaba en el indiscutible registro de varios trimestres consecutivos de crecimiento económico que apuntalaban el desempeño económico.

Existía inflación, cierto, pero esta tenía componentes especulativos. El capitalismo voraz no permitía al gobierno terminar de hacer su trabajo.

El pronóstico de los "profetas del desastre", satanizados con tanto deleite por Venezolana de Televisión, se consumó: el viernes anterior al carnaval, un rabioso Giordani se le presentó a la prensa disparando contra la crisis griega, las calificadoras de riesgo, la burguesía importadora, las transacciones irracionales y el capitalismo salvaje.

Apenas tuvimos tiempo los televidentes para interpretar que la devaluación de la moneda formaba parte de una decisión tomada por la burocracia chavista en virtud de que lo que tantas veces se les dijo era cierto: que el volumen incontrolable de gastos de parte del Ejecutivo ­gastos que incluyen un irresponsable sistema de dádivas y subsidios a países aliados del chavismo­ era insostenible, que el déficit fiscal de las cuentas estatales es gigantesco, y que no hay economía, ni siquiera ésta, apuntalada por un precio petrolero superior a los 100 dólares el barril, que sostenga un manejo tan improvisado de sus recursos.

La devaluación de la moneda ha sido, de nuevo, enmascarada bajo un artificio denominado "ajuste cambiario".

Como en el gobierno nadie está dispuesto a asumir responsabilidades políticas, se ha acudido, entonces, al más deshonesto de todos los argumentos: trasladar la carga de la culpa a los agentes económicos, incluyendo el empresariado: esos mismos que fueron a incontables programas de opinión a explicar los fundamentos de una estrategia económica destinada a fracasar en cualquier parte.

El esfuerzo que hace el gobierno para defenderse de lo que hizo es de una bajeza incalificable. Un intento desesperado de presentarse como víctima de una "guerra económica", orquestada presumiblemente en el extranjero, con el oscuro propósito de obtener dólares y hacer negocios a espaldas de la esperanza popular.

Bajo este presupuesto, estructuralmente deshonesto, vienen al remolque un manojo inconexo de reflexiones destinadas a hacernos creerle al Ejecutivo que la medida de devaluar es, después de todo, una decisión sana, destinada a favorecer el aparato exportador, proveer de dólares al pueblo y acabar con los privilegios en Venezuela.

La engañifa ha sido acompañada por una andanada mediática de algunos periodistas y funcionarios públicos militantes de la causa del gobierno, quienes, acicateados con la convicción de los ignorantes, han disparado por la televisión y las redes sociales de forma desesperada contra todo lo que se mueva con el objeto de eximir de responsabilidad alguna al gobierno del cual son irremediables dolientes.

El libreto es el mismo que ha inspirado durante décadas a todas las ejecutorias de la ultraizquierda: el gobierno bolivariano es un ente desmayado e indefenso, eterna víctima de cuanto complot se registra en este mundo, incapaz de quebrar un plato a causa de sus decisiones, y que, obligado a tener la razón en cualquier circunstancia, no tiene porqué presentar disculpas, o, al menos, asumir la responsabilidad de lo que hace ante el país. Asumir la responsabilidad: actor con gallardía y seriedad, conversar con agentes económicos y reajustar decisiones a partir de la conquista de un diagnóstico compartido.

Poco les importa constatar cómo, acá mismo, en el vecindario latinoamericano, varias naciones, gobernadas por formaciones de izquierda, fortalecen su entorno industrial, orientan sus inversiones, dominan la inflación y le otorgan bienestar a su pueblo a partir de la fragua de esquemas cambiarios flexibles, correctamente alineados con políticas monetarias y fiscales coherentes y complementarias.

Mientras Jaua, Maduro y otros funcionarios siguen propalando estupideces para engañar incautos, nuestro aparato productivo muestra más debilidades que nunca, se fortalece el desabastecimiento y la inflación se anuncia como un mal crónico. Muy lejos de estar dominado.

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