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Protagonistas | 15/02/2013
RONALD DWORKIN
El filósofo de la dignidad humana, conocido polemista, debatió desde el rigor de la teoría jurídica sobre el aborto, la eutanasia o la igualdad, falleció este jueves a los 81 años
Ronald Myles Dworkin
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Ronald Myles Dworkin, falleció a los 81 años, recibió un extenso reconocimiento como el más original e influyente filósofo del derecho del mundo de lengua inglesa.

En sus libros, en sus artículos (especialmente en la New York Review of Books) y en su docencia, en Londres y Nueva York, desarrolló una poderosa y erudita exégesis del derecho y exploró cuestiones candentes y de gran interés público —tales como, por ejemplo, la forma en que el derecho debería abordar asuntos raciales, el aborto, la eutanasia y la igualdad— de forma accesible a los lectores no especializados.

Sus argumentos legales eran sutiles aplicaciones a problemas específicos de una filosofía liberal clásica que, a su vez, se basaba en su creencia de que el derecho debe derivar su autoridad de lo que la gente corriente reconoce como virtud moral.

Dworkin estudió Filosofía (con Willard Van Orman Quine en la Universidad de Harvard e, informalmente, con J. L. Austin en la de Oxford) y Derecho en Oxford y Harvard. Trabajó como asistente del gran juez y jurista estadounidense Billings Learned Hand y ejerció la pofesión como asociado en la gran firma de Wall Street Sullivan & Cromwell, antes de enseñar Derecho en las Universidades de Yale y Nueva York, así como en la de Oxford y en el University College de Londres.

Esta amplia formación y práctica de la profesión, que agudizó la capacidad analítica de un intelecto excepcional, le permitieron, ya desde muy joven, desafiar a las figuras más eminentes del mundo del derecho y la jusprudencia, incluidos Hand y H. L. A. Hart, el gran exponente del positivismo jurídico en Oxford.

Para Hart, el derecho es un sistema de normas formales y el razonamiento legal no requiere recurso alguno a la moralidad. De forma diametralmente opuesta, Dworkin basaba sus teorías jurídicas en los derechos humanos, como expuso en 1977 en su primer y más influente libro, Los derechos en serio (Ariel, 2002), en el que proponía una alternativa tanto al positivismo jurídico de Hart como a las recientes teorías del filósofo de Harvard John Rawls.

Dworkin pasó buena parte de su vida inmerso en la controversia legal y filosófica, en las que demostró ser un campeón en ocasiones acerado, que defendía sus ideas con una contundencia que sorprendía a quienes le conocían como afectuoso marido, padre y amigo.

Nunca dejó de ser un incombustible y orgulloso demócrata liberal, de inconmovible lealtad a la tradición del New Deal establecida por su héroe, Franklin D. Roosevelt, incluso aunque los adeptos a esos ideales fueran cada vez más escasos. Es posible que ese desplazamiento del centro político de gravedad bajo sus pies le privara de una carrera más destacada como intelectual público. Dentro de su propio campo, el del punto de encuentro entre derecho y filosofía, su reputación casi carecía de rivales.

Técnicamente, fue desafiado dentro de ese campo por partidarios de otras doctrinas; por ejemplo, por los seguidores de Hart, de Rawls y de Richard Rorty. Aún le criticaron de forma más acerba, por motivos políticos e ideológicos, juristas conservadores como el recientemente fallecido Robert Bork, líder de la derecha judicial en EE UU, con el que, improbablemente, impartió un curso conjunto en la Universidad de Yale durante los años sesenta. En todas estas justas intelectuales Dworkin siempre estuvo dispuesto a romper una lanza y dar lo mejor de sí mismo.

Para un hombre que conseguía, por la mera fuerza de su brillantez intelectual y su formidable capacidad de trabajo, destacar como estudioso y como abogado, Dworkin podría dar una cierta sensación de indolencia. Adoraba la compañía, charlar, la buena mesa, la música, navegar y viajar, y se movía cómodamente entre las diversas sociedades de Nueva York, Martha’s Vineyard, Oxford y Londres, lugares todos en los que tenía casa. Sin embargo, los amigos y la familia eran mucho más importantes para él que la sociedad, y quizá el trabajo, pese a su estilo de vida, fuera más importante que ninguna otra cosa.

Dworkin nació en una localidad de la costa este de EE UU. Recibió una educación en la tradición clásica y estudió en Harvard y Oxford.

Tras graduarse y trabajar con Learned Hand, uno de los jueces más eminentes de EE UU, rechazó una oferta para colaborar con Felix Frankfurter, un juez sumamente influyente del Tribunal Supremo, y en 1958 aceptó una oferta del bufete internacional neoyorkino Sullivan & Cromwell, aunque pocos años después lo abandonó para impartir clases en Oxford. En 1961 fue nombrado profesor en la facultad de Derecho de Yale, que más tarde abandonaría por una cátedra en la Universidad de Nueva York. En 1969 sucedió a Hart como catedrático de jurisprudencia de Oxford, puesto que ocupó hasta 1998, cuando aceptó ocupar el mismo cargo en el University College de Londres.

Los libros de Dworkin, muchos de ellos traducidos al español, tuvieron una influencia inmensa, particularmente en las facultades de Derecho estadounidenses. Publicó además numerosos artículos, tanto en revistas especializadas como en la New York Review of Books, pero pocos tan influyentes como la serie que publicó entre 1977 y 1978, en la que criticaba una sentencia del Tribunal Supremo de EE UU sobre un caso en el que se abordaba el extendido malestar causado por la discriminación positiva.

Dworkin había concluido hacía poco su libro Los derechos en serio, en el que atacaba el “positivismo legal”, elevando los derechos humanos por encima del derecho formal, al menos en algunos casos determinantes. “Si la cuestión de que se trate afecta a derechos personales o políticos fundamentales”, escribió “y puede sostenerse que el Tribunal Supremo haya cometido un error, un hombre estará en su derecho social a negarse a aceptar que esa decisión sea concluyente”.

Si uno ha de atreverse a resumir una vida tan rica y lúcida en una fórmula, podríamos decir que Dworkin rechazó tanto la visión tradicional, según la cual los jueces han de conformarse a la autoridad establecida, y la creencia de los liberales estadounidenses, conforme a la cual los jueces tienen que intentar mejorar la sociedad.

Dworkin siempre fue consciente de que el derecho, y sobre todo su administración, eran “una rama de la moral”. Su gran idea fue situar la dignidad humana en el centro de este sistema moral. “Si logramos llevar una vida buena”, escribió en una ocasión, “haremos de nuestras vidas pequeños diamantes en las arenas del cosmos”.

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