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Cronicario | 15/02/2013
La guerra llama
El Ejército de El Asad bombardea los suburbios de la capital siria. Los rebeldes y las fuerzas del régimen combaten a ocho kilómetros del centro
MARIELA RUBIO / El País
Guerra en Siria
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Los rebeldes sirios han dado a su ofensiva sobre Damasco el épico nombre de La Gran Epopeya. El régimen de Bachar el Asad no la ha bautizado, pero actúa como si fuese La Batalla Definitiva.

Desde que el Ejército Libre Sirio (ELS) se hiciera fuerte la semana pasada en el distrito de Jobar, a menos de cuatro kilómetros de la Gran Mezquita de los Omeyas, el Ejército lo bombardea sin escatimar munición.

Durante el día, los cazas Mig machacan el suburbio. Al caer el sol, la artillería toma el relevo y los tanques abren fuego a destajo. La guerra, que antes se desarrollaba a cientos de kilómetros, en Homs o Alepo, se libra ahora a las puertas de la capital, a plena luz del día, ante la estupefacción y el pánico de sus casi dos millones de habitantes.

Al despuntar el alba, las columnas de humo se elevan en el horizonte formando una media luna que se extiende de sur a este, desde el distrito de Jobar, donde se libran los combates más feroces, hasta Daraya. El campo de batalla abarca también los suburbios de Mleha, Beit Sahem y Kadam. Ninguno se encuentra a más de ocho kilómetros del centro, donde la jornada transcurre bajo el eco de las bombas, cuyo estruendo hace temblar los edificios más altos.

“Hasta hace poco, todo se veía y se oía lejano. Pero ya no”, comenta agitado Marwan, un joven empleado de una cafetería en el distrito de Jaramane, que de nuevo pasará la tarde mano sobre mano porque, “sin electricidad, no hay trabajo”. Los continuos cortes de luz, tres horas de cada seis, que provocan cortes de agua por la imposibilidad de hacer funcionar las bombas eléctricas, acrecientan la sensación de sitio.

Quienes pueden permitírselo se han ido al campo. Otros han venido a refugiarse al centro, con la esperanza de ponerse a salvo. Por eso, los alquileres han subido hasta un 50% y los hoteles han colgado el cartel de completo. Una auténtica milla de oro cuya mayor riqueza es ofrecer seguridad frente a los combates que llaman ya a las puertas de la capital.

Sin embargo, cada vez es más difícil delimitar esta zona verde. Hasta hace pocas semanas, se correspondía con el distrito centro, en torno a la Ciudad Vieja, pero la ofensiva rebelde y la contraofensiva del régimen la han hecho menguar sensiblemente. “El centro de Damasco ha encogido. Empieza donde está usted y termina en el próximo check point”, explica con una sonrisa el taxista Mohamad. A solo un kilómetro, en la plaza Al Abasiyin, un fuerte cordón militar delimita hoy la frontera.

Los continuos controles de seguridad provocan interminables atascos a cualquier hora del día. Atrapados en sus vehículos, los conductores guardan silencio cuando el estruendo de las bombas, que retumba como un trueno, hace enmudecer los transistores. “¿Puede imaginarse un lugar peor donde estar?”, pregunta Mohamad, ya perdida la sonrisa.

En la calle Abou Roumane, donde se respira un falso aire de normalidad, la élite de la sociedad damascena finge no oír los bombardeos mientras degusta el té de la tarde. Por la noche, junto al Parlamento, el eco de las explosiones se mezcla con el sonido a todo volumen de la televisión de un cafetín cuya clientela sigue el Real Madrid-Manchester.

Desde el amanecer, decenas de personas hacen cola frente a la oficina de inmigración en el distrito de Baramke. Aunque aquí las bombas caen peligrosamente cerca, nadie se mueve un milímetro de la cola para no perder el turno. Esperan conseguir un pasaporte, el salvoconducto que les permitirá escapar de un país que desde hace dos años se desangra en una carnicería interminable.

La cola ante la oficina de inmigración es aún mayor que la que se forma ante la panadería pública de Mezze, donde el régimen distribuye diariamente pan barato para casi 7.000 personas. El precio de una bolsa de pan en el mercado ronda las 100 libras sirias, pero aquí se vende por 15. Muchos clientes vienen de pueblos vecinos que han quedado desabastecidos de los productos más básicos a causa de los combates.

La panadería de Mezze permanece abierta 24 horas al día, pero la espera es larga y a veces se caldean los ánimos. “Al Asad nos da pan, los rebeldes nos lo quitan” grita un anciano. Varios compañeros de cola asienten. Alaban la bondad del presidente, como si subvencionase el pan con su patrimonio personal. “El Gobierno tiene aviones y no tardará en vencer”, pronostica Samir señalando al cielo, a punto ya de recibir su ración. Así debería ser. Pero la cada vez mayor proximidad de los combates al centro de la ciudad demuestra que la aplastante ventaja militar del régimen no está consiguiendo inclinar la balanza a su favor de manera definitiva.

“¿Quién está ganando? Solo Dios sabe”, se responde resignado Ibrahim Halabi, director de una pequeña inmobiliaria bajo el puente Victoria, mientras observa el temblor que la última explosión provoca en su taza de café. “Puede que solo lo sepa el 10% de los que luchan contra el régimen y el 10% de los que lo defienden. Los demás no nos enteramos de nada. Quizá sea mejor así”.

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