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Reportaje | 14/02/2013
Tan cerca y tan lejos
Los escándalos en la Iglesia y una serie de torpezas por parte de Benedicto XVI precipitaron su renuncia. Hay una lección que puede servir a políticos latinoamericanos: Nadie es irreemplazable en algún cargo
MARIO SZICHMAN
god hates people
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Uno de los momentos más bajos en la historia del pontificado de Benedicto XVI ­el primer Papa en renunciar al trono de San Pedro en más de seis siglos­ se registró durante su reciente visita a México y Cuba. Funcionarios del Vaticano dijeron que fue la gota que colmó el vaso y persuadió al pontífice, de 85 años, que debía renunciar y dejar la tarea de limpiar los establos de Augias en seres más jóvenes.

Cuando el Papa visitó México en marzo de 2012, lo persiguió el fantasma del reverendo Marcial Maciel, quien fundó la orden religiosa Legionarios de Cristo, una organización muy conservadora que tenía fuertes vínculos con el papado de Juan Pablo II.

Además de recibir el saludo de millares de fieles, el Papa tropezó en su visita a México con pancartas de grupos de víctimas de abuso sexual por parte de clérigos, especialmente Maciel. Los grupos convocaron a conferencias de prensa para denunciar la supuesta pasividad de la Iglesia ante los escándalos.

Maciel no estuvo presente para saludar al Papa porque estaba bajo tierra desde el 2008. Pero su legado persiguió al pontífice en su gira menos que triunfal.

Según investigaciones hechas por la Iglesia, el padre Maciel dedicaba parte de su tiempo a violar seminaristas, a dejar mujeres embarazadas, y a consumir drogas como si no existiera el mañana.

Hay que reconocer que el Papa fue en realidad víctima de un doble estándar.

Aunque siempre fue muy discreto para revelar en público las denuncias de abuso sexual por parte de sacerdotes en Estados Unidos, Irlanda y en otras naciones europeas ­en ocasiones se practicaba más sodomía en ciertas congregaciones católicas que en un buque pirata­ lo cierto es que él fue responsable de la caída del padre Maciel. Antes de llegar al trono de San Pedro, el cardenal Ratzinger ordenó reabrir la investigación sobre la doble vida de Maciel, y en definitiva, precipitó su desplome. El problema, señalaron periodistas italianos, es que el Papa no formuló condenas contra Maciel cuando recorrió México. Y eso enfureció a las víctimas de abuso sexual en muchas capitales del mundo.

FALTA DE COMUNICACIÓN
 A diferencia de su predecesor, Benedicto XVI nunca fue un experto en comunicación social. En general, cada vez que abría la boca causaba un escándalo. Apenas asumió el papado, en el 2006, su lengua desató disturbios en varias naciones musulmanas tras mencionar a un emperador de Bizancio quien dijo que el Islam había traído al mundo cosas "diabólicas e inhumanas".

Varias personas murieron en actos de protesta. El Vaticano lamentó los incidentes, y dijo que las palabras del Papa habían sido mal interpretadas.

Tres años después, Benedicto XVI levantó la excomunión de cuatro obispos cismáticos. Pero el problema fue que uno de esos obispos había formulado comentarios antisemitas y negado la magnitud del genocidio nazi de judíos, gitanos y otras minorías. Muchas personas se sintieron ofendidas por la medida papal. El Vaticano tuvo que volver a explicar que el gesto del pontífice tenía como propósito sanar heridas en la iglesia, no echar sal en la herida de los sobrevivientes del nazismo.

EL MAYORDOMO TUVO LA CULPA
Más allá de los obvios problemas de comunicación, Benedicto XVI tuvo también graves problemas de incomunicación. No podía entender por qué había que librarse del cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado del Vaticano, la segunda figura más importante de la Santa Sede.

Robert Mickens, columnista de The Tablet, un influyente semanario católico que se publica en Londres, dijo que las denuncias de escándalo que afectan al Vaticano son resultado de que el Papa "no le consulta a nadie", y el mayor problema de su pontificado "es haber elegido a Bertone como secretario de Estado e insistido en conservarlo en el puesto".

En enero de 2012 fueron publicadas una serie de cartas en la prensa italiana denunciando corrupción y mala administración de las finanzas de la Santa Sede, especialmente en el otorgamiento de contratos de construcción y culpado a Bertone de negligencia.

Dos años antes, fiscales en Roma habían embargado 30 millones de dólares del banco del Vaticano en una investigación vinculada al lavado de dinero. También se acusó al cardenal Bertone de contactos con círculos políticos italianos. Y como se sabe, la sospecha de que la mayoría de los políticos italianos tienen más contactos con la mafia que con la población en general, son puras conjeturas.

Una de las cartas, firmada por el arzobispo Carlo Maria Vigano, un alto funcionario de la Curia, pidió tanto al Papa como al cardenal Bertone que le permitieran continuar en la tarea de supervisar las finanzas de la Santa Sede.

Es evidente que Vigano había investigado las denuncias de corrupción y hallado evidencias muy comprometedoras. Pero la reacción del Papa fue mantener a Bertone en el cargo, y despachar a Vigano a Washington, como nuncio papal, donde su presencia es imperceptible.

Al final, se descubrió que el encargado de robar documentos confidenciales del Vaticano que terminaron en las ávidas prensas de los diarios italianos, fue el mayordomo del Papa, Paolo Gabriele.

El mayordomo fue condenado a 18 meses de arresto domiciliario, pero el Papa lo perdonó durante las Navidades.

Entre tanto Massimo Franco, un columnista del periódico Corriere della Sera , reveló que el pontífice se hallaba muy afligido por un informe secreto recopilado por tres cardenales y nombrados a su pedido, cuya tarea era investigar no el escándalo, sino quien había filtrado la información a la prensa.

Muchos tratan de evaluar cual será el legado del Papa. Pero por ahora, hay una lección que puede servir a muchos políticos latinoamericanos que se aferran al poder como si fueran garrapatas: nadie es irreemplazable en el cargo. Ni siquiera el Papa, cuyo cargo se presumía vitalicio.

 
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