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Otra mirada | 06/02/2013
El gran hermano
El totalitarismo es la imposición del orden por medio de la capacidad potencial de destruir al disidente. La gente se siente vigilada, culpable, incapaz de tomar iniciativas o de pensar por cuenta propia
MIGUEL ÁNGEL LATOUCHE
Av. Bolívar
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Era una fresca mañana del año 35 del siglo pasado, en esa Venezuela del paludismo que había transitado a lo largo de la "noche oscura" del gomecismo. Mi Abuelo se levantó temprano, al cantar de los gallos y se disponía a la faena en una pequeña hacienda de café que había desarrollado en Montalbán al norte del estado Miranda. Los rumores acerca de la salud del dictador eran confusos, se trataba de un país de carreteras incipientes, plagado de paludismo y de miedo.

La gente se había vuelto cuidadosa, sabía que cualquier desliz podía costarle la vida. Gómez había impuesto el orden en este país levantisco, como "un cuero seco", a sangre y fuego. El Estado Nacional se había estructurado en medio de un profundo silencio. Las sociedades totalitarias son profundamente silenciosas.

Mi tío Ricardo, el mayor de los hermanos de mi padre, había ensillado uno de los caballos y preparado bastimento, abrió la puerta de tranca y se cruzó con el viejo, apenas cruzaron palabras. "Murió el bagre", dijo mi tío, el viejo le echó la bendición y le pidió que se cuidase, mientras lo veía alejarse cabalgando. Sabía que no podía hacer nada para detenerlo, cada uno tiene su propio acto iniciático.

Ante los rumores de la muerte de Gómez muchos jóvenes del campo se levantaron en partidas que cazaban ganado de las haciendas del dictador, se trataba de un acto liberador, de una reivindicación de ese país palúdico y pobre que dejó como herencia el "amo del poder". Es el caso que a los pocos días llegó mi tío con media res, la puso sobre la mesa de la cocina y le dijo a Justina, mi abuela, "allí tiene para los muchachos", todo esto antes de tomar un poco de café y partir de nuevo. Cuenta mi padre, para entonces un niño de unos diez años que recuerda cómo terminaron arrastrando trabajosamente la carne maciza, llevándola al monte y abandonándola para que se la comieran los zamuros.

A mi abuela le daba terror que los hombres de Gómez llegaran a la casa y encontrarán allí la evidencia sacrílega de una posesión del gendarme. Era preferible pasar hambre que ser considerado un enemigo del poder. Todo este asunto que pertenece a la tradición familiar viene a cuento en medio de la lectura de 1984, esa obra genial de George Orwell que fue publicada en 1949 como una crítica a la sociedad totalitaria.

Acá son necesarias un par de consideraciones: Por una parte debe quedar claramente establecido que la característica principal del totalitarismo es el miedo, es la imposición del orden por medio de la capacidad potencial de destruir al disidente. La gente se siente vigilada, culpable, incapaz de tomar iniciativas o de pensar por cuenta propia. La gente termina entrampada en una lógica paternalista que no le permite emanciparse para hacerse cargo de sí misma. La gente termina atrapada por un infantilismo sodomita.

Allí donde el poder se hace omnipresente desaparece el ciudadano, desaparece la capacidad para pensar y para crear. A mí siempre me llamó la atención la manera como se va eclipsando la literatura rusa, que nos legó obras fundamentales en el siglo XIX, bajo la nomenclatura soviética. Se impone una lógica de vigilancia permanente que me hace pensar en los tres comisarios de Héctor Poleo. Los comisarios no tienen rostro pero siempre están allí vigilando.

El otro punto a considerar es el silencio. La gente termina viviendo en medio del susurro. Nadie levanta la voz. Se vive en medio de un discurso público sin tonalidades, impuesto desde la lógica del poder, que no permite la discusión de las ideas. Se trata del secuestro de lo público, de la feudalización de las relaciones sociales, del establecimiento de una lógica vertical en la cual "el Gran Hermano" decide por nosotros, piensa por nosotros, indica el camino a la felicidad.

No hace falta hablar mucho porque no hace falta pensar mucho, es mejor callar y resignarse antes de correr el riesgo de ser vaporizado. De la obra de Orwell hay muchas cosas que llaman la atención: la vigilancia permanente, la existencia de una policía del pensamiento, ergo, pensar es un delito.

La celebración de la semana del odio. La búsqueda de culpables, la desmoralización de los individuos, el miedo a sentir o a pensar, la alienación de los individuos por vía de la propaganda permanente, el espionaje, la sospecha, la traición, el fanatismo frenético, los castigos, la imposibilidad de la diferencia. Se trata de una sociedad utópica que causa susto, se trata de una posibilidad terrorífica. Un texto genialmente bien escrito que vale la pena leer en los tiempos en los que vivimos.

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