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Opinión | 06/02/2013 | 6 Comentarios
El circo
El acto alocado y triste del 4F sirvió, no obstante, para mostrar otro elemento clave del binomio Maduro-Diosdado: la evidente debilidad de sus odios. Valiéndose de la gratuita impunidad del fanatismo que han sembrado, los sucesores de Chávez apuestan a la polarización política por la vía de la confrontación violenta
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A la hora en que escribo estas líneas, ignoro cuantos aplausos habrá cosechado “La caída de las máscaras”, obra que un eufórico presidente de la Asamblea Nacional prometió representar en tanto que jefe de ceremonias en lo que ha denominado su “batalla ideológica”.

De modo que me limito al acto de ¿celebración? de los 21 años del frustrado golpe del 4F (intentona que dejó  300 muertos), y constituyó un adelanto de lo que nos espera si la fórmula Maduro-Diosdado se apodera definitivamente del paisaje nacional, una vez que Hugo Chávez haya pasado a la historia.

La “celebración” del 4F me trajo por instantes recuerdos de la pieza Acto Cultural de Cabrujas. Un Nicolás Maduro disfrazado de Capriles y un Diosdado embutido en uniforme militar, fungiendo como animadores de una función calamitosa y desordenada, donde los asistentes –voluntarios o no– debieron regresar a casa con el amargo pálpito de que la revolución bolivariana está llegando a su declive moral y político.

Primero, la odiosa cadena radial-televisiva, desde el mediodía hasta las 6 de la tarde, tachonada con vuelos de aviones por los cielos de Caracas, mientras el ciudadano de a pie –ese que trabaja y realiza diligencias– cumplía ajeno a sus tareas ordinarias, como quien pasa frente a un templete, observa, y se dice “tengo cosas que hacer”.

Horas más tarde y para vergüenza de la misma FAN, el desfile de generales que, con voz atiplada y atropellos al castellano, hicieron gala de su apasionado amor por Chávez, al tiempo que otro de los golpistas olvidados reaparecía para narrar sin gracia y al tope del hastío la gesta en la que unos soldaditos, bajo engaño, fueron traídos de madrugada a Caracas en unos autobuses para finalmente morir en la frustrada toma del Palacio de Miraflores.

Fue entonces, cuando tras los gritos de “Diosdado, Maduro, el país está seguro” declinó la fatiga, y reapareció con ademanes de predicador evangélico Winton Vallenilla en el peor papel de su extraviada carrera artística.

Nadie lo tomó en serio. No tanto por su repentina conversión a la ideología totalitaria, sino por los exagerados ademanes de locutor de concursos.

Trapecista en su propia miseria, Vallenilla sin embargo recuperó el brillo de la tarde, antes de que Diosdado ejercitara un difícil juego discursivo con palabras que terminaban en “n” y Maduro, seguramente jubilado de las clases de lectura en primaria, narró con apremio y desconcierto la larguísima carta del líder que nadie entendió.

El acto alocado y triste del 4F sirvió, no obstante, para mostrar otro elemento clave del binomio Maduro-Diosdado: la evidente  debilidad de sus odios. Valiéndose de la gratuita impunidad del fanatismo que han sembrado, los sucesores de Chávez apuestan a la polarización política por la vía de la confrontación violenta. 

La falta de imaginación y de argumentos los mueve a ser crueles, al tiempo que invocan el humanismo de la revolución. Por suerte, la gente los percibió con esa sensación de indolencia y aburrimiento como si algo les faltara, y Maduro y Diosdado se los impedía ver.

 
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