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| 05/02/2013
Dolor sin nombre
María Herrera Magdaleno ha sufrido la desaparición de cuatro de sus seis hijos desde 2008. Su caso es uno más entre las miles de víctimas de la violencia que azota México
LUIS PRADOS / El País
Hijos desaparecidos
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"Cuando una mujer pierde a su marido, se le llama viuda, y cuando un hijo pierde a un padre se dice que es huérfano, pero ¿qué nombre tenemos nosotros, a los que nos han desaparecido hijos, hermanos y maridos? Es un dolor indescriptible, es un dolor sin nombre”, dice arrasada por las lágrimas María Herrera Magdaleno, que desde hace cinco años busca incansable a cuatro de sus hijos varones, secuestrados probablemente por el crimen organizado en 2008 y 2010 en dos incidentes distintos en los Estados de Guerrero y Veracruz. Doña María, como se la conoce, es una más entre las miles de víctimas de la violencia que azota México.

“Somos de Michoacán, pero nos han convertido en nómadas”, afirma, entrevistada en el Distrito Federal, donde vive en precario y semioculta con los únicos hijos que le quedan, Juan Carlos y Rafael. “Otro golpe más no sé si lo soportaría”. “Mis hijos se han consagrado en cuerpo y alma a buscar a sus hermanos, pero solo han encontrado injusticias, tropiezos con las autoridades y amenazas de muerte”.

Jesús Salvador, de 25 años, y Raúl, de 19, dedicados a la compra y venta de metales, desaparecieron junto con otros cinco compañeros en Atoyac de Álvarez (Guerrero, al oeste del país) el 28 de agosto de 2008. A los seis meses murió el padre, devastado por la pérdida, y el 22 de septiembre de 2010 fueron secuestrados Gustavo, de 27 años, y Luis Armando, de 24, en una carretera de Poza Rica (Veracruz, al este), una zona dominada por entonces por el cartel de los Zetas. Nunca más se ha sabido de ellos.

Pero esta versión mexicana del soldado Ryan no ha puesto en marcha hasta ahora ninguna movilización oficial. “El dolor más fuerte no es solo por sentirnos ignorados por el Gobierno, sino por la sociedad”. Doña María piensa las palabras, su llanto es casi inaudible. “La sociedad está inerte. La gente no se da cuenta de que solo está esperando su turno en la desgracia”. “Los culpables son los Gobiernos de los Estados, que se niegan a dar información y a investigar. Ellos saben qué está pasando con la delincuencia organizada en este país y nosotros sabemos por qué no buscan a nuestros seres queridos. Tienen miedo de hacer averiguaciones por si les aparece un compadre”.

Doña María, de 65 años, recibe apoyo del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, fundado por el poeta católico Javier Sicilia y ha participado en las tres caravanas —dos por México y una por Estados Unidos— organizadas para concienciar a las autoridades y a la opinión pública sobre las víctimas de la violencia.

También asistió en otoño de 2011 a la reunión que el entonces presidente Felipe Calderón mantuvo con las organizaciones de víctimas en el Castillo de Chapultepec de Ciudad de México. “Calderón me dijo que iba a esclarecer mi caso, mostró muy buena voluntad, y su mujer, Margarita Zavala, también. Pensé que me iba a entregar a mis hijos. No fue así. Sigo en este túnel de dolor. Al parecer, todo ha sido en vano. Ahora esperamos que el nuevo presidente se ponga las pilas y dé una respuesta a esta situación”.

El Gobierno de Enrique Peña Nieto ha aprobado la Ley de Víctimas, que fue bloqueada en el Congreso por la anterior Administración, y bien recibida por Sicilia como “un primer paso” en la dirección correcta, y su secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, declaró recientemente su voluntad de encontrar a todos los desaparecidos. No será fácil. Las desapariciones continúan y su número supera las 24.000, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) en estos seis años de guerra contra el narcotráfico, en la que han muerto más de 60.000 personas.

“Si algo les pasa a mis hijos Juan Carlos y Rafael culparé al Gobierno. Pasan los años, pero el dolor es igual de fuerte. Le suspende a una la vida…” Doña María se quiebra y la conversación no puede seguir.

Va para cuatro años que Melchor Flores Landa recorre el país con un cartelón con la foto de su hijo, “El Vaquero Galáctico”, desaparecido el 25 de febrero de 2009 en Monterrey (Nuevo León). Tenía 26 años. Era artista callejero, llegó a actuar en televisión y hasta pudo comprarse una moto Triumph. Había sido detenido en varias ocasiones por no tener permiso para actuar en la vía pública. La última vez el 19 de enero. Poco más de un mes después desapareció en compañía de otros dos hombres, Gustavo Castañeda Puentes y Andrés Batres Sánchez, un expolicía federal. Flores asegura que, según un testigo, los tres hombres fueron metidos en un coche patrulla. Para él, convencido de la complicidad de los policías con la delincuencia organizada, Batres es la clave: nadie ha denunciado su desaparición, nadie lo busca. “Ellos saben qué pasó, pero todos se hacen pendejos. Hay un policía detenido desde hace un año, pero se niega a hablar”.

Melchor era vendedor a domicilio de utensilios y aparatos para el hogar en el Estado de México, pero desde hace tres años no trabaja. Solo busca a su hijo. Recuerda su última conversación con El Vaquero, como lo llama. “Me dijo que le estaba echando muchas ganas al trabajo, que le estaban saliendo contratos y que quería que yo estuviese orgulloso. Yo le dije, pórtate bien cabrón, no quiero chingaderas. Sé que no me mintió. Si se hubiera ido a EE UU me lo hubiera dicho. Puede estar muerto o vivo al servicio de vete a saber quién”.

El marido de María Salvadora Coronado Navarro desapareció el 27 de mayo de 2011. Mauricio Aguilar Leroux había salido de Saltillo, la capital de Coahuila, donde residían, rumbo a Córdoba (Veracruz) para acompañar a su hijo a realizar una prueba en un equipo de fútbol. Viajaba por la carretera que lleva del poblado de La Concepción a Cuitláhuac y nunca más se le volvió a ver. “Cuando presenté la denuncia y dije el lugar”, recuerda María Salvadora, “un policía me dijo que a esa zona la llaman el Triángulo de las Bermudas, porque allí desaparece mucha gente”. La mujer no sabe quién lo “levantó”, quizá los Zetas. Solo sabe de la sordera y dureza de corazón de las autoridades, del calvario burocrático sufrido en este año y ocho meses.

Su caso es similar al de Araceli Rodríguez, al de Cristina Jiménez y al de tantos otros miles de familiares de aquellos que en estos años, como escribió Mario Benedetti, “comenzaron a desaparecer como el oasis en el espejismo, a desaparecer sin últimas palabras”.

 
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