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Escribo y comento | 03/02/2013
Un encuentro decisivo
Aunque los encuentros entre mandatarios se fijan con antelación, Angela Merkel y Mohamed Morsi no pudieron haber encontrado un peor día para conversar sobre el destino de las relaciones entre Alemania y Egipto
FERNANDO MIRES
Merkel-Morsi
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Aunque los encuentros entre mandatarios se fijan con antelación, Angela Merkel y Mohamed Morsi no pudieron haber encontrado un peor día para conversar sobre el destino de las relaciones entre Alemania y Egipto.

Merkel, después de las 20 horas de vuelo que separan a Alemania de Chile ­donde se dedicó a hacer negocios bilaterales­ debe haber llegado muy cansada y, como ex habitante de la RDA, en estado depresivo al haber visto nombrar a un dictador sanguinario como presidente del Celac, institución que afortunadamente no sirve para nada. Morsi, a su vez, llegó a Alemania dejando detrás de sí, en El Cairo, una verdadera pastelería: La gente dándose con todo en las calles, estado de emergencia en Port Said, Ismalia y Suez y, por cierto, muertos y heridos.

Para colmo, el 30 de enero se "conmemora" en Alemania el día en que Hitler asumió el poder, y ese día los políticos convierten al Parlamento en verdadero muro de los lamentos. De este modo la visita de Morsi, la que en otras ocasiones habría sido un acontecimiento medial de magnitud, pasó a un opaco segundo lugar. Mas, a pesar de todo, fue un encuentro muy importante, tanto desde el punto de vista fáctico como del simbólico.

Morsi sigue siendo representante de la revolución democrática y popular que derribó a la dictadura militar de Mubarak y ­debido a la importancia de Egipto en la región­, símbolo de la llamada "primavera árabe". Merkel, está de más decirlo, es la representante máxima del Euro y, por lo mismo, figura hegemónica en una Europa que se autodefine en términos económicos más que políticos.

El encuentro de ambos mandatarios implicaba entonces un mutuo reconocimiento. Merkel ­mujer secularizada­ reconoce a la revolución democrática dirigida por los musulmanes y Morsi ­creyente, conservador y patriarcal­ abre las puertas de Egipto para un intercambio económico de consecuencias políticas enormes. En cierta medida se trata de un nuevo comienzo en las relaciones entre dos mundos: el europeo y el árabe.

No la tienen fácil ambos mandatarios. La relación de Alemania con Morsi pasa por la condición de que en Egipto la democracia no se convierta en un simple escenario de rituales electoralistas y los derechos humanos no sean pisoteados, como ya ocurre en algunos países latinoamericanos y en naciones post-comunistas europeas.

Pero Angela Merkel deberá armarse de paciencia. De modo previo al establecimiento de una democracia verdadera, Egipto tendrá que reconstituirse como nación política y eso no será fácil, sobre todo si se tiene en cuenta que hoy Egipto atraviesa por un periodo crítico al que podríamos denominar como de re-alineamiento de fuerzas post-revolucionarias.

Durante la revolución el alineamiento fue muy simple. A un lado los partidarios del régimen militar, contingente muy numeroso que abarcaba no sólo al ejército sino también a empleados públicos y otros sectores dependientes y clientes del Estado.

Al otro lado, estudiantes laicos, socialistas y hasta ateos, a los que en las calles se sumaron sectores religiosos y masas empobrecidas. Hoy en cambio los términos del enfrentamiento son distintos.

A un lado las organizaciones islamistas dirigidas por grupos fanáticos como los salafistas, y al otro lado los destacamentos laicos, unidos esta vez con sectores que ayer apoyaban a Mubarak.

En el medio, Morsi trata de constituir una nueva fuerza política que unifique a los sectores islámicos republicanos agrupados en su partido "Libertad y Justicia" con los sectores laicos menos radicales, organizados en el "Frente de Salvación Nacional", surgido de la revolución bajo el liderazgo de Al Baradei.

Del éxito o fracaso del proyecto "centrista" de Morsi ­hoy reflejado en el tema de la nueva Constitución­ dependerá entonces no sólo el destino de Egipto, sino el de otras naciones árabes que reconocen en el gobierno de Morsi una fuerza hegemónica.

Morsi, además, es el único gobernante de la región que maneja dos llaves: puede conversar con el gobierno de Israel y con el Hamas palestino. Y eso Merkel, quien seguramente ha discutido el tema con Obama, lo sabe muy bien. Morsi es para ellos una pieza estratégica a la que no se puede ni debe dejar caer.

A su vez Morsi sabe que si consigue el apoyo económico alemán, conseguirá de paso el respaldo político europeo y con ello tendrá una carta de legitimación frente a los sectores laicos que hoy lo combaten, a los cuales ya ha prometido ciertas concesiones.

El problema para Morsi son los extremos, ambos interesados en destruir el legado político de la revolución egipcia. No es un misterio, por ejemplo, que en la masa estudiantil movilizada en contra de Mubarak se escondían grupos ideológicos recalcitrantes quienes se denominan a sí mismos "los ultras".

En ellos actúan organizaciones que llevan a práctica actos terroristas, entre ellas el grupo Black-Bloc al que Morsi intenta poner fuera de la ley. Tampoco es un misterio que entre los "hermanos musulmanes" hay grupos islamistas cuyo odio a Occidente constituye una verdadera profesión de fe.

Si la situación económica sigue agravándose en un país que antes de la revolución ya estaba en bancarrota, es obvio que ambos extremos lograrán fortalecerse y el proyecto que intenta implementar Morsi, el de una "democracia islámica", será definitivamente destruido.

Es por esa razón que el apoyo de un país como Alemania a Egipto ­en el marco de una estrategia que sólo puede ser medida en largos plazos­ no sólo tiene para Morsi un significado económico sino, sobre todo, político.

Esos son los motivos por los cuales la apuesta de Merkel a favor de Morsi es alta y, por eso mismo, impopular. Afortunadamente Angela Merkel, además de mandataria es una estadista. ¿Podrá serlo Morsi?

 

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