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Otra mirada | 30/01/2013 | 3 Comentarios
¿La vida de Pi?
Me parece que uno debe andar como Santo Tomás, "ver para creer". El problema con los inquisidores es que creen que están en lo correcto, que su visión es incuestionable. Nos piden, bajo amenaza de ser excomulgados, que creamos en los partes médicos que nos proporcionan
MIGUEL ÁNGEL LATOUCHE
TSJ
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Justo antes de hacer mi Primera Comunión, mi Tía Amparo, Dios la tenga en la Gloria, por ese entonces una anciana de un poco más de 90 años se sentó conmigo y luego de regañarme por alguna tontería, como era su costumbre mientras enseñaba, me decía con su voz recia de mujer curtida por los años y el sufrimiento de un país rural e inimaginable que debía ser bueno, que debía cumplir los sacramentos y que una vez que tomara la ostia iba a recibir al Señor que se me iba a presentar como una imagen envolvente.

En realidad Dios se me presentó mucho después y no en ese momento. Tomé la ostia y la consumí con la inocencia de mis 11 años y me decepcionó sentir apenas una sensación de tranquilidad y respeto, me sentía movido más que por la fe, por el respeto a la institucionalidad impuesta y a las tradiciones. A veces uno hace lo que se espera de uno y nada más.

La vida pasa y va por donde va, de manera que, como en mi caso, termina uno bebiendo del racionalismo cientificista y exigiendo comprobaciones y validaciones sin pestañear. De manera que creo en Dios no porque mi anciana y querida tía abuela me hubiera dicho que existe, sino porque lo he sentido manifestado en algunas circunstancias de mi vida. No creo que los actos de fe puedan producirse sin consecuencias.

Me parece que uno debe andar como Santo Tomás, "ver para creer". Es así que me he pasado parte de mi vida cuestionando, preguntando y metiéndome en líos. No creo en los predicadores, le tengo ojeriza a las verdades absolutas que me parecen absolutamente equivocadas y cuestionables. Tampoco confío en la buena fe. Me cuesta mucho creer que la gente actúa inocentemente sin segundas o terceras intenciones.

Como ven sufro de esta patanería jactanciosa que me lleva a buscarle más patas al gato. Ah, pero no crean que soy tonto, sé que sería más fácil agarrar el catecismo y aprenderse las lecciones al pie de la letra y al caletre y recitar la lección sin hacer preguntas.

Aparecer como un carricito aplicadito e impoluto, el primero de la fila, el primero en repetir las letanías. Esa es una buena fórmula para ser ministro en los tiempos en los que vivimos. Eso y restringir el derecho a pensar con libertad.

El problema con los inquisidores es que creen que están en lo correcto, que su visión de los asuntos es incuestionable, que sus actuaciones están guiadas por una revelación divina, que responden a la Palabra revelada. No por casualidad los inquisidores son oscuros, son incapaces de reír con sinceridad, son regañones y amargados. Esconden sus rostros en las significaciones que intentan salvaguardar para la salvación de su alma y para garantizar su bienestar material, aunque jodan al resto de la humanidad.

Claro que la cosa es peor si nuestra Meca se encuentra en una pequeña Isla del Caribe. Peor, digo, si los nuevos textos sagrados se escriben a ritmo de habanera, mientras el maná va de aquí para allá y nunca viceversa. Entonces, me pregunto, cómo es que pretenden que les creamos sin más, sin que medie una fe de vida, sin que exista evidencia de que lo que dicen es verdad.

Si los altos sacerdotes dicen que el cielo es verde pues será verde, y si me dicen que la luna es roja y en ella se refleja el rostro del Che Guevara, pues no nos queda más remedio que creerles y decir amén.

Uno siente que las cosas se salen de cualquier proporción lógica: Una ministra pretende que la crisis, las muertes y la violencia que nos regaló nuestro sistema carcelario, esta vez en la cárcel de Uribana es culpa de los medios de comunicación. Como si las armas, la droga y los celulares que allí se encuentran fueran introducidos por algún periodista travieso o si los pranes formasen parte de la nómina de Globovisión o la de El Impulso.

Así las cosas, nos piden, bajo amenaza de ser excomulgados, que creamos ciegamente en los partes médicos que nos proporcionan los Altos Magistrados de la República, los Nuevos Libertadores, los Defensores de la Patria y uno que no es más que un humilde cronista se queda con las ganas de pensar, se queda con ganas de preguntar alguna cosilla, en medio del profundo silencio que se pretende imponer desde las alturas del poder.

Uno se siente un poco viviendo la Vida de Pi, ¿alguien vio la película?, náufrago en medio de un mar rabioso compartiendo un pequeño bote con un tigre hambriento. Hay gente que quiere, como en aquella vieja canción de Diomedes Díaz, que a uno se lo coma el tigre.

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