Asà ha quedado sentenciado hasta por el propio ministerio de información: la oposición, compatriotos y compatriotas, vive su Hora Loca. Esa es la comidilla del dÃa. Lo comenta el conductor con el bombero en la estación de gasolina, mientras llena el tanque por menos de lo que cuesta un marroncito
En medio de tantos sucesos sobrevenidos y la creciente incertidumbre sobre los que eventualmente pudieran desencadenarse, la población busca desentrañar las claves para anticiparse al probable escenario, el resbaloso entarimado en el que tendremos que bailar durante el primer año del "nuevo gobierno", adicionalmente prorrogado y continuado. Cuando digo bailar, aclaro, no me refiero al consabido joropo del cual fuimos advertidos hace 14 años y al que nos han querido acostumbrar en ese lapso. No, qué va.
¿Usted conoce ese baile desmembrante que llaman la changa tukky? Bueno, así. La dirigencia revolucionaria, siempre tan consecuente con su contraparte opositora, ha venido a darle su desinteresada contribución en esa búsqueda: todo está perfecto, lo que pasa es que la disidencia está lanzada a la Hora Loca, esa que ya es tradición se desata al final de la fiesta de cualquier hijo de vecino con gran desborde de samba y del plástico colorido de penachos indios, sombreros de hongo, collares hawaianos, corbatines de liguita, flautas, pitos y matracas. Y ya que de bailar se trata allá van, según ellos, la dirigencia opositora y sus seguidores, todo el mundo disfrazado, enredado en serpentinas y haciendo acompasadamente el trencito.
Así ha quedado sentenciado hasta por el propio ministerio de información: la oposición, compatriotos y compatriotas, vive su Hora Loca. Esa es la comidilla del día. Lo comenta el conductor con el bombero en la estación de gasolina, mientras llena el tanque por menos de lo que cuesta un marroncito; se hacen lenguas de ello los que padecen cuatro horas de cola para comprar un pollo; se susurra lo mismo en el velorio del infortunado al que los "colectivos" lanzaron de un piso 11 como si fuera una bolsa de desechos; lo analizan en el jet ejecutivo los viajeros cotidianos hacia Cuba, donde cogen las señas para seguir gobernando la "patria nueva" y con independencia cosmética de "segundo debut".
Aguarden, que hay otras figuras danzarinas: la revolución gasta casi 20 % más de lo que le ingresa; la lechuga verde cuadruplica el valor de la hidropónica; importamos gasolina de USA; compramos lo de otros y regalamos lo nuestro; la deuda es diez veces mayor que la que recibieron en el 1999 y nada más a los chinos ya debemos hasta el cabello y el bigote. Y en ese reino de la calma y la cordura, mire usted qué cosa, a los opositores les ha dado por descoyuntarse bailando la Hora Loca, al punto que el miércoles los cuerpos de seguridad debelaron los planes de un doble atentado magnicida, según lo anunció el titular del despacho respectivo.
Esto hay que tomarlo muy en serio. El doble magnicidio (más respeto y cuidado, señores tuiteros, con eso de "enanicidios") iba a ser dirigido nada menos que contra el señor vicepresidente de la República y el señor presidente de la Asamblea Nacional.
Los entretelones que se filtraron han revelado una trama truculenta, paralizante, terrorífica. El plan no ha podido ser más perversamente calculado: los encargados de ejecutar el ataque lanzarían al paso de los dos altos personeros sendos ejemplares de la Constitución Nacional abiertos ¡oh, Dios! en la página del 231 y artículos subsiguientes. ¿Es posible que anden sueltas en el país mentes tan malévolas? ¿Puede imaginarse mayores agresiones contra tan distinguidos personeros? ¿Se sabe en el país de otra arma con onda tan explosiva como esa? No hay duda, esta es una hora loca, loquísima, descocada. Señores de la oposición o quien sea, achanten, encarecidamente, achanten...
Lo increíble de la locura opositora es cómo en su desvarío contribuye por carambola al equilibrio entre los nuevos poderes, dígase entre las cabezas del ejecutivo y legislativo. Si antaño todos los numerosos planes de magnicidio debelados y abortados --incluso antes de ser siquiera imaginados-- apuntaban al amo exclusivo del poder, ahora no se concebiría que planificaran en contra de uno solo de los jefes, el endógeno o el exógeno. El quejoso emplazamiento del otro no se haría esperar: "¿Ah sí? ¿Y por qué a ti y no a mi?", y exigiría trato equitativo para su jerarquía.
Ya puede la oposición echarse encima una batola como la del Mahatma Ghandi y pasar el día hilando la rueca como el gran maestro de la resistencia pacífica, que la revolución tratará de hacer ver que no se da por enterada. Pero claro que sí, que después de 14 años millones de venezolanos se nieguen irreductiblemente a bailar al descompás que le tocan los jefes del proceso, los de aquí y los de allá, en la prolongada loca hora revolucionaria, es lo que les cae como la propia gota fría.